Es evidente… que no es evidente, Llàtzer Moix, La Vanguardia, 12.11.17

Es evidente… que no es evidente

LLÀTZER MOIX
LA VANGUARDIA, 12.11.17

Hasta su ingreso en prisión o su exilio, los líderes independentistas han gozado en Catalunya de barra libre mediática. Unos se aficionaron a la declaración institucional, otros a la entrevista, otros –pocos– a la rueda de prensa. Esta sobreexposición ha sido innecesaria, porque los mensajes que emitían eran tan comprensibles como redundantes. Tanto fue así que todos, aún sin quererlo, hemos acabado familiarizándonos con la retórica y las muletillas de cada líder. Entre ellas ha sobresalido el ya célebre “és evident…” con el que Oriol Junqueras iniciaba muchas de sus frases. Verbigracia: “És evident que els mitjans públics catalans són neutrals”. Podríamos citar otros ejemplos, porque el ex vicepresidente prodiga las figuras retóricas de repetición, las anáforas y paralelismos. Muy a menudo empezaba una frase con su típico “és evident…” y luego encadenaba otra y otra y otra, siempre con la misma fórmula de arranque.

Definimos como evidente aquello que, por ser muy claro, resulta ya indudable o innegable. Al iniciar sus sentencias con el “és evident…”, Junqueras estaba pues sugiriéndonos que todo lo que él ­decía iba a misa. Recordemos, en este sentido, que entre los sinónimos de evidente se citan fehaciente, incontestable, incuestionable, indiscutible, irrebatible, obvio, notorio, etcétera. Y recordemos, de paso, que los líderes soberanistas nos han hablado casi siempre con un tono de verdad revelada (que a veces se ha revelado poco verdadera o incluso falsa). Volvamos a los ejemplos. Según Junqueras, además de la neutralidad de los medios públicos catalanes, era evidente que el proceso soberanista iba a llevarnos en volandas a la independencia, y no a un fiasco que ha decepcionado y desnortado a sus propias bases. Según el destituido presidente Carles Puigdemont, es evidente que la aplicación del artículo 155, en el marco constitucional, es un golpe de Estado, del mismo modo que no lo es la proclamación de la independencia quebrantando la ley y ninguneando a más de la mitad de los catalanes. Según Artur Mas, que le precedió en el cargo y le designó sucesor, era evidente que los bancos y las grandes empresas nunca se irían de Catalunya… Todo ello nos lleva a pensar que las afirmaciones de tales líderes tenían más de videncia que de evidencia, que eran más propias de pitonisos, no particularmente acertados en sus previsiones, que de políticos fiables.

Sin embargo, eso no significa que la fórmula “es evidente” vaya sistemáticamente seguida de asertos que el tiempo desmiente. Por ejemplo, y visto lo ya ocurrido, es evidente que cuanto más confunde el independentismo los intereses del país con los de su causa, más prima los intereses de la causa y menos los del país. Es evidente también que cuanto más lejos se quiere exportar la reivindicación independentista, para internacionalizarla y sumar apoyos foráneos, más se indispone a las instancias extranjeras a las que se acude para pedir socorro: en Bélgica darán fe de ello. Es evidente que cuando más urge reconsiderar la situación con frialdad y buscar la salida del laberinto, más se apuesta por eternizar el conflicto, pese a los tangibles y lesivos efectos que eso tiene para el país y la convivencia.

Es evidente también que abundan los recalcitrantes, y que el despecho se ha enquistado; que en Catalunya se ha llegado a la absurda conclusión de que cuanto mayor y más gravoso sea el choque, mejor; y es evidente que en Madrid se ha actuado a veces como si la represión policial y el rigorismo judicial fueran más fértiles que la talla política, la altura de miras y la mano izquierda.

