La reforma desde Catalunya, Eliseo Aja, La Vanguardia, 10.12.17

La reforma desde Catalunya

ELISEO AJA
LA VANGUARDIA, 10.12.17

Desde que se hizo público el informe Ideas para una reforma de la Constitución (La Vanguardia, 21/11/2017) la mayoría de las dudas que ha suscitado tiene que ver con Ca­talunya. Para unos, el mismo planteamiento de la reforma viene provocado por la situación catalana y se trata en el fondo de una artimaña para dar una salida honorable a la posición insostenible de los que defienden el proceso y la independencia. Para otros, es una iniciativa inútil porque la reforma constitucional no influiría en la autonomía de Catalunya y su futuro inmediato. Los autores del documento no compartimos estas ideas. Creemos que España, como Estado, está atravesando la crisis más grave desde la aprobación de la Constitución y la situación de Catalunya es reflejo, y factor, de la crisis del Estado autonómico.

En realidad, las reformas que precisa la Constitución son diversas (derechos sociales frente a la crisis económica, representatividad de las instituciones, renovación de la legitimidad de la propia Constitución…) y su ausencia ha empanta­nado los problemas. Un dato revelador lo proporciona la comparación entre las reformas constitucionales llevadas a cabo desde la promulgación de la Constitución respectiva en Alemania (unas 60) o en Francia (unas 25) y en España (1, prácticamente).

A la vista de la complejidad de la crisis consti­tucional, nuestra propuesta no es abordar todas las reformas posibles, sino abrir “una época de reformas” sucesivas, realizando inmediatamente las más urgentes y pos­teriormente las demás, siguiendo el modelo utilizado en las últimas dé­cadas en países como Alemania. En este sentido, nos parece que la primera reforma debe abordar la estructura terri­torial del Estado, porque es el tema más preocupante y urgente.

El Estado autonómico ha permitido una amplia descentralización política, permitiendo que las 17 comunidades autónomas posean instituciones propias y gestionen además los servicios más importantes para los ciudadanos como educación, sanidad y servicios sociales. El cambio introducido por la autonomía prevista en la Constitución no se puede negar. Pero la regulación constitucional se agotó prácticamente en la descentralización, culminada hacia finales del siglo pasado y no creó los mecanismos necesarios para el gobierno de un Estado tan complejo. La nueva España autonómica, tan descentralizada como un Estado federal, necesitaba reformas profundas, que ningún gobierno impulsó.

Desde esta perspectiva, planteamos cinco cuestiones: la función del Estatuto de Autonomía, el cambio del reparto de competencias, la participación autonómica en las instituciones del Estado, la ausencia de órganos de colaboración y la constitucionalización de los elementos generales de la financiación autonómica.

El Estatuto de Autonomía es, ahora, a la vez la norma básica de la comunidad autónoma y ley orgánica del Estado y esta doble naturaleza es fuente de muchas disfunciones. Sería preferible aprobar y reformar el Estatuto sin intervención de las Cortes, como la Constitución de un Estado federado (EE.UU.) o de un land alemán, aprobadas por sus respectivos Parlamentos (sin intervención federal) y con escaso control del Tribunal Constitucional, aunque naturalmente sometidas a la Constitución federal.

El sistema de distribución de competencias entre el Estado y las comunidades es técnicamente deficiente. Arranca de una lista de materias y funciones del Estado y de la remisión a los estatutos de autonomía para su concreción, sin apenas cláusulas generales que resuelvan las contradicciones de la legislación respectiva de desarrollo, de manera que el bloque de constitucionalidad (Constitución, más estatutos, más leyes atributivas de competencias) conduce a múltiples conflictos que se plantean ante el Tribunal Constitucional. Las sentencias se retrasan varios años y son tantas que resulta difícil establecer cuál es realmente la que fija la doctrina.

