Vísperas catalanas, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 30.09.17

Vísperas catalanas

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 30.09.17

Mañana es una de aquellas fechas que imponen una reflexión: pararse y pensar. Y, al profundizar uno en sí mismo, advierte una vez más que solemos disfrazar de raciocinio lo que es en gran medida fruto del sentimiento. Así me sucede cuando, más allá del tópicamente denominado problema catalán –que para mí es el problema español–, me enfrento con la realidad catalana, con Catalunya.

Para mí Catalunya es la luz de Alcanar, el pueblo donde nací el Viernes Santo de 1945, día en que el maquis cortó la vía férrea Barcelona-Valencia. Cuando leí que, muerto ya Antonio Machado, encontraron en un bolsillo de su viejo gabán un papel arrugado con un solo verso escrito que decía “Estos días azules, y este sol de la infancia”, pensé que cuando a mí me llegue la hora de la verdad, si es que atisbo alguna luz, esta será la luz de Alcanar, la luz de mi infancia, que yo recuerdo más clara, más blanca, más brillante, sobre todo más brillante, que cualquier otra.

Catalunya es también Ripoll, donde pasé mi niñez y el inicio de mi adolescencia. Este recuerdo lo preside la senyoreta Nati, Nativitat Grabulós Beltrán, hija de Sarroca de Bellera, en Lleida, y maestra, mi maestra. Con ella aprendí a leer y a escribir, las cuentas, la geografía elemental y, sobre todo, comencé a interesarme por la historia. El día de mi primera comunión –el 4 de junio de 1953– me regaló un libro: Las mil mejores poesías de la lengua castellana. Lo conservo. Ripoll es también para mí la plaza de Sant Eudald, en cuyo número 5 vivía, y lo son los niños con los que jugaba allí cada tarde. Recuerdo a la mayoría de ellos, aunque a algunos no los he visto desde 1957, cuando mi familia se trasladó a Calella, y a otros sólo los he reencontrado de forma esporádica. Podría escribir el nombre y apellido de la mayoría de ellos, y si no lo hago, no es porque no los recuerde con afecto sino por que no parezca que los instrumentalizo en un artículo que quizá podría disgustarles si lo leyesen.

Catalunya es para mí Calella de la Costa, el pueblo de mi primera juventud. Y, entre tantos recuerdos, aflora mi sostenida amistad con Josep Maria Terricabras, una de las cabezas más lúcidas que he conocido. ¿Cuántas obras de teatro vimos juntos en Estudio 1? ¿Cuántas conversaciones sobre tantas y tantas cosas no sostuvimos? Quizá fue Terri la primera persona que me dejó claro que, para él, su única patria, maltratada e irredenta, era Catalunya.

Y Catalunya es para mí, obviamente, Barcelona, la ciudad donde he ejercido cerca de cuarenta años como notario del Colegio Notarial de Catalunya. El colegio del que mi padre, castellano viejo de Castilla la Vieja que ejerció siempre como notario en Catalunya, decía sin dudarlo: “Es el mejor colegio de España”. A lo que yo le replicaba: “¿Por qué dices esto, si no has estado en otro?”, obteniendo una respuesta escueta: “Es el mejor”. En Barcelona me ha deparado el destino la oportunidad de entrever la realidad desde diversas perspectivas, muchas más de las que jamás podría haber soñado. Y, con esta perspectiva plural, he vivido una transición que me sigue pareciendo ejemplar, unos largos años de fecunda bonanza y una crisis posterior –fruto de graves errores humanos– que hoy todo lo amenaza.

Así ha discurrido mi vida. Casi toda ella en Catalunya, salvo los años en que cursé Derecho en la Universidad de Navarra y mis dos primeras y breves notarías: Valdegovía (Álava) y Tudela (Navarra). Español-catalán o catalán-español. Sin mayor conflicto. Asumiendo quizá, sin necesidad de recordarlo, lo que me enseñó de niño mi abuelo materno, Josep Burniol Isern, maestro de Argentona, cuando me decía que los celtas entraron por el norte de la península Ibérica, que los íberos entraron por el sur, que se mezclaron y engendraron a los celtíberos. Pues bien, eso soy yo: un celtíbero, merecedor tal vez de formar parte del repertorio tragicómico que Luis Carandell recopiló e inventarió hace ya muchos años en su libro Celtiberia show.

