Rendirse a tiempo, Kepa Aulestia, La Vanguardia, 20.02.18

Rendirse a tiempo

KEPA AULESTIA
LA VANGUARDIA, 20.02.18

La confrontación entre la ley y la legitimidad ha ido acompañada en los últimos meses por iniciativas y movimientos tácticos con los que los defensores de cada principio buscaban la rendición de los otros, sin concesiones. O la legalidad se hacía a un lado, dando carta de naturaleza a un relato legitimista –secuenciado entre antes y después del cese del Govern Puigdemont y entre antes y después del 21-D–, o el unila­teralismo renunciaba expresamente a mantener la independencia como un horizonte inexorable, sometiéndose a la ley y a las resoluciones judiciales. No había términos medios porque la dinámica de confrontación lo impedía. Hasta tal punto ha sido así que el empeño por que los discrepantes desistan sin remisión se ha trasladado al seno de ambos campos políticos. La salida de Puigdemont y de algunos de sus consejeros a Bélgica pudo generar desconcierto entre los independentistas. Pero ha sido el calendario institucional, preceptivo tras las últimas elecciones al Parlamento autonómico, lo que ha desencadenado la pugna entre los partidarios de la investidura del expresident y los favorables a la formación de un gobierno dentro de la legalidad. El desafío independentista orilló las diferencias entre PP, PSOE y Ciudadanos para establecer un frente común contra la ilegalidad. Pero ha bastado que asomaran las próximas elecciones en España para que la exigencia de rendición ­incondicional dirigida al legitimismo secesionista se haya convertido en una liza ­entre Ciudadanos y el PP para que el otro se avenga sin matices a los postulados ­propios.

En los peores años del implacable enfrentamiento entre el PP y el PSOE –entre los atentados del 11-M y los intentos de Rodríguez Zapatero para negociar con ETA– el objetivo perseguido por los contendientes no era la rendición sino la liquidación política del adversario, convertido en enemigo. Aun en el fragor de la contienda partidaria e institucional en torno al futuro de Catalunya se perciben tonos más comedidos que los que se emplearon a cuenta de la teoría. Aquel momento y este no pueden ser comparados en todos sus extremos, claro está. Pero cuando se subraya que nos encontramos ante la mayor crisis que el país ha debido afrontar desde el 23-F, se olvida ese otro cuestionamiento del Estado y sus instituciones que supuso la desinformación en torno al 11-M. La diferencia más relevante es que entonces se llegó a poner en solfa la actuación de la justicia por parte de quienes veían a España amenazada por una trama que, al parecer, iba desde la calle Ferraz hasta los últimos reductos de Al Qaeda pasando por ETA. Afortunadamente en esta ocasión ni los más entusiastas de “la independencia, ya” tratan así a la Fiscalía y al Tribunal Supremo. No reclaman su rendición, también porque se ven rendidos a la evidencia.

Las comparecencias ante el juez Llarena versionan el relato de la declaración unilateral de independencia en todas sus modalidades. Desde el irreversible anuncio de la constitución de la república catalana hasta el simbolismo de hacer público un deseo sin especiales intenciones de llevarlo a la práctica. El independentismo se desnuda ante la justicia, rindiéndose todo él frente a una requisitoria general. Pero también la justicia y el Estado se desnudan a cuenta del independentismo, porque bordean los límites de la separación de poderes cuando hay consideraciones de oportunidad, de prevención o de estimaciones hipotéticas en los autos. La estrategia de defensa es el eufemismo tras el cual los dirigentes independentistas, sin excepción, tratan de adecuarse a las circunstancias. Abonando, ante los suyos, el supuesto de que una cosa es la declaración ante el juez y otra el ánimo firme de sus propósitos. Pero también la justicia se rinde cuando aparece en el cuadro jugando con los investigados a una partida sin reglas previas, sobre quién debe continuar en prisión, quién puede sortear el trance mediante qué fianza, y qué conducta es tangencial a los hechos por los que se interesa la instrucción.

Rendirse en política es confiarlo todo a la buena suerte en unas próximas elecciones. Nadie las quiere, se dice. Pero nadie hace nada para evitarlas, confiando en que a última hora una ocurrencia sortee su convocatoria. Catalunya ha acabado con el mito de que el poder siempre sabe lo que se trae entre manos. Hasta el punto de que resulta imposible intuir siquiera quién exige a quién su rendición en estos momentos. No hay muestra más elocuente que el enredo interventor del 155 frente a la inmersión lingüística para atestiguarlo. Mejor rendirse a tiempo de buscar una salida.