La participación de las comunidades autónomas en el Estado es débil, hasta el punto de que no tienen ninguna instancia central donde debatir los problemas comunes. Las conferencias sectoriales y la conferencia de presidentes ni aparecen en la Cons­titución, y están bajo el control total del Gobierno central. Igualmente es frágil la participación de las comunidades en la Unión Europea. La reforma del Senado representando a los gobiernos autonómicos, como en Alemania, podría permitir la par­ticipación decisiva en la legislación, las políticas públicas, el acceso a la Unión Europea y los nombramientos de los órganos superiores del Estado.

La financiación autonómica está prevista en la Constitución de manera tan general que carece de criterios y las reglas efectivas del gobierno financiero hay que buscarlas en la ley orgánica de Financiación de las Comunidades Autónomas, que no deja de ser una ley orgánica más.

Catalunya tiene además interés en otras cuestiones, como reconocimiento de su singularidad, pero debe quedar claro que de poco servirán estas especialidades si no se resuelven los problemas generales de la distribución territorial del poder.

Los hechos diferenciales, principalmente la lengua y el derecho civil especial, pueden ser tratados por la Constitución con mayor precisión, y pueden arrastrar a su vez una parte de la educación y de los medios de comunicación conectados con la lengua. Se trataría de articular de forma más eficaz y concreta estos elementos, con la creación de un órgano superior de colaboración bilateral con el Estado para los problemas específicos. En este caso, la relación bilateral está justificada porque no afecta al conjunto de las comunidades sino sólo a Catalunya y al Estado. También cabe la recuperación de los aspectos del Estatuto de Autonomía del 2006 que se declararon inconstitucionales por razones formales y la remisión al Estatuto de los aspectos identitarios o de organización institucional y territorial que sólo afectan a Catalunya.

Anuncis

La última fractura del independentismo, Ramon Espadaler, La Vanguardia, 29.11.17

La última fractura del independentismo

RAMON ESPADALER
LA VANGUARDIA, 29.11.17

Escribo estas líneas desde la perplejidad y el dolor que, como catalanista, me han generado las declaraciones de Carles Puigdemont con respecto a Europa. Una Europa que ve como un club de países decadentes y obsolescentes donde mandan unos pocos que, según su opinión, están estrechamente vinculados a discutibles intereses económicos. Una visión ciertamente dantesca que tiene como objetivo justificar un referéndum (¡otro!), esta vez sobre la continuidad de Catalunya en el seno de una Unión Europea que, dicho sea de paso, no entiende ni comparte la deriva rupturista catalana.

Guste o no a Puigdemont, el europeísmo es parte inseparable del catalanismo desde primera hora. Por diferentes que ­sean sus acentos, el catalanismo ha visto y ve Europa como el espacio natural donde insertar a Catalunya, no tan sólo desde la perspectiva política, sino también desde los puntos de vista social, cultural o económico. Un catalanismo que entiende Europa como un irrenun­ciable espacio de paz, de pro­greso económico, de vertebración del Estado de bienestar y de respeto por los derechos humanos. Sin remontarnos más lejos, ni el catalanismo de Jordi Pujol, ni la socialdemocracia de Pasqual ­Maragall, ni el humanismo so­cial- cristiano de Anton Cañellas o de Duran Lleida se entenderían si les amputáramos su expresión europeísta. Un catalanismo de signo ciertamente diverso, pero con un común denominador: el querer y saber mirar hacia el norte, con una voluntad nítida de tejer complicidades desde la diversidad. Aunque les pese a algunos, y por más perfectible que sea esta Europa nuestra, haría falta que fuéramos todos juntos muy conscientes de los costes de la no Europa desde cualquier perspectiva. “Hacer Europa y no la guerra” es el sugerente título de un ensayo preñado de un optimismo realista publicado recientemente por Enrico Letta. El autor plasma una razonada defensa de la necesidad de rehacer una Europa que ya no puede perder más tiempo en las ­disputas internas, entre otras razones porque fuera hay un mundo en progresión vertiginosa que no nos espera. Puigdemont, lamentablemente, anda en el sentido exactamente opuesto.