Dicho esto, no es menos evidente que un reciente tuit de Junqueras deseando que el 21-D el bien derrote al mal, es decir, donde identificó a los indepes con los buenos y al resto con los malos, es el de alguien que, falto de argumentos racionales, apela ya a los de la fe. Porque sacralizar la causa indepe y demonizar a quienes disienten casi nos sitúa en el túnel del tiempo, rumbo a los siglos XVI y XVII, cuando Europa sufrió las guerras de religión. Es evidente, asimismo, que tal división de la sociedad entre buenos y malos enmarca la causa en una dimensión párvula, ajena a la complejidad y a la diversidad de nuestra sociedad. Y también lo es que distorsiona la realidad, al juzgar a las personas por sus preferencias en materia de bandera y pasaporte, más que por su aportación real al progreso colectivo.

Es evidente, para terminar, que el incendio sigue fuera de control y avanza calcinando la tierra de todos. Y es evidente, en fin, que nuestros descendientes no recordarán con gratitud a quienes atizaron el fuego –ya fuera cepillando el Estatut o tildando de “mandato popular” lo que no lo era–, sino a quienes, con buena voluntad, diálogo y concesiones, logren algún día apagarlo.

Anuncis

Del pacto fiscal al cambio de sede, Manel Pérez, La Vanguardia, 12.11.17

Del pacto fiscal al cambio de sede

MANEL PÉREZ
LA VANGUARDIA, 12.11.17

La burguesía catalana ha perdido la seguridad con la que vio nacer el siglo XXI. Siempre se aproximó al procés desde su propia perspectiva. Compartió en el inicio con el resto de la sociedad la idea de que el Estado no prestaba atención a sus necesidades y anhelos y por ello comprendió en parte las reivindicaciones que la ciudadanía expresaba en la calle.

Práctica por naturaleza, desconfió y reprochó desde buen comienzo las reclamaciones simbólicas y sentimentales de los, primero, dirigentes nacionalistas; soberanistas e independentistas, después. Prefería poner el acento en las demandas económicas, desde los pactos fiscales a las inversiones en infraestructuras. Ya había apuntado maneras con la reclamación de una gestión autónoma para el aeropuerto de El Prat, allá por el 2007.

Y antes había reprochado a los Pasqual Maragall y Artur Mas su excesiva preocupación por los símbolos en detrimento del dinero, en este caso a cuenta del nuevo Estatut, el mismo que sería denunciado nada más ser aprobado por quien andando el tiempo ocuparía la presidencia del Gobierno, para acabar cuarteado por un deslegitimado Tribunal Constitucional. Su explosiva sentencia, en el 2010, siendo José Montilla president de la Generalitat, dio pie a la primera gran manifestación por el derecho a decidir y espoleó el debate en el seno de las organizaciones empresariales sobre la actitud que adoptar ante ese movimiento. Sus presidentes acudieron al paseo de Gràcia: Juan Rosell, entonces al frente de Foment; Miquel Valls, de la Cambra de Barcelona; Antoni Abad, de Cecot; Josep González, de Pimec; Eusebi Cima, de Fepyme Catalunya. A todos ellos les pidió personalmente el expresident Jordi Pujol, entonces con plena auctoritas, que acudieran a la marcha. Y Salvador Alemany, del Cercle d’Economia, quien decidió estar presente a título personal tras una tensa discusión previa en el seno de su comisión ejecutiva.

Por eso, cuando en septiembre del 2012, Artur Mas, ya al frente de la Generalitat, acudió a la Moncloa en volandas de la primera gran Diada multitudinaria del procés a pedirle al recién llegado presidente del Gobierno un pacto fiscal similar al modelo del cupo vasco, contó con el respaldo unánime de los empresarios catalanes, abrasados por una crisis industrial que parecía no tener fin, y quejosos también de una factura fiscal superior a la de sus pares madrileños o vascos. El pacto fiscal era la consigna del día, abrazada con entusiasmo, en todas las sedes empresariales y sus servicios de estudios.

El periodo que va de la protesta contra la sentencia del Estatut, en el verano del año 2010, hasta la celebración de las elecciones anticipadas por Artur Mas, en noviembre del 2012, en las que CiU perdió 12 diputados, delimita una luna de miel entre las élites económicas y el empresariado catalán con las fuerzas políticas que en aquella fase dirigían el procés. Más ardorosa, y todavía vigente entre un amplio sector de pymes que operan en el mercado catalán y con fuerte músculo exportador, y más fría entre las grandes empresas dependientes, del mercado español y siempre distante en el caso de las multinacionales. Estos dos últimos bloques reprocharon ya en ese momento al president su error de cálculo con la convocatoria electoral.