Anuncis

Tiempo de hipérboles, Llàtzer Moix, La Vanguardia, 18.02.18

Tiempo de hipérboles

LLÀTZER MOIX
LA VANGUARDIA, 18.02.18

Tengo a Antoni Bassas por un comunicador competente y versátil, de agradable trato personal. Por eso me sorprendieron un poco unas declaraciones suyas en las que se comparaba con los negros de Alabama. Esto es, con los descendientes de esclavos explotados en los algodonales sureños de EE.UU., país donde todavía hoy se practica la segregación racial. Concretamente, Bassas dijo que el 1-O, en el colegio electoral, se sintió como esos negros que en los años 60 lucharon por sus derechos civiles. Sin cobertura, añadiría yo.

No sé ver en Bassas las facciones ni la piel oscura de un negro. Tampoco le veo el escaso ascendente social o la postración económica de tantos negros de Alabama, estado gobernado a la sazón por el racista George Wallace. Más bien veo a Bassas como una figura destacada y acomodada del establishment nacionalista. Por tanto, tiendo a interpretar sus palabras como una hipérbole. Es decir, como una manera de presentar una cosa como más grave o relevante de lo que es. En este caso, la cosa fue la estúpida represión del referéndum del 1-O.

El independentismo ha exhibido más imaginación que fiabilidad al compararse con otras luchas sociales y con otros íconos políticos. Gandhi o Mandela, que fueron líderes de vida sacrificada, desprendida y a la postre triunfal, han sido ensalzados por muchos soberanistas como sus referentes, con la intención, sospecho, de convertirlos en virtuales hermanos de lucha y en supuestos legitimadores de sus aspiraciones particulares. Como si el independentismo fuera ya un calco de los combates de Gandhi, de Mandela o de los negros de Alabama y mereciera idéntico homenaje. Unos calificarán esta asociación de hipérbole. Otros, de ofensa hacia los referentes aludidos.

Llama la atención que incluso veteranos profesionales del periodismo recurran a hipérboles. Quizás quepa atribuirlo a un hecho que, dada la inercia del procés, el ruido que genera y la atención que reclama, puede pasar algo inadvertido. Me refiero al creciente desequilibrio entre la base maciza real del independentismo unilateralista y el sostenido estrépito que producen sus altavoces. Es sabido que el 21-D las fuerzas independentistas obtuvieron, con el 47,5% de los votos, 70 diputados y la mayoría absoluta en un Parlament de 135. También lo es que ganó las elecciones Ciudadanos, y que los no soberanistas (Cs, PSC y PP) sumaron 1.902.061 votos (sin contar los 326.360 de En Comú-Podem), frente a los 2.079.340 que suman JxCat, ERC y la CUP. Esas son las cifras de la ajustada mayoría indepe. Ajustada y, de nuevo, insuficiente para dictar cambios estructurales. Más aún si asumimos que casi la mitad del bloque independentista –ERC– es ahora partidaria de acatar la Constitución. Lo cual deja a los que esperan obtener la independencia por las bravas reducidos a algo más de una cuarta parte del Parlament. O quizás a menos: entre los diputados de JxCat también los hay afines a la dirección del PDCat, que apuesta por avanzar sin saltarse la Constitución. Así pues, la mitad de los diputados del Parlament están por la independencia, pero el porcentaje de ellos que pretenden alcanzarla fuera de la ley es minoritario. Sin embargo, es esta minoría abanderada por Puigdemont la que está bloqueando la escena política, comprometiendo la economía de los catalanes, demorando la formación de Govern y contribuyendo a la permanencia del 155, con todo lo que eso puede suponer. Pese a que ya está demostrado que por esa vía se llega antes a Estremera o a Bruselas que al Palau de la Generalitat, sede del Govern, o al Parlament, cuya misión no es hacerle la ola al Govern, sino controlarlo.