Con sus desafortunadas palabras, Puigdemont rompe conscientemente el último eslabón que lo sujetaba al catalanismo ­para abrazar sin ambages el ­discurso de los populismos que estos últimos años han aflorado en diferentes países europeos y que tanto daño están haciendo al ­proyecto común y a la convivencia. La fractura con Europa es el último capítulo de la huida hacia delante de un proceso que primero rompió la convivencia en el seno de Catalunya, después ha estropeado la ­relación de Catalunya con el ­conjunto de España, que ha menospreciado nuestras propias instituciones de autogobierno y que, como consecuencia de todo, nos ha abocado a un escenario de incertidumbre que afecta negativamente a nuestra economía. Romper con Europa, el último despropósito.

Es evidente… que no es evidente, Llàtzer Moix, La Vanguardia, 12.11.17

Es evidente… que no es evidente

LLÀTZER MOIX
LA VANGUARDIA, 12.11.17

Hasta su ingreso en prisión o su exilio, los líderes independentistas han gozado en Catalunya de barra libre mediática. Unos se aficionaron a la declaración institucional, otros a la entrevista, otros –pocos– a la rueda de prensa. Esta sobreexposición ha sido innecesaria, porque los mensajes que emitían eran tan comprensibles como redundantes. Tanto fue así que todos, aún sin quererlo, hemos acabado familiarizándonos con la retórica y las muletillas de cada líder. Entre ellas ha sobresalido el ya célebre “és evident…” con el que Oriol Junqueras iniciaba muchas de sus frases. Verbigracia: “És evident que els mitjans públics catalans són neutrals”. Podríamos citar otros ejemplos, porque el ex vicepresidente prodiga las figuras retóricas de repetición, las anáforas y paralelismos. Muy a menudo empezaba una frase con su típico “és evident…” y luego encadenaba otra y otra y otra, siempre con la misma fórmula de arranque.

Definimos como evidente aquello que, por ser muy claro, resulta ya indudable o innegable. Al iniciar sus sentencias con el “és evident…”, Junqueras estaba pues sugiriéndonos que todo lo que él ­decía iba a misa. Recordemos, en este sentido, que entre los sinónimos de evidente se citan fehaciente, incontestable, incuestionable, indiscutible, irrebatible, obvio, notorio, etcétera. Y recordemos, de paso, que los líderes soberanistas nos han hablado casi siempre con un tono de verdad revelada (que a veces se ha revelado poco verdadera o incluso falsa). Volvamos a los ejemplos. Según Junqueras, además de la neutralidad de los medios públicos catalanes, era evidente que el proceso soberanista iba a llevarnos en volandas a la independencia, y no a un fiasco que ha decepcionado y desnortado a sus propias bases. Según el destituido presidente Carles Puigdemont, es evidente que la aplicación del artículo 155, en el marco constitucional, es un golpe de Estado, del mismo modo que no lo es la proclamación de la independencia quebrantando la ley y ninguneando a más de la mitad de los catalanes. Según Artur Mas, que le precedió en el cargo y le designó sucesor, era evidente que los bancos y las grandes empresas nunca se irían de Catalunya… Todo ello nos lleva a pensar que las afirmaciones de tales líderes tenían más de videncia que de evidencia, que eran más propias de pitonisos, no particularmente acertados en sus previsiones, que de políticos fiables.

Sin embargo, eso no significa que la fórmula “es evidente” vaya sistemáticamente seguida de asertos que el tiempo desmiente. Por ejemplo, y visto lo ya ocurrido, es evidente que cuanto más confunde el independentismo los intereses del país con los de su causa, más prima los intereses de la causa y menos los del país. Es evidente también que cuanto más lejos se quiere exportar la reivindicación independentista, para internacionalizarla y sumar apoyos foráneos, más se indispone a las instancias extranjeras a las que se acude para pedir socorro: en Bélgica darán fe de ello. Es evidente que cuando más urge reconsiderar la situación con frialdad y buscar la salida del laberinto, más se apuesta por eternizar el conflicto, pese a los tangibles y lesivos efectos que eso tiene para el país y la convivencia.