Pese al disgusto electoral, Mas siguió confiando, ya más como un jugador de póquer que como un convencido, en que la magnitud de las sucesivas manifestaciones y la evidencia del disgusto en Catalunya, forzarían a Rajoy a presentar una propuesta para negociar. Como es sabido, tal movimiento nunca estuvo en la mente de quienes gobernaban en Madrid. Argumentaban que, económicamente, la crisis, y el rescate financiero no lo permitían, ni políticamente era conveniente, dada la presión de las comunidades autónomas.

Desde ese momento, las cúpulas empresariales comenzaron a marcar distancias, reacias a incrementar una apuesta política en la que no veían seguridad de rédito económico. Sólo la emergencia de Barcelona, la capital de Catalunya, como centro económico y, sobre todo, turístico a escala global, puso cierta sordina durante un tiempo a las tensiones entre el desarrollo del procés y la opinión del núcleo dirigente empresarial.

En las elecciones de septiembre del 2015, las que a la postre acabaron apartando a Mas de la presidencia por el rechazo de la CUP, la clase empresarial que durante los últimos lustros había definido las grandes líneas de la política económica catalana, y en gran medida el tono de las relaciones con Madrid, ya había deshecho los vínculos con el soberanismo. Poco después de que Carles Puigdemont asumiera la presidencia de la Generalitat, en enero del año pasado, Josep Oliu, presidente del Banc Sabadell, advirtió a Mas de que en esas circunstancias la entidad acabaría trasladando su sede. Fue una señal entre muchas otras. Sabadell y La Caixa habían pedido poco antes a Luis de Guindos, ministro de Economía, un discreto cambio legal para poder cambiar de sede a la velocidad del rayo.

El escenario de futuro quedó ya entonces dibujado. Una parte muy representativa del empresariado de Catalunya quería poner fin al trayecto y sólo veía riesgos e incertidumbres. Por aquella rendija legal, doblemente modificada, se han colado ya más de 2.200 empresas.Ahora toca ver cuáles son las consecuencias.

Al PSC, con gratitud, Joaquín Luna

Al PSC, con gratitud

JOAQUÍN LUNA
LA VANGUARDIA, 30.10.17

Si yo fuese ministro de Educación, los niños se tragarían cada mes y en horario lectivo una película. Ya imagino que pactar una lista abortaría la idea y uno terminaría cesado y sin novia, sino de todos los ministros de Educación. Aun así daría la vara: todos los escolares verían Solo ante el peligro, esa joya de Fred Zinnermann por la que Gary Cooper vive en los cielos.

Toda obra de arte nos espera en un momento de la vida y Solo ante el peligro está hecha para la segunda infancia. Es directa y profunda: la angustiosa hora y media de un sheriff obligado a proteger a un pueblo que, por miedo, le da la espalda. En lugar de largarse y salvar el pellejo, Gary Cooper cumple con su deber.

He votado muy pocas veces al PSC. o al PSOE, pero no se trata de algo personal. Me distancia el liberalismo, el liberalismo económico, que tengo idealizado como se idealizan las vacaciones de verano y los amores del 14 de julio. Uno cree que el liberalismo es justo, aumenta la responsabilidad social, fomenta la austeridad pública y evita esa compulsiva tendencia del Estado a devolver al ciudadano algo menos de lo que antes le ha quitado.

Sincerado y cautivo de mis convicciones, abusando de la paciencia del lector, me descubro ante el comportamiento del PSC de Miquel Iceta en el tramo final del proceso.

No hace tanto, apenas meses, lo cómodo en Catalunya era decir amén y no contradecir al independentismo, sobre todo en tantos pueblos y ciudades pequeñas donde significarte en contra de la mayoría es un estigma. De mal catalán, de mala persona o de mal demócrata. No todo el mundo puede ser Gary Cooper.