Hoy las aguas bajan turbias y Celtiberia anda más que alborotada. Es imposible saber el desenlace del proceso en que nos hallamos inmersos, que en ningún caso será bueno y en el que no habrá vencedores. Todos seremos vencidos. El desaguisado es superlativo: la situación se nos ha ido a todos de las manos sin que acertemos a encontrar una salida honorable, mientras el macizo del país asiste, fracturado en dos mitades, al desmantelamiento de sus instituciones y a la erosión de su convivencia. Tan es así, que hace falta mucho empuje para enfrentarse a ello. En especial cuando los años ya pesan, la ilusión se agosta, el futuro se ve inalcanzable y retorna insidioso y sugerente el recuerdo del pasado. Pero hay que sobreponerse y luchar. Hay que defender la verdad frente a la mentira, la ley frente a la arbitrariedad, el diálogo frente a la imposición, el pacto frente al mandato, y el orden fruto de la justicia frente al caos provocado por la algarada. Hasta el final. Sin miedo ni jactancia. Con la sola fuerza de la razón y el aliento poderoso de la esperanza.

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Operación jaula, Ramon Espasa, La Vanguardia, 29.09.17

Operación jaula

RAMON ESPASA
LA VANGUARDIA, 29.09.17

El 1 de octubre ya está aquí. La gravedad y la incertidumbre de los acontecimientos en los próximos días no borra, según mi opinión, una doble evidencia. Ni el Gobierno español ganará por diez a cero, ni la república catalana nacerá, ex nihilo, el 2 de octubre. Sin volver a valorar los argumentos sobradamente esgrimidos por ambas partes, el momento puede resumirse así: El independentismo catalán llega al día elegido, con una estrategia política, mezcla de un encendido grito de aux, acompañada de recursos jurídicos ante quien no reconoce. El Gobierno del Partido Popular utiliza ásperamente y abusivamente la legalidad vigente, para esconder una clamorosa incompetencia política. Asfixia financieramente a la Generalitat, invade y reprime derechos democráticos fundamentales como los de expresión, reunión e incluso permite detenciones arbitrarías de cargos públicos. Parece talmente una operación jaula. Mejor dicho, sería como una copia patosa y políticamente desastrosa de las exitosas operaciones jaula de nuestros Mossos d’Esquadra. Ahora bien, con independencia de la gravedad de los hechos, dos cosas parecen seguras. Por una parte, la identidad catalana saldrá reforzada, pues en un marco democrático, el catalanismo no dejará de crecer ni buscar nuevos instrumentos para alcanzar la máxima autorrealización. Por otra parte, una España moderna, democrática y vigorosa necesitará ineludiblemente el concurso del dinamismo, creatividad y capacidad de una Catalunya sin limitaciones ni obstáculos, si quiere seguir siendo respetada internacionalmente.

No se sabe cómo, ni en qué marcos y formatos, pero después del choque institucional, se impondrá el restablecimiento del contacto y diálogo político entre las fuerzas políticas catalanas y españolas. La gran complejidad del problema, la clamorosa falta de diálogo inclusivo y respetuoso entre las partes obliga a los partidarios de la política del pacto y del acuerdo a correr el riesgo de caer en un fácil y cómodo recetario de soluciones puramente especulativas. Con todo, en mi opinión, las premisas de un nuevo y posible acuerdo tendrían que incluir y resolver al menos las siguientes cuestiones:

A) Reconocimiento, respeto y lealtad recíproca entre las dos identidades nacionales. La identidad o sentimiento de pertinencia no es medible, no puede valer más una que la otra. Igual que la dignidad, no debe cuantificarse. Se tiene que respetar en lo que es: el sentimiento de los que se sienten formando parte de un pueblo. Haría falta un reconocimiento recíproco, solemne y explícito, de una nación catalana, sin Estado, y una nación española, hasta ahora, detentora exclusiva del Estado dibujado a la Constitución del 78.

B) Regular una nueva relación entre la Generalitat y el Gobierno de España que al menos incluya la resolución de los siguientes contenciosos: 1) Competencias exclusivas en el área identitaria: lengua, cultura, educación. 2) Competencias financieras con la ordinalidad como principio rector de un nuevo acuerdo fiscal, creando una Agencia Tributaria compartida. 3) Competencias político-administrativas entre las que sobresaldrían: el establecimiento de una correlación entre la aportación catalana al PIB y compromisos de inversión estatal. Consorciar con la Generalitat todas las actuaciones inversoras del Gobierno central en Catalunya para asegurar su efectivo cumplimiento.

