¡Dejadme solo!, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 15.07.17

¡Dejadme solo!

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 15.07.17

¡Dejadme solo!” es un grito de profunda raigambre taurina. En un momento comprometido de la lidia, cuando el desorden se ha adueñado del coso y el toro campa desquiciado por sus fueros, cuando un sordo murmullo de impaciencia surge creciente de los tendidos, cuando el tiempo parece pesar y la expectación se agosta, entonces se oye a veces la voz imperiosa del diestro que ordena jactancioso a su cuadrilla: “Dejadme solo”. Y es a partir de este momento cuando, después de trastear por bajo al toro, el matador clava los pies en la arena, adelanta parsimonioso la muleta e intenta embeber en ella la embestida siempre incierta de la fiera. Ensaya la faena mil veces soñada.

“¡Dejadme solo!” es un grito de vergüenza torera, de dignidad y de coraje, de entrega y de esperanza, de honradez y buen hacer. Pero sólo es así cuando el torero dispone de los recursos físicos y de la técnica en su arte precisos para enfrentarse con solvencia a un toro. De no ser así, si el torero carece de estos recursos y de esta técnica, su “¡Dejadme solo!” no es más que una mentira y un escarnio, una salida en falso y una ficción, un ademán y un espejismo. En este caso, lo que aguarda al torero una vez agotado su vano y ­fraudulento intento es la chirigota, la rechifla y la burla sangrienta primero, y el olvido misericordioso después, cuando el tiempo que todo lo tapa haya cubierto inexorable su des­vergüenza.

Esto que sucede en el mundo de los toros no es más que una manifestación concreta de un fenómeno general que se da en todos los órdenes de la vida, cuando un dirigente –de la naturaleza que sea– asume el protagonismo y la responsabilidad absoluta de una situación compleja, y adopta decisiones que –a diferencia de las que toma el torero– trascienden de la peripecia personal del protagonista y afectan a la vida, al destino y al patrimonio de terceros. Y es precisamente por esta razón –porque la decisión del líder afecta a terceros– por lo que el “¡Dejadme solo!” ha de fundarse, en este caso, en muy sólidas razones que sólo pueden ser discernidas y ponderadas desde la perspectiva que brindan una cabeza despejada, unos conocimientos y una experiencia suficientes, un talante equilibrado, una explícita voluntad de servicio, un desprendimiento del propio interés y una preocupación sincera por el bienestar general. De no fundarse en estos presupuestos, el “¡Dejadme solo!” del dirigente es una superchería incalificable que, en el fondo, sólo pretende ensalzar el ego del protagonista a quien le importan una higa las consecuencias que su arrebato puede comportar para con sus conciudadanos. En este caso, no hay en su decisión grandeza, sino cálculo; no hay generosidad, sino egoísmo; no hay entrega, sino soberbia; no hay un proyecto colectivo, sino una apuesta personal. No se trata de que haga prevalecer la ética de la convicción por encima de la ética de la responsabilidad, sino de que proyecta el interés personal por encima del general.

Es cierto que todo “¡Dejadme solo!” implica, al menos potencialmente, una cierta voluntad de inmolación personal en aras de un proyecto de largo alcance. Pero la oferta de este sacrificio personal no tiene en todo caso un efecto sanatorio automático del proyecto. Así por ejemplo, en política, esta autoinmolación sólo estará justificada cuando persiga una finalidad proclamada y asumida como positiva por una amplia mayoría de los ciudadanos afectados por ella; pero merecerá ser repudiada cuando, lejos de perseguir un objetivo de este tipo, se limite a reafirmar e imponer un posicionamiento personal, pensando más en la fijación de la propia figura en la historia que en los intereses reales de los ciudadanos.

Hay que desconfiar, por tanto, de los liderazgos mesiánicos, tanto si se autojustifican apelando a su misión ante Dios y ante la historia, como si lo hacen invocando los sacrosantos designios del pueblo de cuyas esencias se consideran depositarios en un momento histórico crucial. Es por ello imprescindible identificar estos liderazgos mesiánicos. ¿Cómo hacerlo? Basta con contemplar su proceder. Cuando un líder dice con palabras o con gestos “¡Dejadme solo!”, hay que evaluar con tiento si adopta de forma sostenida una postura radical y sin matices; si descalifica de manera continuada al adversario, convirtiéndolo en un enemigo que batir; si utiliza habitualmente la exageración y el escarnio; si sus ofertas de diálogo son sinceras o, partiendo de unos presupuestos maximalistas inaceptables por la otra parte, pretende sólo buscar un pretexto para el enfrentamiento; si prescinde de la legalidad en aras de una pretendida democracia; si fuerza las ins­tituciones reconocidas mayoritariamente como cauces para la formación y expresión de la voluntad democrática, a la búsqueda de una difusa voluntad popular ­captada por una cohorte de fieles iniciados; si no muestra, en fin, un explícito espíritu de concordia. Si se dan en un líder algunos de estos rasgos, hay que procurar no dejarlo solo. Es un peligro grave e in­mediato que debe conjurarse. Va en ello la paz civil.