Cuando la ola parecía imparable y cargada de futuro, el PSC tuvo el cuajo y la convicción de defender aquello que en boca de otros partidos carecía de autenticidad. Los socialistas catalanes, sus cargos locales y sus oradores en el Parlament, han representado el mestizaje de esta tierra y su voz, sensata, me ha sonado a Delors y rock urbano. Ladran, luego cabalgamos: ¡qué encarnizamiento el del independentismo con un partido que ni manda en Madrid ni manda en la Generalitat! Y que brindó una salida digna a Carles Puigdemont…

El día en que el entonces president animó al pueblo a intimidar con sus miradas a todos los alcaldes socialistas, ¡qué bonita consigna!, uno sintió un respeto profundo por el PSC, dignísimo representante de la izquierda con los mejores valores de Europa.

La izquierda del PSC es lo contrario del “independentismo sin fronteras” de la CUP, en perpleja definición de Anna Gabriel. O de esa nueva izquierda difusa y oportunista, inconsistente y poco fiable, de la alcaldesa Colau, que un día anima al 1-O y al siguiente etiqueta de kamikaze al soberanismo al que a ratos da alas, a ratos alecciona.

Iceta y compañía, con agradecimiento: ¡Viva Gary Cooper!

Reconstruir, José Montilla, La Vanguardia, 29.10.17

Reconstruir

JOSÉ MONTILLA
LA VANGUARDIA, 29.10.17

Moments difícils pel nostre país. Tot i que l’atmosfera s’ompli de crits apel·lant a la declaració d’un nou país imaginari, el mot d’ordre ha de ser reconstrucció. Reconstruir els ponts trencats i les institucions del nostre autogovern, tensionades fins al punt de trencar-ne la legitimitat. Reconstruir el nostre prestigi col·lectiu a Europa. Reconstruir els afectes i la cultura política del pacte.

Els silencis acumulats s’han de convertir en energia de canvi. Ha d’emergir per donar el tomb a la situació. Tenim, tots, una nova oportunitat. Reconstrucció sobre la base de la reconciliació. Entre catalans i també amb els ciutadans i ciutadanes d’aquesta Espanya que volem diferent, respectuosa amb la nostra personalitat, però també respectada. És l’hora del retorn del catalanisme transversal, plural. L’hora dels moderats. És hora de treballar per refer el projecte d’una Catalunya inclusiva, capaç de recuperar el seu lideratge econòmic, social, cultural i polític. Capaç de ser percebuda a Europa com a referent i no com a problema. Capaç de ser respectada a Espanya pel seu potencial i per la seva capacitat d’impulsar els canvis necessaris per a una nova fase de modernització de l’Estat.

Per tornar a exercir aquest lideratge caldrà recuperar l’equilibri. Caldrà fer-ho posant molta atenció als riscos de l’augment de la trencadissa. Evitant que la frustració, la impaciència o la temeritat portin a situacions de violència.

Recuperar l’equilibri exigeix ser sincers amb nosaltres mateixos. Per què s’ha enganyat la gent fent-li creure que amb el mandat de les darreres eleccions catalanes es tenia legitimitat i força per aconseguir la independència? Ni es tenia la legitimitat ni el marc legal ho feia possible. Una lliçó per als qui pensen que si tens la raó ja n’hi ha prou. Fa temps vaig dir a aquells que insistien en les presses i en la il·lusió de la gent que, quan aquesta il·lusió acaba en un no res, provoca una enorme frustració col·lectiva i personal.

Han dut el país a la fractura, al deteriorament de la convivència en les famílies, entre els amics, a la feina, a la política. Han generat, irresponsablement, una enorme crisi a l’economia, dient que ni empreses ni bancs marxarien i, encara pitjor, que la seva sortida no era important.

Trigarem molt a refer-nos, a recuperar oportunitats perdudes i retrocessos produïts. Han enfonsat l’autogovern, jugant a estrategues astuts que han desconegut això tan elemental de la correlació de forces. El preu del seu joc, tan apassionat com allunyat de la realitat, és que avui les nostres institucions d’autogovern estan intervingudes i en mans del Govern central. No són els únics responsables, cert. Ja és coneguda la meva posició respecte al PP i el Govern d’Espanya al llarg d’aquests darrers anys.