La realidad es tozuda. Pero los propagandistas del independentismo, bien organizados e insomnes, la maquillan hiperbólicamente para que se parezca a su sueño. Lo hacen en los medios de comunicación públicos, para los que el abanico de noticias y temas de debate de interés se ha reducido drásticamente, a favor del proceso y en contra de todo lo demás. Y lo hacen en los espacios públicos, donde intentan imponerse a quienes, yendo en busca de asueto, se toparán con la doctrina. Me refiero al Camp Nou, donde se ha cronificado ya el ritual independentista; o a los estrenos teatrales en cuyos prolegómenos se leen manifiestos indepes; o a la cabalgata de Reyes en la que la ilusión infantil se tinta de amarillo; o a la ceremonia de entrega de los Gaudí, donde el cine parece un pretexto para el discurso soberanista; o a la de los Goya, cuyas vencedoras catalanas fueron criticadas por colegas indepes que nada habían ganado pero esperaban de ellas apoyo político. Como si el cine catalán se defendiera mejor con soflamas patrióticas que con buenas películas… Seguimos en tiempo de hipérboles. Pero el realismo es ahora más urgente que nunca.

El testamento de Josep Maria Bricall, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 17.02.18

El testamento de Josep Maria Bricall

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 17.02.18

Josep Maria Bricall Masip, barcelonés de 1936, acaba de publicar Una certa distancia. Assaig de memòries, un libro de 569 páginas (sin contar los anexos) que no es lo que dice su título. No es un libro de memorias al uso; es un testamento no dispositivo pero sí testimonial. El autor no nos narra por orden cronológico su peripecia vital, sino que da cuenta y razón de lo que ha hecho, de lo que ha pensado y de las conclusiones a las que ha llegado, dividiendo su balance en cuatro grandes áreas: la universidad, porque es universitario de oficio; la política, porque a ella dedicó esfuerzo, rigor y pulcritud; la economía, porque es la profesión de la que ha vivido; y la música –“la música callada, / la soledad sonora”, que canta San Juan de la Cruz– porque ha sido su goce y su refugio.

En estos cuatro apartados se narran hechos y, sobre todo, se recogen reflexiones muy elaboradas y articuladas, que constituyen pequeños o no tan pequeños ensayos sobre las más variadas materias: la evolución de la enseñanza, la gestión de todo tipo de entidades, la grandeza y servidumbre de la política, la necesidad de un Estado y la urgencia de gobernar, los aciertos y los errores cometidos en Catalunya desde la transición, los presupuestos de los que habría que partir para no recaer en estos errores, la misión de la economía, el método –cambiante– empleado en la enseñanza de la economía política, el valor intangible de la música, la evolución de esta desde fines del siglo XIX… A lo largo y ancho de este amplio escenario se asoman multitud de personajes. A los más relevantes se refiere Bricall con claridad y sin crudeza. Así, por ejemplo, da continuo testimonio de su respeto intelectual y afecto personal por el profesor Sureda, y manifiesta asimismo las diferencias que le han separado del president Pujol tras una breve etapa de colaboración.

Resulta imposible resumir un material tan rico y variado. Sólo me referiré a dos ámbitos: la universidad y la política. Así, por lo que se refiere a su mandato como rector de la Universitat de Barcelona, Bricall tuvo claro desde el principio que tenía que tomar decisiones sin quedar bloqueado por las dudas típicas de los universitarios; y también supo que se debía sumergir en la realidad de los problemas con espíritu de contradicción, lo que le evitó ser un conservador. Se trata, por tanto, de un realista que aspira a “un conocimiento directo del trabajo que tiene encomendado”, que lo afronta con racionalidad y método –“es preciso crear una rutina”– y que apuesta por la profesionalización y la institucionalización. Todo ello “abriendo la ventana” al exterior, a una Europa entonces lejana en espíritu: “Me pareció que no podía ejercer tranquilamente un rectorado como el de la Universitat de Barcelona sin enterarme de lo que pasaba en el mundo”. En el fondo, “trataba de adivinar futuros acontecimientos”. Empezó en este ámbito desde cero y, gracias a su esfuerzo y a su calidad personal, alcanzó en el ámbito universitario internacional un protagonismo notorio.