Reír o llorar, Laura Freixas, La Vanguardia, 13.07.17

Reír o llorar

LAURA FREIXAS
LA VANGUARDIA, 13.07.17

Que nuestro president nos convoque a un referéndum para el que no hay censo, ni junta electoral, ni fun­cionarios, ni locales, ni urnas, ¿no da risa?

Que presida el Gobierno un señor que no se presentó para ese cargo, y su proyecto estrella sea uno que no figuraba en el programa, ¿no es como para llorar?

Que un Gobierno adopte una iniciativa de inmensa trascendencia… con el evidente fin de que otro Gobierno la prohíba, ¿no parece una broma?

Que nos digan que una decisión traumá­tica e irreversible se podrá tomar por un voto, sin umbral mínimo de participación, ¿no es alarmante?

Que la voluntad de todos aquellos que en esas condiciones nos negamos a votar (el 9-N fuimos el 63%) no cuente para nada, ¿no es motivo de furia?

Que nos anuncien que han preparado una ley importantísima para el caso de que gane el sí, pero no nos dejen verla, ¿no es un ­chiste?

Que llevemos cinco años hablando de una sola cosa: si proclamamos o no un Estado independiente, pero que nadie sepa en qué consistiría, porque los proyectos o no se conocen, o son irrealizables, o incompatibles entre sí (¿qué país pueden construir juntos Junts pel Sí y la CUP?), ¿no es un disparate?

Que el president exprese complacido que “damos miedo, y más miedo que daremos”, ¿debería provocarnos carcajadas o sudores fríos?

Que para el caso de que no se celebre el referéndum, quienes lo han convocado no tengan ningún plan, ¿no es terrorífico? Cuando todo esto se vaya a pique, como de un modo u otro se va a ir, ¿qué piensa hacer el Govern? ¿Atrincherarse en el castillo de Montjuïc, con cianuro y revólveres? ¿En el túnel del terror del Tibidabo, con sombreros de cucurucho y escobas? ¿O salir al balcón de la plaza Sant Jaume a tirar monigotes de papel y polvos picapica gritando: ¡inocentes, inocentes!, ¡os creísteis lo de la independencia!… y de paso, revelar que los Reyes son los padres?

Yo no sé si debo reír (¿de miedo?) o llorar (¿de risa?). O afligirme al comprobar que cada día que pasa estamos más divididos y enfrentados. O comprar palomitas y sentarme a contemplar el espectáculo. O preparar pañuelos y abrazos para quienes se van a quedar huérfanos, o tomates podridos para quienes les engañaron. Lo que sé es que, por favor, por favor, por favor, ¡quiero poder pensar en otra cosa!

La maldita tercera vía, Fèlix Riera, la Vanguardia, 11.07.17

La maldita tercera vía

FÈLIX RIERA
LA VANGUARDIA, 11.07.17

Contra la opinión de los que piensan que la tercera vía es un acto de debilidad y ventajista, habría que señalar que todo esfuerzo por avanzar se acaba concretando en una tercera vía, sobre todo después de advertir la debilidad de las garantías desvelada por el Gobierno de la Generalitat para dar sentido al anuncio del referéndum del 1 de octubre. Diría más. Toda la política catalana está sometida, como si fuera una maldición para algunos, a la lógica implacable del diálogo y los acuerdos. La tercera vía no es un espacio político en sí mismo; es una actitud de estar en política desde los propios partidos y más allá de ellos. Busca dotar de continuidad a aquello que es positivo para la sociedad y propiciar las reformas necesarias en aquellas cuestiones que deben ser transformadas. En esta misma dirección, una buena parte de la política catalana sabe que lo correcto ha sido, es y será la equidistancia con los extremos. Los que creen que la tercera vía tiende por naturaleza a mantener el statu quo deberían observar que una parte de las acciones del Gobierno de la Generalitat se nutren de la favorable lógica moderadora de intentar avanzar por la vía de los acuerdos. Veamos algunos ejemplos: la acertada solicitud del vicepresidente Oriol Junqueras de soli­citar al FLA rescatar el Eix Transversal, una medida que ahorraría a las arcas ­públicas 700 millones; o la petición de ­traer a Barcelona la Agencia Europea del Medicamento.