Però ja n’hi ha prou. Prou de dir sempre que els nostres mals provenen dels altres. Prou de dir que no ens estimen, que ens menystenen. Prou de sembrar l’odi sobre la base de la simplificació, les mitges veritats i les mentides completes. Els responsables d’aquest desori haurien de ser capaços de donar la cara, de reconèixer les greus conseqüències dels seus errors. Haurien de ser capaços de reconèixer que seguir prometent Ítaca no ens porta enlloc. El que deia; ara toca treballar per la reconstrucció, pensant en la gent, pensant en Catalunya.

Contra el imperio de la división, Llàtzer Moix, La Vanguardia, 29.10.17

Contra el imperio de la división

LLÀTZER MOIX
LA VANGUARDIA, 29.10.17

Teníamos tres opciones –DUI, 155, elecciones– y se han puesto en marcha las tres. La DUI reunía las esencias del proceso: unilateralidad, fuga hacia delante, inviabilidad y potencial conflictivo. El 155 era un arma del centralismo contra los independentistas que afecta a todos los catalanes. Y, a estas alturas, era también el único instrumento a mano para restablecer el orden constitucional. Las elecciones buscaban una válvula de escape, al menos temporal, para una sociedad estresada, aunque sin resolver su problema de fondo. El Gobierno central ha optado por el 155. Y el presidente Puigdemont, empujado por ERC y por un Estado Mayor con activistas no electos, eligió la DUI y cedió al rival la mejor baza, la electoral. El viernes, después de que se convocaran comicios, Catalunya estaba más cerca de atenuar su principal problema que cinco horas antes, cuando se declaró la independencia.

El problema principal de Catalunya ya no es, como sostienen los indepes, España. Es la división entre catalanes. He aquí el triste fruto del proceso dirigido por Junts pel Sí, espoleado por la CUP y engrosado por la buena gente de la ANC y Òmnium. Catalu­nya tiene que combatir esa división. Está en su peor momento, sí. Razón de más. Urge plantear prioridades para la reconciliación. Si no supera su división, Catalunya será un ente fallido. Como un humano con una pierna, un brazo, un ojo y medio cerebro.

Dividir significa introducir la discordia o el desacuerdo entre personas o colectividades. Aquí, unos y otros han dedicado todo su talento a eso. Hasta lograr no una sino tres divisiones: la catalana, la española y la europea. Vivimos bajo el imperio de la división. Y hay que librarse de él cuanto antes.

CATALUNYA. La sociedad catalana está partida en dos. La debilitación del catalanismo transversal es atribuible al independentismo. En la transición, el catalanismo aglutinó incluso a partidos internacionalistas. En la era del mayor autogobierno, el soberanismo ha troceado el catalanismo. Error. Ha estigmatizado a los que rehúsan saltarse la ley y ha ninguneado a la oposición mientras alardeaba, ingenua o cínicamente, de excelencia democrática. Ha abierto brecha entre los que reconocen el mundo entero como su campo de acción y los dispuestos a romperlo todo y retirarse a sobrevivir en su huerto.

El ilimitado horizonte de la división catalana causa vértigo. Tiene aún recorrido. El secesionismo ya partió al PSC, Unió o CiU. Hay discrepancias en CSQP. Hay riñas fratricidas entre el PDECat y ERC; o sea, en JxSí, cuya alianza con la CUP exuda odios y rencores… La división es consustancial al ser humano. Pero le resta fuerza. Por eso las personas con nociones de historia hablan, conceden y pactan. En días de bonanza, para progresar. En días de crisis, para no morir como colectivo. El intento de reorganizar el escenario político catalán sobre el eje nacional ha traído división y fracaso. Hay que resituarlo en el eje social. No asegurando, a base de pensamiento mágico, que la república será jauja para los pensionistas, sino corrigiendo ya recortes en educación y sanidad.