Es evidente también que abundan los recalcitrantes, y que el despecho se ha enquistado; que en Catalunya se ha llegado a la absurda conclusión de que cuanto mayor y más gravoso sea el choque, mejor; y es evidente que en Madrid se ha actuado a veces como si la represión policial y el rigorismo judicial fueran más fértiles que la talla política, la altura de miras y la mano izquierda.

Dicho esto, no es menos evidente que un reciente tuit de Junqueras deseando que el 21-D el bien derrote al mal, es decir, donde identificó a los indepes con los buenos y al resto con los malos, es el de alguien que, falto de argumentos racionales, apela ya a los de la fe. Porque sacralizar la causa indepe y demonizar a quienes disienten casi nos sitúa en el túnel del tiempo, rumbo a los siglos XVI y XVII, cuando Europa sufrió las guerras de religión. Es evidente, asimismo, que tal división de la sociedad entre buenos y malos enmarca la causa en una dimensión párvula, ajena a la complejidad y a la diversidad de nuestra sociedad. Y también lo es que distorsiona la realidad, al juzgar a las personas por sus preferencias en materia de bandera y pasaporte, más que por su aportación real al progreso colectivo.

Es evidente, para terminar, que el incendio sigue fuera de control y avanza calcinando la tierra de todos. Y es evidente, en fin, que nuestros descendientes no recordarán con gratitud a quienes atizaron el fuego –ya fuera cepillando el Estatut o tildando de “mandato popular” lo que no lo era–, sino a quienes, con buena voluntad, diálogo y concesiones, logren algún día apagarlo.

Del pacto fiscal al cambio de sede, Manel Pérez, La Vanguardia, 12.11.17

Del pacto fiscal al cambio de sede

MANEL PÉREZ
LA VANGUARDIA, 12.11.17

La burguesía catalana ha perdido la seguridad con la que vio nacer el siglo XXI. Siempre se aproximó al procés desde su propia perspectiva. Compartió en el inicio con el resto de la sociedad la idea de que el Estado no prestaba atención a sus necesidades y anhelos y por ello comprendió en parte las reivindicaciones que la ciudadanía expresaba en la calle.

Práctica por naturaleza, desconfió y reprochó desde buen comienzo las reclamaciones simbólicas y sentimentales de los, primero, dirigentes nacionalistas; soberanistas e independentistas, después. Prefería poner el acento en las demandas económicas, desde los pactos fiscales a las inversiones en infraestructuras. Ya había apuntado maneras con la reclamación de una gestión autónoma para el aeropuerto de El Prat, allá por el 2007.

Y antes había reprochado a los Pasqual Maragall y Artur Mas su excesiva preocupación por los símbolos en detrimento del dinero, en este caso a cuenta del nuevo Estatut, el mismo que sería denunciado nada más ser aprobado por quien andando el tiempo ocuparía la presidencia del Gobierno, para acabar cuarteado por un deslegitimado Tribunal Constitucional. Su explosiva sentencia, en el 2010, siendo José Montilla president de la Generalitat, dio pie a la primera gran manifestación por el derecho a decidir y espoleó el debate en el seno de las organizaciones empresariales sobre la actitud que adoptar ante ese movimiento. Sus presidentes acudieron al paseo de Gràcia: Juan Rosell, entonces al frente de Foment; Miquel Valls, de la Cambra de Barcelona; Antoni Abad, de Cecot; Josep González, de Pimec; Eusebi Cima, de Fepyme Catalunya. A todos ellos les pidió personalmente el expresident Jordi Pujol, entonces con plena auctoritas, que acudieran a la marcha. Y Salvador Alemany, del Cercle d’Economia, quien decidió estar presente a título personal tras una tensa discusión previa en el seno de su comisión ejecutiva.