En un momento de máxima presión política y social, se trata de vislumbrar en la tercera vía un modelo para la acción ­­po­lítica capaz de completar el mapa político catalán que permita evitar la política de los no acuerdos y la lógica de victoria a la hora de tratar los asuntos de los catalanes. En un momento en que en Europa se ­revisan los logros de los extremos políticos y se constata que todas las revoluciones im­pulsadas sólo alcanzan a recorrer la mi- tad del trayecto planteado, se revela como necesaria la necesidad de establecer nuevas vías políticas que puedan reparar y consolidar los avances conseguidos por la sociedad.

En Catalunya son muchos los que maldicen la tercera vía, pero cada vez son más los que piensan que, sin ella, no será posible concretar ninguna solución que garantice crear el clima propicio para que los extremos se moderen y lleguen a acuerdos.

‘Le président malgré lui’, Rafael Jorba, La Vanguardia, 23.06.17

‘Le président malgré lui’

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 23.06.17

Carles Puigdemont es un verso libre. Sus frases disonantes –desde la comparación entre la democracia española y la turca hasta la simetría entre la persistencia en la lucha contra ETA y los ideales soberanistas– se las dicta su conciencia. En el pasado escribió discursos para otros políticos; ahora es él quien los lee como president. Entró en el Palau de la Generalitat por la puerta de ­servicio –a Artur Mas y al proceso– y quiere salir por la puerta grande con el encargo cumplido. Interpreta el papel de Le président malgré lui, parafraseando la célebre obra de Molière. Ya ha dicho que no se presentará a la reelección. Y está dispuesto incluso, según ha comentado a algunos de sus interlocutores, a pasar por la cárcel.

El tiempo apremia. El 12 de julio se cumplirán los 18 meses de su toma de posesión, el plazo fijado en las elecciones plebiscitarias del 27-S del 2015 para llevar a buen puerto el proceso. Puigdemont ya ha anunciado la fecha y la pregunta del referéndum. Es la única concesión que ha hecho: retroceder a la pantalla anterior, es decir, a la del 9-N del 2014. El mandato era otro: la elaboración de un proyecto de Constitución catalana con la participación de la sociedad civil y la puesta en marcha de las estructuras de Estado con las leyes de desconexión. Al ­final de los 18 meses, una vez culminados estos dos procesos, el Parlament debía convocar elecciones constituyentes, aprobar la nueva Constitución y someterla a referéndum. La Asamblea Constituyente, según estableció el propio Parlament, dispondría de plenos poderes: “Ninguna de sus decisiones será susceptible de control, suspensión o impugnación por ningún otro poder, juzgado o tribunal”. Una asamblea popular, en suma, no sujeta a la división de poderes.

Ahora, en el mejor de los casos, nos encaminamos hacia un 9-N bis: otra consulta unilateral de independencia que no sólo chocaría con la propia legalidad catalana –la reforma del Estatut y el régimen electoral precisan del voto de los dos tercios del Parlament–, ­sino que carecería de consenso interior, es decir, de su aceptación por parte de las fuerzas políticas catalanas contrarias a la secesión. El consentimiento interno es una de las condiciones sine qua non que ha venido reiterando la Comisión de Venecia en todos los procesos de referéndum en los que ha mediado. La pregunta es la siguiente: ¿vale la pena persistir en una vía que ya produjo notables daños políticos colaterales y que ahora podría dañar el núcleo mismo del autogobierno catalán?

Los políticos, es decir, aquellos que quieren seguir haciendo política tras el 1-O, saben que no. Es el caso de Oriol Junqueras, que en el último año se ha venido presentando ante sus interlocutores políticos, económicos y financieros como el líder capaz de reconducir el proceso. Es el caso también de Marta Pascal y la dirección del PDECat, que pugnan por levantar cabeza frente a la hegemonía de ERC y el núcleo de poder paralelo de Artur Mas. Repito: Puigdemont es un verso libre. Su estrategia tiene el aval de la CUP y de las entidades soberanistas. Es decir, de los sectores situados extramuros de la democracia representativa.