ESPAÑA. La deriva independentista ha agrandado el surco entre Catalunya y España. Sus poderes andan a la greña. Hay fuga de empresas y boicot comercial. Es cierto que el centralismo dio alas con su silencio, cicatería y represión al independentismo. Otro error. También que este empezó acusando a España de robo y ha acabado mintiendo sin rubor, presentando la aplicación de la ley como un golpe de Estado. Otro error. Por fortuna, el choque institucional no siempre tiene un correlato particular. No debemos confundir al Gobierno con los españoles ni al Govern con los catalanes. Hay incontables afectos personales que el oportunismo político jamás podrá destruir.

EUROPA. Catalunya no va a convertirse en un nuevo Estado europeo. Pero ya es un problema europeo. El independentismo así lo quiso al exportar su conflicto. Otro error. La Unión Europea nació para restañar heridas y sumar. El Brexit busca lo contrario, la división europea, la resta. Lo votó un país dividido, presa de la crisis y el populismo, capaz en su ignorancia de creerse mentiras. El Catexit sintoniza con el Brexit, a escala inferior: el Reino Unido multiplica por nueve la población de Catalunya, y por once su PIB. Pero sigue su línea de agresión a la idea de Europa. Como tal es percibido y será recompensado.

CRECER. El historiador romano Salustio decía que “con la concordia las cosas pequeñas crecen, con la discordia las más grandes se hunden”. La discordia está al alcance de cualquiera: en el mundo rural, los odios entre vecinos pueden durar generaciones. La concordia exige esfuerzo, renuncia y ética de la responsabilidad. Rajoy ayudaría si ofreciera algo más que el 155. Pero Catalu­nya debe elegir entre empezar a curar su fractura interna, y con España y con Europa, o someterse al imperio de la división. Debe elegir entre crecer o hundirse. Basta con que el independentismo sensato admita su base real y, también, que no íbamos a la república catalana sino a la república de media Catalunya. Los radicales quizás sigan desobedeciendo en la calle. Pero los no revolucionarios ya están en campaña electoral: nuevos errores dañarían su resultado. Ellos no deben dividirse más. Y Catalunya, tampoco.

Vísperas catalanas, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 30.09.17

Vísperas catalanas

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 30.09.17

Mañana es una de aquellas fechas que imponen una reflexión: pararse y pensar. Y, al profundizar uno en sí mismo, advierte una vez más que solemos disfrazar de raciocinio lo que es en gran medida fruto del sentimiento. Así me sucede cuando, más allá del tópicamente denominado problema catalán –que para mí es el problema español–, me enfrento con la realidad catalana, con Catalunya.

Para mí Catalunya es la luz de Alcanar, el pueblo donde nací el Viernes Santo de 1945, día en que el maquis cortó la vía férrea Barcelona-Valencia. Cuando leí que, muerto ya Antonio Machado, encontraron en un bolsillo de su viejo gabán un papel arrugado con un solo verso escrito que decía “Estos días azules, y este sol de la infancia”, pensé que cuando a mí me llegue la hora de la verdad, si es que atisbo alguna luz, esta será la luz de Alcanar, la luz de mi infancia, que yo recuerdo más clara, más blanca, más brillante, sobre todo más brillante, que cualquier otra.

Catalunya es también Ripoll, donde pasé mi niñez y el inicio de mi adolescencia. Este recuerdo lo preside la senyoreta Nati, Nativitat Grabulós Beltrán, hija de Sarroca de Bellera, en Lleida, y maestra, mi maestra. Con ella aprendí a leer y a escribir, las cuentas, la geografía elemental y, sobre todo, comencé a interesarme por la historia. El día de mi primera comunión –el 4 de junio de 1953– me regaló un libro: Las mil mejores poesías de la lengua castellana. Lo conservo. Ripoll es también para mí la plaza de Sant Eudald, en cuyo número 5 vivía, y lo son los niños con los que jugaba allí cada tarde. Recuerdo a la mayoría de ellos, aunque a algunos no los he visto desde 1957, cuando mi familia se trasladó a Calella, y a otros sólo los he reencontrado de forma esporádica. Podría escribir el nombre y apellido de la mayoría de ellos, y si no lo hago, no es porque no los recuerde con afecto sino por que no parezca que los instrumentalizo en un artículo que quizá podría disgustarles si lo leyesen.