Por eso, cuando en septiembre del 2012, Artur Mas, ya al frente de la Generalitat, acudió a la Moncloa en volandas de la primera gran Diada multitudinaria del procés a pedirle al recién llegado presidente del Gobierno un pacto fiscal similar al modelo del cupo vasco, contó con el respaldo unánime de los empresarios catalanes, abrasados por una crisis industrial que parecía no tener fin, y quejosos también de una factura fiscal superior a la de sus pares madrileños o vascos. El pacto fiscal era la consigna del día, abrazada con entusiasmo, en todas las sedes empresariales y sus servicios de estudios.

El periodo que va de la protesta contra la sentencia del Estatut, en el verano del año 2010, hasta la celebración de las elecciones anticipadas por Artur Mas, en noviembre del 2012, en las que CiU perdió 12 diputados, delimita una luna de miel entre las élites económicas y el empresariado catalán con las fuerzas políticas que en aquella fase dirigían el procés. Más ardorosa, y todavía vigente entre un amplio sector de pymes que operan en el mercado catalán y con fuerte músculo exportador, y más fría entre las grandes empresas dependientes, del mercado español y siempre distante en el caso de las multinacionales. Estos dos últimos bloques reprocharon ya en ese momento al president su error de cálculo con la convocatoria electoral.

Pese al disgusto electoral, Mas siguió confiando, ya más como un jugador de póquer que como un convencido, en que la magnitud de las sucesivas manifestaciones y la evidencia del disgusto en Catalunya, forzarían a Rajoy a presentar una propuesta para negociar. Como es sabido, tal movimiento nunca estuvo en la mente de quienes gobernaban en Madrid. Argumentaban que, económicamente, la crisis, y el rescate financiero no lo permitían, ni políticamente era conveniente, dada la presión de las comunidades autónomas.

Desde ese momento, las cúpulas empresariales comenzaron a marcar distancias, reacias a incrementar una apuesta política en la que no veían seguridad de rédito económico. Sólo la emergencia de Barcelona, la capital de Catalunya, como centro económico y, sobre todo, turístico a escala global, puso cierta sordina durante un tiempo a las tensiones entre el desarrollo del procés y la opinión del núcleo dirigente empresarial.

En las elecciones de septiembre del 2015, las que a la postre acabaron apartando a Mas de la presidencia por el rechazo de la CUP, la clase empresarial que durante los últimos lustros había definido las grandes líneas de la política económica catalana, y en gran medida el tono de las relaciones con Madrid, ya había deshecho los vínculos con el soberanismo. Poco después de que Carles Puigdemont asumiera la presidencia de la Generalitat, en enero del año pasado, Josep Oliu, presidente del Banc Sabadell, advirtió a Mas de que en esas circunstancias la entidad acabaría trasladando su sede. Fue una señal entre muchas otras. Sabadell y La Caixa habían pedido poco antes a Luis de Guindos, ministro de Economía, un discreto cambio legal para poder cambiar de sede a la velocidad del rayo.

El escenario de futuro quedó ya entonces dibujado. Una parte muy representativa del empresariado de Catalunya quería poner fin al trayecto y sólo veía riesgos e incertidumbres. Por aquella rendija legal, doblemente modificada, se han colado ya más de 2.200 empresas.Ahora toca ver cuáles son las consecuencias.

Al PSC, con gratitud, Joaquín Luna

Al PSC, con gratitud

JOAQUÍN LUNA
LA VANGUARDIA, 30.10.17

Si yo fuese ministro de Educación, los niños se tragarían cada mes y en horario lectivo una película. Ya imagino que pactar una lista abortaría la idea y uno terminaría cesado y sin novia, sino de todos los ministros de Educación. Aun así daría la vara: todos los escolares verían Solo ante el peligro, esa joya de Fred Zinnermann por la que Gary Cooper vive en los cielos.