El relato del proceso, Rafael Jorba, La Vanguardia, 9.06.17

El relato del proceso

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 9.06.17

De la anécdota a la categoría. Carles Francino sacó tarjeta roja a TV3 por un spot promocional de la final de la Champions, con la imagen de Sergio Ramos levantando una copa y unos planos de jugadores de la Juve, que ­decía: “Sólo hay once hombres capaces de evitar lo inevitable; once hombres preparados para cambiar el destino y hacer vivir una noche negra al todopoderoso conjunto blanco”. El periodista apuntaba: “Si esto lo hace un diario, una radio, un canal de televisión privados, me parecería igual de nefasto, y de ridículo (…) Sin embargo, TV3 es un medio público, sufragado con los impuestos de los aficionados del Barça, del Madrid, del Espanyol –que son, por este orden, los tres equipos con más seguidores en Catalunya–. Una televisión sufragada con los impuestos de los que votan independencia o no independencia; de mar o de montaña; de ciudad o de pueblo”. ( El Periódico, 2/VI/2017).

El también periodista Toni Soler le replicó con un tuit: “En base a una anécdota estás haciendo la campaña a PP y C’s. Lo siento, pero hoy no estoy contigo. Y te recomiendo que hagas zapping para comparar”. ¿Anécdota o categoría? La pregunta se responde con otras preguntas que Francino dejó en el aire: “¿Es esta la función de un medio público? ¿Es este el clima que necesita el momento actual, el deporte, o lo que no sea deporte?”. Mi respuesta, a partir de la legislación –la ley de la Comunicación Audiovisual de Catalunya– que fija las misiones del servicio público. Transcribo una de ellas: “La promoción activa de la convivencia cívica, el desarrollo plural y democrático de la sociedad, el conocimiento y el respeto a las diferentes opciones y manifestaciones políticas, sociales, lingüísticas, culturales y religiosas presentes en el territorio de Catalunya (…) Es necesario el uso de todos los lenguajes, formatos y discursos que permitan (…) el diálogo, la comprensión y la cohesión entre las diversas opciones, y entre las diversas áreas del territorio”.

Es evidente que el spot en cuestión vulnera la misión de servicio público que fija ­esta ley del Parlament, pero refleja también una cuestión de fondo: el relato responde más al modelo de una televisión nacionalista que al de una televisión nacional, es decir, que refleje la pluralidad de la sociedad catalana. Lo escribí antes de que se pusiera en marcha el proceso ( La mirada del otro. RBA, 2011), y lo reproduzco ahora al pie de la letra para no utilizar un argumentario ad hoc: “No me he cansado de expresar, en público y en privado, mi desacuerdo con una cosmovisión y un universo simbólico, del que es paradigma Televisió de Catalunya, que colonizan transversalmente su programación, desde los informativos hasta la ficción pasando por los deportes, y que impregna también su lenguaje (…) Una televisión pública –y esa reflexión vale también para TVE– debe utilizar un gran angular para proyectar la pluralidad social, cultural, lingüística, territorial, religiosa… de la ciudadanía a la que sirve”.

De aquellos polvos vienen estos lodos. Si hemos llegado hasta aquí, ha sido gracias al concurso, por activa o por pasiva, de notables sectores de la intelectualidad y de la academia de Catalunya. También de los medios.

De la ley al vacío, Xavier Arbós, La Vanguardia, 4.06.17

De la ley al vacío

XAVIER ARBÓS
LA VANGUARDIA, 4.06.17

De la ley a la ley”: oímos a veces esta expresión en boca de líderes independentistas. Tratan sin duda de inspirar confianza, para convencer a los escépticos de que en el tránsito de la Catalunya autonómica a la Catalunya independiente la seguridad jurídica será preservada. Sin dudar por un instante de su sinceridad, me parece que sugieren algo imposible. La ley de transitoriedad jurídica, o comoquiera que se llame en el momento en que la saquen de su escondite, equivale a un salto al vacío.