C) Restablecer plenamente el papel de la Generalitat como representante ordinario y único del Estado en Catalunya. Situar diputaciones y ayuntamientos bajo la jurisdicción de la Generalitat.

D) El acuerdo resultante debería ponerse a votación en Catalunya, antes de incorporarlo al nuevo marco constitucional, vía disposición adicional o lo que mejor convenga.

Los que, desde un catalanismo de largo recorrido, hemos rechazado siempre el choque al todo o nada, por el vicio de explorar siempre el diálogo y el pacto, nos encontramos desde el primer día huérfanos de respuesta y/o señal de ambas partes. Pero naturalmente siempre quien más puede es quien tiene más responsabilidad, y el clamoroso silencio del señor Rajoy nos obliga, una vez más, a recurrir a la pirueta, hoy fácilmente ridiculizable del arbitrismo apodíctico. Un articulista de este diario se preguntaba hace muy poco si el silencio no nos hacía responsables y si no había que romper el silencio. Esta es mi respuesta a sus reflexiones. De hecho, podría resumirse en un deseo que traduce muchos años de lucha y trabajo político. Se trata de construir un nuevo significado para una España moderna y democrática con una Catalunya nación que quiere ser distinta pero no distante.

Votar sí o no votar, Llàtzer Moix, La Vanguardia, 17.09.17

Votar sí o no votar

LLÀTZER MOIX
LA VANGUARDIA, 17.09.17

El sí toma la calle. Este fue el titular de portada de La Vanguardia el día 12, tras la manifestación del Onze de Setembre a favor del sí en el 1-O. No podría decirse lo mismo de las campañas por el no o por no votar (que no debe confundirse esta vez con la abstención), acaso porque sus altavoces son mucho menos potentes. Pese a que más de la mitad de los votantes no optó en las últimas elecciones por partidos independentistas. Y pese a que la campaña del sí reiniciada este viernes se anuncia ruidosa. Eso me lleva a recordar que el 1-O hay tres opciones –votar sí, votar no y no votar– y que todas tienen sus razones. Por ejemplo:

Razones para votar sí. Algunas son ya antiguas, como aquel fundacional, y matizable, “España nos roba”. Otras, como la resumida en la expresión “el Estado ha perdido el respeto a los catalanes”, tienen base tangible y siguen por desgracia vigentes. (Y, digámoslo todo, últimamente se abonan también desde aquí, a golpe de desatino). Otras razones: el Estado parece incapaz de dar una respuesta política a las peticiones catalanas, pese a las reiteradas manis del Onze de Setembre. El Estado sólo sale de su hieratismo para activar sus cloacas, azuzar altos tribunales o anunciar inhabilitaciones y sanciones. El Estado no hace nada para combatir el extendido y endémico sentimiento anticatalán; al contrario, diríase que a veces lo estimula. Más razones de los partidarios del sí: no apetece formar parte de un país cuyo presidente del Gobierno, que debería tener la mente más despierta, ignora que debe anticiparse a los problemas en lugar de dejarlos pudrir. Otra: tenemos prisa. Otra: el Estado ya no sabe o no quiere negociar.

Razones para votar no. Ignorar que estamos ante un referéndum ilegal, o que el voto del no, minoritario dada la organización partidista de la consulta, servirá ante todo para dar relieve y legitimar al del sí.