Toda obra de arte nos espera en un momento de la vida y Solo ante el peligro está hecha para la segunda infancia. Es directa y profunda: la angustiosa hora y media de un sheriff obligado a proteger a un pueblo que, por miedo, le da la espalda. En lugar de largarse y salvar el pellejo, Gary Cooper cumple con su deber.

He votado muy pocas veces al PSC. o al PSOE, pero no se trata de algo personal. Me distancia el liberalismo, el liberalismo económico, que tengo idealizado como se idealizan las vacaciones de verano y los amores del 14 de julio. Uno cree que el liberalismo es justo, aumenta la responsabilidad social, fomenta la austeridad pública y evita esa compulsiva tendencia del Estado a devolver al ciudadano algo menos de lo que antes le ha quitado.

Sincerado y cautivo de mis convicciones, abusando de la paciencia del lector, me descubro ante el comportamiento del PSC de Miquel Iceta en el tramo final del proceso.

No hace tanto, apenas meses, lo cómodo en Catalunya era decir amén y no contradecir al independentismo, sobre todo en tantos pueblos y ciudades pequeñas donde significarte en contra de la mayoría es un estigma. De mal catalán, de mala persona o de mal demócrata. No todo el mundo puede ser Gary Cooper.

Cuando la ola parecía imparable y cargada de futuro, el PSC tuvo el cuajo y la convicción de defender aquello que en boca de otros partidos carecía de autenticidad. Los socialistas catalanes, sus cargos locales y sus oradores en el Parlament, han representado el mestizaje de esta tierra y su voz, sensata, me ha sonado a Delors y rock urbano. Ladran, luego cabalgamos: ¡qué encarnizamiento el del independentismo con un partido que ni manda en Madrid ni manda en la Generalitat! Y que brindó una salida digna a Carles Puigdemont…

El día en que el entonces president animó al pueblo a intimidar con sus miradas a todos los alcaldes socialistas, ¡qué bonita consigna!, uno sintió un respeto profundo por el PSC, dignísimo representante de la izquierda con los mejores valores de Europa.

La izquierda del PSC es lo contrario del “independentismo sin fronteras” de la CUP, en perpleja definición de Anna Gabriel. O de esa nueva izquierda difusa y oportunista, inconsistente y poco fiable, de la alcaldesa Colau, que un día anima al 1-O y al siguiente etiqueta de kamikaze al soberanismo al que a ratos da alas, a ratos alecciona.

Iceta y compañía, con agradecimiento: ¡Viva Gary Cooper!

Reconstruir, José Montilla, La Vanguardia, 29.10.17

Reconstruir

JOSÉ MONTILLA
LA VANGUARDIA, 29.10.17

Moments difícils pel nostre país. Tot i que l’atmosfera s’ompli de crits apel·lant a la declaració d’un nou país imaginari, el mot d’ordre ha de ser reconstrucció. Reconstruir els ponts trencats i les institucions del nostre autogovern, tensionades fins al punt de trencar-ne la legitimitat. Reconstruir el nostre prestigi col·lectiu a Europa. Reconstruir els afectes i la cultura política del pacte.

Els silencis acumulats s’han de convertir en energia de canvi. Ha d’emergir per donar el tomb a la situació. Tenim, tots, una nova oportunitat. Reconstrucció sobre la base de la reconciliació. Entre catalans i també amb els ciutadans i ciutadanes d’aquesta Espanya que volem diferent, respectuosa amb la nostra personalitat, però també respectada. És l’hora del retorn del catalanisme transversal, plural. L’hora dels moderats. És hora de treballar per refer el projecte d’una Catalunya inclusiva, capaç de recuperar el seu lideratge econòmic, social, cultural i polític. Capaç de ser percebuda a Europa com a referent i no com a problema. Capaç de ser respectada a Espanya pel seu potencial i per la seva capacitat d’impulsar els canvis necessaris per a una nova fase de modernització de l’Estat.