La seguridad jurídica es un elemento indispensable para la vida civilizada. Es un valor fundamental que asegura la posibilidad de conocer lo que está permitido y lo que está prohibido, así como el margen de discrecionalidad de que disponen los particulares y las instituciones. De este modo, unos y otras pueden orientar sus comportamientos. En otras palabras, no hay seguridad jurídica si no es posible conocer el derecho aplicable. Tampoco existe si se ignoran los procedimientos que regulan la reforma del derecho vigente en un momento dado. En el primer caso, no sabemos si seremos sancionados por infringir una norma cuya existencia desconocemos o es negada por otra. En el segundo, el futuro resulta imprevisible porque cualquiera, competente o no para hacerlo, puede regular cualquier cosa de cualquier manera.

En la transición unilateral hacia la independencia aparecen, a mi juicio, ambos problemas. Está claro el segundo: la Constitución impide la secesión, pactada o no, por el carácter indivisible de la unidad de España que impone su artículo 2. Si lo que se pretende es llevar a cabo la secesión de modo legal, antes ese precepto debería ser reformado previamente siguiendo los procedimientos previstos en el artículo 168. El Parlament no puede otorgarse a sí mismo un derecho de secesión del que carece, ni hacerlo al margen de cualquier procedimiento establecido con anterioridad y acorde con la Constitución. En cuanto a la incertidumbre que constituye el primero de los problemas, se manifestaría por el conflicto entre normas emanadas de autoridades distintas y enfrentadas tras la declaración unilateral de independencia.

Tenemos apuntes de ello con frecuencia. Así, hay líderes independentistas que recuerdan que, proclamada la República catalana, será obligatorio obedecer sus leyes. Al tiempo, prometen amparo a los funcionarios, diciéndoles que les protegerán frente a quienes quieran obligarles a cumplir con las leyes catalanas y españolas incompatibles con las del nuevo Estado. El dilema para los funcionarios sería evidente: dos autoridades distintas reclaman su obediencia, y no pueden cumplir las órdenes de una sin infringir las disposiciones de la otra. Naturalmente, a ninguna de ellas le importará un comino el criterio de legitimidad del funcionario al que se dirijan. Pretenderán que sea efectiva “su” legalidad, y querrán imponer la sanción correspondiente a los incumplimientos. Y el ejemplo de los funcionarios puede extenderse a los ciudadanos comunes y corrientes, a los que podría ser que se reclamara el pago de ­impuestos desde dos agencias ­tributarias.

Más allá de los ejemplos, importa recordar un aspecto del derecho al que nos conducen. La garantía última de cualquier sistema jurídico es la capacidad de coerción del Estado del que emanan las normas. Consideremos, de paso y por un momento, el desequilibrio que en este punto existiría entre el Reino de España y la recién nacida República catalana. Pero antes de llegar a este nivel de conflicto, angustioso y de resultado previsible, habría otras situaciones menos dramáticas en las que la falta de seguridad jurídica aparecería como efecto inevitable de la desconexión unilateral. El Parlament pretendería poder legislar al margen y en contra de la Constitución de 1978, al considerarse desvinculado de ella. ¿Qué jueces la aplicarían? La pregunta es pertinente, porque es obvio que no todos los jueces y magistrados que hoy ejercen en Catalunya aplicarían leyes contrarias al orden constitucional del Reino de España. Se produciría entonces una diferenciación entre los jueces que rechazaran la secesión unilateral, por un lado, y, por otro, los jueces dispuestos a aplicar las leyes de la nueva República. La seguridad jurídica en estas condiciones brillaría por su ausencia.

Si se plantea la secesión unilateral, no se puede ir “de la ley a la ley”. El independentismo lleva de la ley española al vacío; un vacío que pretenderá llenar con sus propias leyes, sin que por ello el Estado retire las suyas. Un panorama inquietante.

Desde Sitges, con humor…, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 3.06.17

Desde Sitges, con humor…

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 3.06.17

Hace años que asisto a las jornadas que el Cercle d’Economia organiza en Sitges. Suelo sentarme en la última silla de la cuarta fila, a la izquierda –según se entra– del local donde se celebran las sesiones. Un lugar que sólo se llena en los momentos álgidos, que permite mirar sin apenas ser visto, cuyos otros ocupantes varían, y que hace posible escapar sin que casi nadie lo advierta. Sólo hay otro asiduo: Jordi Alberich, director general del Cercle, con el que suelo “platicar cuando nos da la regalada gana”, por usar una expresión del excanciller mexicano Jorge Castañeda, ponente este año. Dejo al margen, en este relato, lo sustancial del encuentro –las ponencias económicas–, para incidir en las intervenciones de mayor calado político (presidente y vicepresidente de la Generalitat y presidente del Gobierno central), precedidas por sendas presentaciones a cargo del presidente del Cercle, Juan José Brugera. Este centró sin ambages el “problema catalán” apelando a la necesidad de un diálogo transaccional (con recíprocas y sustanciales concesiones), que impida el anunciado “choque de trenes” en que nos hallamos “embarcados”, y nunca mejor dicho. Una tercera vía objeto de descalificación, como todas, por aquellos que, desde ambos bandos, están en orgullosa y vehemente posesión de su respectiva verdad.