Catalunya es para mí Calella de la Costa, el pueblo de mi primera juventud. Y, entre tantos recuerdos, aflora mi sostenida amistad con Josep Maria Terricabras, una de las cabezas más lúcidas que he conocido. ¿Cuántas obras de teatro vimos juntos en Estudio 1? ¿Cuántas conversaciones sobre tantas y tantas cosas no sostuvimos? Quizá fue Terri la primera persona que me dejó claro que, para él, su única patria, maltratada e irredenta, era Catalunya.

Y Catalunya es para mí, obviamente, Barcelona, la ciudad donde he ejercido cerca de cuarenta años como notario del Colegio Notarial de Catalunya. El colegio del que mi padre, castellano viejo de Castilla la Vieja que ejerció siempre como notario en Catalunya, decía sin dudarlo: “Es el mejor colegio de España”. A lo que yo le replicaba: “¿Por qué dices esto, si no has estado en otro?”, obteniendo una respuesta escueta: “Es el mejor”. En Barcelona me ha deparado el destino la oportunidad de entrever la realidad desde diversas perspectivas, muchas más de las que jamás podría haber soñado. Y, con esta perspectiva plural, he vivido una transición que me sigue pareciendo ejemplar, unos largos años de fecunda bonanza y una crisis posterior –fruto de graves errores humanos– que hoy todo lo amenaza.

Así ha discurrido mi vida. Casi toda ella en Catalunya, salvo los años en que cursé Derecho en la Universidad de Navarra y mis dos primeras y breves notarías: Valdegovía (Álava) y Tudela (Navarra). Español-catalán o catalán-español. Sin mayor conflicto. Asumiendo quizá, sin necesidad de recordarlo, lo que me enseñó de niño mi abuelo materno, Josep Burniol Isern, maestro de Argentona, cuando me decía que los celtas entraron por el norte de la península Ibérica, que los íberos entraron por el sur, que se mezclaron y engendraron a los celtíberos. Pues bien, eso soy yo: un celtíbero, merecedor tal vez de formar parte del repertorio tragicómico que Luis Carandell recopiló e inventarió hace ya muchos años en su libro Celtiberia show.

Hoy las aguas bajan turbias y Celtiberia anda más que alborotada. Es imposible saber el desenlace del proceso en que nos hallamos inmersos, que en ningún caso será bueno y en el que no habrá vencedores. Todos seremos vencidos. El desaguisado es superlativo: la situación se nos ha ido a todos de las manos sin que acertemos a encontrar una salida honorable, mientras el macizo del país asiste, fracturado en dos mitades, al desmantelamiento de sus instituciones y a la erosión de su convivencia. Tan es así, que hace falta mucho empuje para enfrentarse a ello. En especial cuando los años ya pesan, la ilusión se agosta, el futuro se ve inalcanzable y retorna insidioso y sugerente el recuerdo del pasado. Pero hay que sobreponerse y luchar. Hay que defender la verdad frente a la mentira, la ley frente a la arbitrariedad, el diálogo frente a la imposición, el pacto frente al mandato, y el orden fruto de la justicia frente al caos provocado por la algarada. Hasta el final. Sin miedo ni jactancia. Con la sola fuerza de la razón y el aliento poderoso de la esperanza.