Per tornar a exercir aquest lideratge caldrà recuperar l’equilibri. Caldrà fer-ho posant molta atenció als riscos de l’augment de la trencadissa. Evitant que la frustració, la impaciència o la temeritat portin a situacions de violència.

Recuperar l’equilibri exigeix ser sincers amb nosaltres mateixos. Per què s’ha enganyat la gent fent-li creure que amb el mandat de les darreres eleccions catalanes es tenia legitimitat i força per aconseguir la independència? Ni es tenia la legitimitat ni el marc legal ho feia possible. Una lliçó per als qui pensen que si tens la raó ja n’hi ha prou. Fa temps vaig dir a aquells que insistien en les presses i en la il·lusió de la gent que, quan aquesta il·lusió acaba en un no res, provoca una enorme frustració col·lectiva i personal.

Han dut el país a la fractura, al deteriorament de la convivència en les famílies, entre els amics, a la feina, a la política. Han generat, irresponsablement, una enorme crisi a l’economia, dient que ni empreses ni bancs marxarien i, encara pitjor, que la seva sortida no era important.

Trigarem molt a refer-nos, a recuperar oportunitats perdudes i retrocessos produïts. Han enfonsat l’autogovern, jugant a estrategues astuts que han desconegut això tan elemental de la correlació de forces. El preu del seu joc, tan apassionat com allunyat de la realitat, és que avui les nostres institucions d’autogovern estan intervingudes i en mans del Govern central. No són els únics responsables, cert. Ja és coneguda la meva posició respecte al PP i el Govern d’Espanya al llarg d’aquests darrers anys.

Però ja n’hi ha prou. Prou de dir sempre que els nostres mals provenen dels altres. Prou de dir que no ens estimen, que ens menystenen. Prou de sembrar l’odi sobre la base de la simplificació, les mitges veritats i les mentides completes. Els responsables d’aquest desori haurien de ser capaços de donar la cara, de reconèixer les greus conseqüències dels seus errors. Haurien de ser capaços de reconèixer que seguir prometent Ítaca no ens porta enlloc. El que deia; ara toca treballar per la reconstrucció, pensant en la gent, pensant en Catalunya.

Contra el imperio de la división, Llàtzer Moix, La Vanguardia, 29.10.17

Contra el imperio de la división

LLÀTZER MOIX
LA VANGUARDIA, 29.10.17

Teníamos tres opciones –DUI, 155, elecciones– y se han puesto en marcha las tres. La DUI reunía las esencias del proceso: unilateralidad, fuga hacia delante, inviabilidad y potencial conflictivo. El 155 era un arma del centralismo contra los independentistas que afecta a todos los catalanes. Y, a estas alturas, era también el único instrumento a mano para restablecer el orden constitucional. Las elecciones buscaban una válvula de escape, al menos temporal, para una sociedad estresada, aunque sin resolver su problema de fondo. El Gobierno central ha optado por el 155. Y el presidente Puigdemont, empujado por ERC y por un Estado Mayor con activistas no electos, eligió la DUI y cedió al rival la mejor baza, la electoral. El viernes, después de que se convocaran comicios, Catalunya estaba más cerca de atenuar su principal problema que cinco horas antes, cuando se declaró la independencia.

El problema principal de Catalunya ya no es, como sostienen los indepes, España. Es la división entre catalanes. He aquí el triste fruto del proceso dirigido por Junts pel Sí, espoleado por la CUP y engrosado por la buena gente de la ANC y Òmnium. Catalu­nya tiene que combatir esa división. Está en su peor momento, sí. Razón de más. Urge plantear prioridades para la reconciliación. Si no supera su división, Catalunya será un ente fallido. Como un humano con una pierna, un brazo, un ojo y medio cerebro.