Su trayectoria política queda marcada por su afinidad con los presidentes Tarradellas y Maragall. De Tarradellas proceden, a mi juicio, las dos ideas axiales que Bricall defiende respecto al tema capital con que se enfrentó en los albores de la transición –como secretario del Govern primero y como conseller de Governació después–, a saber, la relación de Catalunya con España: 1. El país –Catalunya– ya existe y, por consiguiente, no se ha de hacer ni rehacer, sino que se ha de gobernar; o, dicho de otra forma, Catalunya ya es una nación y, por tanto, todos sus ciudadanos merecen la misma consideración, abstracción hecha de lo que piensen sobre la misma Catalunya, sin distinguir, por tanto, entre els nostres y los otros. 2. La Generalitat es una institución nacional reestablecida como expresión política tradicional de Catalunya el año 1976, como lo fue el año 1931, antes de la aprobación de las respectivas constituciones; por lo que, en consecuencia, lo que correspondía a los respectivos estatutos no era proclamar una autonomía ya reconocida, sino la definición jurídica de una estructura política permanente de gobierno, en el marco de una relación bilateral con el Estado, que hubiese garantizado “la singularidad de la autonomía catalana en el conjunto español”. Pero la realización de este anhelo –concluye– “no ha contado siempre con el inevitable savoir faire”.

Todo su quehacer, que ha sido mucho, Bricall lo ha llevado a cabo siendo –como lo definió un colega– “un pesimista activo”. Un pesimista tan realista como escéptico, tan racional como sensible, tan educado como irónico, tan independiente –“la adhesión me ha producido siempre una cierta urticaria”–como fiel a sus ideas, y tan respetuoso con las formas como posibilista. Ha dejado huella. Una anécdota lo prueba. Al cumplirse el trigésimo aniversario de su toma de posesión como rector, el 24 de febrero del 2016, el rector Dídac Ramírez organizó un acto conmemorativo con significativa y cumplida asistencia. No es frecuente.

La vivienda, el gran problema de Barcelona, editorial de La Vanguardia, 14.02.18

La vivienda, el gran problema de Barcelona

EDITORIAL
LA VANGUARDIA, 14.02.18

Hace tiempo que la vivienda es un grave problema de Barcelona. Lo era en plena crisis, cuando Ada Colau lideraba la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), y lo es ahora, cuando ocupa la alcaldía, pese a que ganó las elecciones con la promesa de soluciones. Es cierto que el problema es de una dimensión tan grande que no se puede resolver en dos días. Pero también lo es que la falta de vivienda sigue siendo igual de acuciante que antes en Barcelona, que los desahucios por falta de pago –principalmente del alquiler– se multiplican, que la asistencia social no da abasto, que las ocupaciones ilegales se han disparado y que, además, en algunos barrios, como el Raval, los narcopisos se han convertido en una pesadilla. Lo grave no sólo es que no se implementen soluciones eficaces para todo ello sino que no se vislumbre el necesario liderazgo político que permita ponerlas en marcha.

Ha tenido que ser la Plataforma de Afectados por la Hipoteca la que haya pedido un pacto de ciudad al conjunto de fuerzas políticas del Ayuntamiento para buscar soluciones al problema de la vivienda. Sería bueno que todos se pusieran a trabajar en ello con urgencia, ya que la gravedad de la situación lo requiere.

Solucionar el problema de la vivienda, como hemos dicho, no es sencillo ni tampoco es responsabilidad única del Consistorio barcelonés. Implica también a la Generalitat, al Gobierno y al conjunto del área metropolitana. Se hace necesaria una actuación global para poder lograr una mayor oferta de vivienda social de alquiler en Barcelona y su conurbación. Ello exigiría, asimismo, la mejora consiguiente de los transportes públicos –redes ferroviarias de Cercanías y líneas de autobuses– para que se conviertan en una verdadera solución de movilidad para poder vivir en toda el área metropolitana como en una única ciudad.

El pacto de ciudad que pide la Plataforma de Afectados por la Hipoteca debería dar paso, por tanto, a un gran acuerdo por la vivienda entre todos los municipios barceloneses, la Generalitat y el Gobierno, con una adecuada coordinación y la visión urbanística de presente y de futuro para dar respuesta a la necesidad habitacional a precios asequibles de buena parte de la población. En ese marco debería establecerse, asimismo, la tolerancia cero hacia las casas okupadas, que atentan contra la propiedad privada, y los narcopisos, que lo hacen contra la seguridad y la sanidad públicas, con una actuación más eficaz de las fuerzas policiales y de la justicia.

Los actuales niveles salariales y el creciente encarecimiento de los alquileres hacen muy difícil –o prácticamente imposible en muchos casos– cumplir la ecuación de vivir y trabajar en Barcelona o en cualquier otro municipio de su área de influencia. Por eso el principal ­objetivo de dicho pacto por la vivienda –además de afrontar mayores ayudas sociales para los casos de urgencia– debería consistir en establecer un plan de choque, en ­colaboración con el sector privado, para fomentar con la máxima rapidez la oferta y la construcción de pisos de alquiler, fundamentalmente de alquiler social. Con ello se podría lograr que los precios se estabilizasen y garantizar, asimismo, un hogar a las familias con rentas más bajas.