El president Puigdemont se muestra como hombre despierto, con coraje, de buen talante y cordial. Independentista desde siempre. Llegó de rebote a la presidencia y se siente de paso. Esto le da una infrecuente libertad. Tiene claro lo que cree que debe hacer y lo hará, caiga quien caiga. Al fin y al cabo, piensa que esta es la misión histórica que le ha tocado en suerte antes de regresar a Girona. En esta línea, vino a Sitges –para él, territorio comanche–, soltó su discurso y se fue, todo en un tono cortés pero sin concesión alguna ni intentar establecer ningún puente con el auditorio. Sólo se le hizo una pregunta. Aplausos tibios y silencio.

El vicepresidente Junqueras es un caso bien distinto. Está en política para quedarse. Quiere ser presidente de la Generalitat y es posible que lo logre. Es listo y la sap llarga. Hizo un correcto discurso de contenido económico y se mantuvo, en lo político, dentro de la más rígida ­ortodoxia inde­pendentista. Pero, pese a ello, resulta evidente su intento de conectar con el auditorio, de establecer alguna complicidad. Puede lograrlo. Tiene algo de eclesiástico, de cura de Valle-Inclán. Es un personaje complejo.

Y, last but not least, llegó el presidente del Gobierno de España. Mariano Rajoy subió al estrado con paso rápido y un fuerte y singular braceo –con los brazos arqueados y separados del cuerpo–, lo que, lejos de la pausada e impostada solemnidad del paseíllo taurino, confiere a sus andares un aire extraño. Inteligente y toreado en mil plazas. Se las sabe todas. Pero no se mueve ni un ápice de su discurso. Vino a hablar de economía, pero no dudó en responder a las consideraciones políticas del presidente del Cercle. Lo hizo, usando más énfasis del habitual, con razones que yo comparto por entero pero que considero absolu­tamente insuficientes. Porque estoy de acuerdo en que no se puede negociar la celebración de un referéndum que los independentistas ya han decidido celebrar “sí o sí”, limitando la negociación a la fecha, texto de la pregunta y demás requisitos; como también lo estoy en que la llamada ley de transitoriedad es, más aun que un golpe de Estado, un desatino. Por tanto, le entiendo bien cuando dice –lo repitió varias veces– que “ni quiero ni puedo”. Cierto, la actual oferta de los independentistas no es una invitación al diálogo sino un trágala. Pero tan cierto como todo ello es que no se puede afrontar una cuestión política del calado de esta –el mayor problema que tiene planteado España– sin presentar una al­ter­nativa mínimamente articulada, en la que se concreten los puntos que tratar y en los que se está dispuesto a negociar y, por tanto, a transigir: reconocimiento nacional, competencias iden­titarias, financiación, consulta… Pero no lo hizo. Y es él quien debe tomar la iniciativa, porque es él quien tiene, en este ámbito, el máximo poder y, por tanto, la máxima responsabili­dad. La cerrazón de Mariano Rajoy me evoca un texto de Claudio Magris: “La locura de Don Quijote es (…) realista y vidente; mucho más desde luego que la utopía de quien ve solo la fachada de las cosas y la toma por la única e inmutable realidad. Son los Don Quijotes quienes se percatan de que la realidad se cuartea y puede cambiar; los presuntos hombres prácticos (…) siempre creen, hasta el día anterior a su caída, que el muro de Berlín está destinado a durar”.

Así estamos. Unos por otros, y la casa sin barrer. Todo el pescado está vendido. Se aproxima, inexorable, un enfrentamiento de consecuencias imprevisibles pero del que sólo puede anticiparse una consecuencia cierta: no habrá ni vencedores ni vencidos. Todos seremos perdedores. ¿Qué se puede hacer a estas alturas? Sólo una cosa: decirlo. Y añadir, quizá, que Déu hi faci més que nosaltres.