Dividir significa introducir la discordia o el desacuerdo entre personas o colectividades. Aquí, unos y otros han dedicado todo su talento a eso. Hasta lograr no una sino tres divisiones: la catalana, la española y la europea. Vivimos bajo el imperio de la división. Y hay que librarse de él cuanto antes.

CATALUNYA. La sociedad catalana está partida en dos. La debilitación del catalanismo transversal es atribuible al independentismo. En la transición, el catalanismo aglutinó incluso a partidos internacionalistas. En la era del mayor autogobierno, el soberanismo ha troceado el catalanismo. Error. Ha estigmatizado a los que rehúsan saltarse la ley y ha ninguneado a la oposición mientras alardeaba, ingenua o cínicamente, de excelencia democrática. Ha abierto brecha entre los que reconocen el mundo entero como su campo de acción y los dispuestos a romperlo todo y retirarse a sobrevivir en su huerto.

El ilimitado horizonte de la división catalana causa vértigo. Tiene aún recorrido. El secesionismo ya partió al PSC, Unió o CiU. Hay discrepancias en CSQP. Hay riñas fratricidas entre el PDECat y ERC; o sea, en JxSí, cuya alianza con la CUP exuda odios y rencores… La división es consustancial al ser humano. Pero le resta fuerza. Por eso las personas con nociones de historia hablan, conceden y pactan. En días de bonanza, para progresar. En días de crisis, para no morir como colectivo. El intento de reorganizar el escenario político catalán sobre el eje nacional ha traído división y fracaso. Hay que resituarlo en el eje social. No asegurando, a base de pensamiento mágico, que la república será jauja para los pensionistas, sino corrigiendo ya recortes en educación y sanidad.

ESPAÑA. La deriva independentista ha agrandado el surco entre Catalunya y España. Sus poderes andan a la greña. Hay fuga de empresas y boicot comercial. Es cierto que el centralismo dio alas con su silencio, cicatería y represión al independentismo. Otro error. También que este empezó acusando a España de robo y ha acabado mintiendo sin rubor, presentando la aplicación de la ley como un golpe de Estado. Otro error. Por fortuna, el choque institucional no siempre tiene un correlato particular. No debemos confundir al Gobierno con los españoles ni al Govern con los catalanes. Hay incontables afectos personales que el oportunismo político jamás podrá destruir.

EUROPA. Catalunya no va a convertirse en un nuevo Estado europeo. Pero ya es un problema europeo. El independentismo así lo quiso al exportar su conflicto. Otro error. La Unión Europea nació para restañar heridas y sumar. El Brexit busca lo contrario, la división europea, la resta. Lo votó un país dividido, presa de la crisis y el populismo, capaz en su ignorancia de creerse mentiras. El Catexit sintoniza con el Brexit, a escala inferior: el Reino Unido multiplica por nueve la población de Catalunya, y por once su PIB. Pero sigue su línea de agresión a la idea de Europa. Como tal es percibido y será recompensado.

CRECER. El historiador romano Salustio decía que “con la concordia las cosas pequeñas crecen, con la discordia las más grandes se hunden”. La discordia está al alcance de cualquiera: en el mundo rural, los odios entre vecinos pueden durar generaciones. La concordia exige esfuerzo, renuncia y ética de la responsabilidad. Rajoy ayudaría si ofreciera algo más que el 155. Pero Catalu­nya debe elegir entre empezar a curar su fractura interna, y con España y con Europa, o someterse al imperio de la división. Debe elegir entre crecer o hundirse. Basta con que el independentismo sensato admita su base real y, también, que no íbamos a la república catalana sino a la república de media Catalunya. Los radicales quizás sigan desobedeciendo en la calle. Pero los no revolucionarios ya están en campaña electoral: nuevos errores dañarían su resultado. Ellos no deben dividirse más. Y Catalunya, tampoco.