La solución al problema de la vivienda en Barcelona, y por extensión en el conjunto el área metropolitana, requiere ante todo la necesaria voluntad política para afrontarla con eficacia, ya que hay alternativas técnicas y recursos económicos suficientes.

El canto del cisne, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 12.02.18

El canto del cisne

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 12.02.18

No es la primera vez que lo escribo. El independentismo es más expresión de agonía que de ilusión. Más que una corriente esperanzada, es el canto de un cisne. Esta visión del independentismo no debe ser interpretada como una censura, ni tampoco como un elogio, sino como un intento de interpretar sin afán caricaturesco un fenómeno que hemos visto crecer en pocos años a ojos vista. ¿Por qué la corriente independentista es tan fuerte, persistente y ciega a las dificultades (o las improvisaciones cambiantes de sus líderes)?

Las respuestas a esta pregunta por parte de la prensa de Madrid e, incluso, de Barcelona son generalmente despectivas: es como una secta religiosa, es la consecuencia del adoctrinamiento televisivo, es un populismo de manual… Etcétera. Pero el mundo actual está demasiado hiperconectado para reducir el comportamiento de dos millones largos de catalanes al adoctrinamiento mediático (TV3 es sólo uno de los tropecientos canales a los que tienen acceso). Por otra parte, los antropólogos nos explican que una de las características más evidentes de las actuales sociedades europeas es la obsolescencia de los instrumentos de transmisión de convicciones. La sociedad catalana es, como todas las occidentales, incrédula y desconfiada. En Catalunya, como en Europa, han entrado en crisis desde hace años los tradicionales instrumentos de difusión de valores: la escuela ya no funciona como sembradora de creencias, de la misma manera que están en bancarrota otras instituciones tan fundamentales para la pervivencia de valores como la familia y la política.

Ahora bien, es probable que el refugio en la identidad comunitaria sea un polo magnético muy atractivo, precisamente en este contexto europeo de crisis de valores, de pérdida de sentido y de ruina de las certezas. No podemos olvidar que la globalización actúa desde hace años como un viento muy fuerte, que todo lo arrastra: absorbe capitales, barre culturas y formas de vida tradicionales. Uniforma las sociedades de acuerdo con los patrones de la cultura de masas. La globalización favorece todo lo que es exportable y consumible a escala mundial, pero en cambio perjudica muy visiblemente las culturas menores que, por razones diversas, fundamentalmente lingüísticas, reciben el impacto uniformador, pero en cambio no tienen posibilidades de proyectarse globalmente y, por consiguiente, no tienen muchas opciones de sobrevivir. Esto explica la dicotomía Barcelona-Catalunya. Mientras Barcelona ha conseguido convertirse en un nódulo de la red global, la cultura catalana tiene muchas dificultades para resistir la presión uniformadora de la era global.

De hecho, la dicotomía Barcelona-Catalunya ya era el núcleo de tensión en la etapa política anterior: la visión herderiana de Pujol se oponía al cosmopolitismo barcelonés de Pasqual Maragall. Cuando Maragall se postuló a la Generalitat, intentó una síntesis: sin reducir la fuerza cosmopolita que su Barcelona había logrado, quería que también capitalizara Catalunya. Y, mientras lo intentaba, se imponía otro reto: convertir Barcelona y Catalunya en el corazón de una potente eurorregión mediterránea, lo que implicaba, por un lado, la superación no traumática, perfectamente legal, de las fronteras estatales (hacia sur de Francia), pero, por otro, una política de seducción y buena vecindad con territorios españoles cercanos: Comunidad Valenciana, Aragón, Baleares, Murcia, Andalucía. Maragall llegó a la presidencia casi sin fuerzas y dependiente de otros proyectos ideológicos (principalmente del de ERC). No lo logró, pero su proyecto sigue siendo factible. Es la única vía para salir del laberinto.