Operación jaula, Ramon Espasa, La Vanguardia, 29.09.17

Operación jaula

RAMON ESPASA
LA VANGUARDIA, 29.09.17

El 1 de octubre ya está aquí. La gravedad y la incertidumbre de los acontecimientos en los próximos días no borra, según mi opinión, una doble evidencia. Ni el Gobierno español ganará por diez a cero, ni la república catalana nacerá, ex nihilo, el 2 de octubre. Sin volver a valorar los argumentos sobradamente esgrimidos por ambas partes, el momento puede resumirse así: El independentismo catalán llega al día elegido, con una estrategia política, mezcla de un encendido grito de aux, acompañada de recursos jurídicos ante quien no reconoce. El Gobierno del Partido Popular utiliza ásperamente y abusivamente la legalidad vigente, para esconder una clamorosa incompetencia política. Asfixia financieramente a la Generalitat, invade y reprime derechos democráticos fundamentales como los de expresión, reunión e incluso permite detenciones arbitrarías de cargos públicos. Parece talmente una operación jaula. Mejor dicho, sería como una copia patosa y políticamente desastrosa de las exitosas operaciones jaula de nuestros Mossos d’Esquadra. Ahora bien, con independencia de la gravedad de los hechos, dos cosas parecen seguras. Por una parte, la identidad catalana saldrá reforzada, pues en un marco democrático, el catalanismo no dejará de crecer ni buscar nuevos instrumentos para alcanzar la máxima autorrealización. Por otra parte, una España moderna, democrática y vigorosa necesitará ineludiblemente el concurso del dinamismo, creatividad y capacidad de una Catalunya sin limitaciones ni obstáculos, si quiere seguir siendo respetada internacionalmente.

No se sabe cómo, ni en qué marcos y formatos, pero después del choque institucional, se impondrá el restablecimiento del contacto y diálogo político entre las fuerzas políticas catalanas y españolas. La gran complejidad del problema, la clamorosa falta de diálogo inclusivo y respetuoso entre las partes obliga a los partidarios de la política del pacto y del acuerdo a correr el riesgo de caer en un fácil y cómodo recetario de soluciones puramente especulativas. Con todo, en mi opinión, las premisas de un nuevo y posible acuerdo tendrían que incluir y resolver al menos las siguientes cuestiones:

A) Reconocimiento, respeto y lealtad recíproca entre las dos identidades nacionales. La identidad o sentimiento de pertinencia no es medible, no puede valer más una que la otra. Igual que la dignidad, no debe cuantificarse. Se tiene que respetar en lo que es: el sentimiento de los que se sienten formando parte de un pueblo. Haría falta un reconocimiento recíproco, solemne y explícito, de una nación catalana, sin Estado, y una nación española, hasta ahora, detentora exclusiva del Estado dibujado a la Constitución del 78.

B) Regular una nueva relación entre la Generalitat y el Gobierno de España que al menos incluya la resolución de los siguientes contenciosos: 1) Competencias exclusivas en el área identitaria: lengua, cultura, educación. 2) Competencias financieras con la ordinalidad como principio rector de un nuevo acuerdo fiscal, creando una Agencia Tributaria compartida. 3) Competencias político-administrativas entre las que sobresaldrían: el establecimiento de una correlación entre la aportación catalana al PIB y compromisos de inversión estatal. Consorciar con la Generalitat todas las actuaciones inversoras del Gobierno central en Catalunya para asegurar su efectivo cumplimiento.

C) Restablecer plenamente el papel de la Generalitat como representante ordinario y único del Estado en Catalunya. Situar diputaciones y ayuntamientos bajo la jurisdicción de la Generalitat.

D) El acuerdo resultante debería ponerse a votación en Catalunya, antes de incorporarlo al nuevo marco constitucional, vía disposición adicional o lo que mejor convenga.

Los que, desde un catalanismo de largo recorrido, hemos rechazado siempre el choque al todo o nada, por el vicio de explorar siempre el diálogo y el pacto, nos encontramos desde el primer día huérfanos de respuesta y/o señal de ambas partes. Pero naturalmente siempre quien más puede es quien tiene más responsabilidad, y el clamoroso silencio del señor Rajoy nos obliga, una vez más, a recurrir a la pirueta, hoy fácilmente ridiculizable del arbitrismo apodíctico. Un articulista de este diario se preguntaba hace muy poco si el silencio no nos hacía responsables y si no había que romper el silencio. Esta es mi respuesta a sus reflexiones. De hecho, podría resumirse en un deseo que traduce muchos años de lucha y trabajo político. Se trata de construir un nuevo significado para una España moderna y democrática con una Catalunya nación que quiere ser distinta pero no distante.