¿Por qué triunfó el independentismo de ERC (hasta el punto de que el postpujolismo compite ahora por el mismo proyecto)? Primero, por las limitaciones del PSC, que no supo interpretar a su líder (ciertamente, Maragall tampoco trabajó para que el PSC entendiera su proyecto). Pero en segundo lugar porque ERC expresaba perfectamente la desazón de una comunidad que se siente amenazada de extinción. El pleito, en teoría, es entre Catalunya y España; pero, pese a las constantes reticencias estatales al despliegue de la catalanidad, en la época de la globalización ya no es España el obstáculo principal a la pervivencia de la comunidad cultural catalana. El adversario es el mundo global: uniformador y, por tanto, reductor de la pluralidad.

Se hacen bromas en torno a las relaciones entre el viejo carlismo y el independentismo actual. La coincidencia de fondo entre unos y otros es más seria y significativa. También los carlistas expresaban el malestar de un mundo que se resistía a desaparecer. Hablamos de una pequeña comunidad que tiene una aguda conciencia de su final. Nadie se enfrenta a la muerte sin batallar por la vida. Por eso es tan desagradable la imagen de tantos médicos y ­enfermeros (jueces, políticos, periodistas) que rodean al enfermo catalán dispuestos, no a encontrar una cura, sino a fa­vorecer despiadadamente la eu­tanasia.

Divorcio entre economía y política, Antón Costas, La Vanguardia, 7.02.18

Divorcio entre economía y política

ANTÓN COSTAS
LA VANGUARDIA, 7.02.18

Los modelos macroeconómicos que tuve que estudiar en mi etapa universitaria, y después enseñé, pronostican que la incertidumbre política debilita la economía de un país –reduciendo su crecimiento y la creación de empleo–, con el riesgo de entrar en recesión. Esos modelos suponen que la inestabilidad política debilita los sentimientos de confianza en el futuro (los animal spirits de los que habló John M. Keynes) de los actores económicos: empresarios, inversores, consumidores y ahorradores. En la medida en que eso es así, están menos dispuestos a invertir, a crear empleo o a consumir.

De hecho, una de las corrientes de la investigación académica más fructíferas de las últimas décadas es la llamada “economía institucional”. Como los economistas clásicos de los siglos XVIII y XIX, esta corriente sostiene que la riqueza de las naciones y el bienestar de sus ciudadanos dependen más de la calidad de las instituciones y del buen gobierno que de la mayor o menor cantidad de recursos naturales y capacidades de que disponga un país. Es más, la existencia de recursos naturales (ejemplo, el petróleo en Venezuela) sin buenas instituciones y un buen gobierno da lugar a la llamada “maldición de los recursos naturales” y a la apa­rición de “estados ­fa­llidos”.

De acuerdo con los supuestos de estos modelos, nuestras economías deberían estar manifestando los efectos de la inestabilidad política y del aumento de los populismos que padecen las democracias occidentales. Pero no es esto lo que estamos viendo. Al contrario, la economía crece en todos los lugares, las bolsas están eufóricas y las élites económicas, tal como hemos visto las semanas pasadas en Davos, han vuelto a la complacencia y no parecen haber aprendido nada de lo sucedido en el 2008.

Hasta en el caso de Catalunya las convulsiones políticas del procés y la falta de buen gobierno –o, mejor dicho, de cualquier gobierno– no han tenido sobre la actividad económica (el PIB) y el empleo los intensos efectos que se pronosticaron tras los rupturistas acontecimientos parlamentarios de septiembre y octubre.

Bien es verdad que los efectos van por barrios: el turismo y el consumo sí se han resentido, mientras que la industria no, impulsada por el viento de cola de las exportaciones. Aun cuando, como señala un reciente informe del departamento de estudios de la Cámara de Comercio de Barcelona, no se pueden banalizar los efectos a medio y largo plazo del traslado de domicilio corporativo y fiscal de varios miles de empresas catalanas.

De la misma forma que la inestabilidad política no parece afectar a los animal spirits empresariales, la buena marcha de la economía no parece corregir la deriva populista-identitaria de la política. Así, por ejemplo, en las recientes elecciones en Chequia y en Eslovaquia, que son dos de las economías europeas que más crecen y en las que hay menor paro (inferior al 3%, que es prácticamente pleno empleo), los resultados electorales han favorecido a fuerzas y líderes políticos claramente populistas nacionalistas.

¿Cómo explicar este divorcio entre economía y política? ¿Cómo acabará?

Una primera respuesta es pensar que economía y política son realidades que ahora responden a dos lógicas diferentes y sostenibles en el tiempo. Las economías, a la lógica de los mercados globales, mientras que las políticas estarían sometidas a la lógica de los sentimientos identitarios y culturales, nacionales y locales.

Una segunda explicación es de tipo institucional. La buena marcha de la economía sería el resultado del activismo que han venido practicando los bancos centrales desde el 2008, inyectando dinero y crédito en cantidades nunca antes vistas y alegrando los animal spirits, la actividad económica y el empleo.

Por el contrario, las tendencias populistas –tanto las de la izquierda antisistema como las identitarias de derechas– serían el resultado de la inacción de los gobiernos a la hora de manejar la palanca fiscal (impuestos y gastos sociales) para aliviar las desigualdades y el temor a las consecuencias sociales de la inmigración. Pero este divorcio entre bancos centrales y gobiernos no es sostenible.

En todo caso, la historia nos enseña que los divorcios de este tipo acostumbran a acabar mal. Cuando hace cien años se produjo algo similar, el resultado fue que la política nacionalista y proteccionista acabó destruyendo el orden económico global y la democracia liberal. Y aparecieron los fascismos. La historia nunca se repite, pero rima, sentenció Oscar Wilde. Y hay algo que rima en la situación actual con lo ocurrido hace un siglo. Por lo tanto, deberíamos aplicarnos a reconciliar economía y política progresista.

‘Mors tua’, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 7.02.18

‘Mors tua’

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 7.02.18

Una misma historia permite múltiples relatos; y cada relato implica el deseo de un final determinado. Si uno desea la independencia de Catalunya, elegirá sólo aquellos hechos que justifiquen dicho final. El Estado español aparecerá siempre como un instrumento al servicio del aplastamiento de Catalunya; y la respuesta independentista, aunque vulnere la ley, será descrita como la única posible. El relato independentista es maniqueo: buenos y malos. Por ello, su principal enemigo durante todos estos años ha sido el catalanismo que propugna vías más inclusivas y menos traumáticas. Desaparecido de escena el catalanismo, el independentismo ha conseguido que el relato de las complejas relaciones entre Catalunya y España ya sólo sea binario. O estelada o rojigualda. No hay más cera que la que arde.

Un aspecto crucial de los relatos es la elipsis, esto es, la eliminación de aquellos hechos de la historia que entorpecen el relato. Son muchos los hechos que han desaparecido del relato independentista. Pero dos de ellos son especialmente significativos, pues afectan a la reforma del Estatut, factor desencadenante del proceso. En plena elaboración del Estatut, Artur Mas, entonces jefe de la oposición, se plantó en Moncloa para negociar con el presidente Zapatero al margen del Parlament. Y en el momento del referéndum del estatut, ERC votó no y coincidió, por consiguiente, con el PP. La aventura del Estatut implicó tantos errores de parte catalana como española. Pero la parte española sólo ve los errores catalanes (pacto del Tinell), mientras que la parte catalana sólo cita las mesas petitorias y las irregularidades en el seno del TC.

El relato español hegemónico también es de buenos y malos. Pero abusa de un recurso: a pesar de tener el estado el monopolio de la fuerza, argumenta como si la parte catalana estuviera en las mismas condiciones. Se afirma, por ejemplo, que el independentismo es egoísta (el calificativo es de Josep Borrell) por haber agitado el “España nos roba”. Pero no hay manera de conseguir que el Estado patrocine un debate abierto y ecuánime sobre los flujos fiscales. Se acusa, por ejemplo, al independentismo de desobediencia, pero el Gobierno central y la maquinaria del Estado han desobedecido no pocas veces. Es más: existen pruebas de guerra sucia que ni el poder judicial ni la prensa han querido investigar. Se afirma que la justicia es independiente, pero es ­obvio que lo es formalmente. Según han dictaminado la Comisión Europea y del Consejo de Europa, la jerarquía de los jueces no ­responde a criterios profesionales, sino ­políticos.

Los relatos de unos y otros nos obligan a elegir entre la impiadosa severidad del juez Llarena y las artimañas estilo Robin Hood de Puigdemont. Nos obligan a elegir entre las frases despectivas de Sáenz de Santamaría o del portavoz Hernando y las fantasías independentistas de una doble presidencia. La ciudadanía merecería un relato menos sesgado, más completo. Pero tiene que elegir entre dos maniqueísmos que sólo tienen en común aquella vieja e impiadosa sentencia romana: mors tua, vita mea. Tu muerte es mi vida.