Razones para no votar. Las de quienes creen que en un mundo donde los principales desafíos –desigualdad, terrorismo, cambio climático…– son globales y reclaman estrategias solidarias, lo urgente no es dividir, sino sumar. O los de quienes creen que iniciar un proceso de ruptura con España (y, por ende, con la Unión Europea) aboca a déficits y conflictos tan lesivos como duraderos. Otra razón: no tiene sentido, salvo para sus promotores, votar en un referéndum convocado sin consenso y recontado sin garantías; y menos en un país cuyos habitantes son llamados a las urnas cada cuatro años, cuando no de modo anticipado, en legislativas, autonómicas o municipales. Otras razones: no querer un país donde la mayoría parlamentaria no respeta los derechos de la minoría y dinamita el ordenamiento legal acordado por todos los ciudadanos para imponer el suyo, según se vio en el Parlament en el trámite exprés de las leyes del Referéndum y de la Transitoriedad. No querer un país donde la mayoría que hace eso se presenta, encima, como campeona de la democracia, aún reduciéndola a la posibilidad de votar en su referéndum. No querer un país donde el poder prefiera la astucia al derecho. No querer un país donde la política nacionalista ha entregado las instituciones que a todos deben representar a activistas que sólo trabajan para una parte. Verbigracia: no querer un país donde ahora sea presidente Puigdemont, vicepresidente Junqueras, presidenta del Parlament Forcadell y portavoz de la mayoría Turull, activistas que desdeñan el pluralismo. Y, con mayor motivo, no querer que mientras los mencionados prodigan tediosas declaraciones, un núcleo aún más activista, más secreto y menos fiscalizable les marque el ritmo. Otra: no querer depender del grupo minoritario y destroyer de la CUP. Otra: el Gobierno español es insensible a la reclamación catalana, pero eso no justifica que debamos separarnos de los españoles, sino que hay que relevar al Gobierno. Última y simétrica: la Generalitat ya no sabe o no quiere negociar.

Conclusión. Observará el lector que aparecen en esta nota más motivos para no votar que para votar sí, y pocos para votar no. Eso significa que las políticas seguidas por los partidarios del sí me parecen poco satisfactorias y menos prioritarias. Pero se equivocarán quienes lo interpreten como un apoyo al incapaz Rajoy. Aunque ocurrirá: sectarios y doctrinarios no toleran la discrepancia, sólo admiten adhesiones incondicionales. Pero mientras no nos persigan y silencien por discrepar, es obligado tratar de reconocer la complejidad de la situación y exponer sus claroscuros. La lógica del choque considera que el “conmigo o contra mí” es la única vía. No es así. No, al menos, en este caso. La prueba es que algunas razones para votar sí son comprensibles y exigen respuesta del Estado. Pero esta vez, y dadas las condiciones impuestas, las razones para no votar pesan más que las del sí.

¡Españoles, a las cosas!, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 9.09.17

¡Españoles, a las cosas!

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 9.09.17

Don José Ortega escribió, en su Meditación del pueblo joven, estas palabras mil veces repetidas: “¡Argentinos! ¡A las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias”. Si sustituyen la palabra argentinos por españoles –catalanes incluidos–, verán que el resto nos es aplicable por entero. Y es desde esta perspectiva como ha de entenderse lo que sigue.

El problema político más grave que España tiene planteado hoy es el mal llamado “problema catalán”. No ha surgido ahora con la emergencia de los populismos. Sus causas son remotas. Y no es una maldición histórica, sino un problema político. Es, en realidad, el “problema español” de la estructura territorial del Estado, es decir, de la distribución del poder, del reparto del poder. Se trata de resolver de una vez –¡y ya es tiempo!– de qué manera se organiza y reparte el poder en España: si se concentra en la capital del Estado, en manos de un núcleo político-financiero-funcionarial-mediático consolidado y renovado a través de los siglos, o bien se organiza en red, distribuyéndolo entre las distintas comunidades —naciones culturales— que integran el Estado, utilizando los instrumentos técnico-jurídicos adecuados, que no son otros que los del federalismo. Y, por tratarse del problema político español por antonomasia, se plantea acuciante cada vez que España recupera la libertad; así, al proclamarse la Segunda República y al iniciarse la transición.

Hoy el problema pervive más agudo que nunca, después de un proceso de secesión tan largo y ominoso como el vivido en Catalunya. Por tanto, sin perjuicio de que el referéndum del 1-O llegue o no a celebrarse, se convocarán más pronto que tarde unas elecciones que definirán el escenario político catalán en estos o parecidos términos:

1. Por una parte, el poder político radicado en la Generalitat dejará de estar en manos de la burguesía mayoritariamente barcelonesa que lo ha ejercido –desde el puente de mando de CiU– a partir de la instauración del Estado autonómico, para pasar a manos de un grupo social distinto: la menestralía encuadrada preferentemente en Esquerra, que tiene una fuerte implantación en las comarcas catalanas. Es decir, algo semejante –aunque no idéntico– a lo sucedido en el Ayuntamiento de Barcelona con el acceso a la alcaldía de Ada Colau.

2. El problema español del reparto de poder seguirá subsistiendo, agravado, mientras no se afronte como lo que es: un problema político cuya única salida viable es un pacto fruto de un diálogo transaccional que se concrete en recíprocas concesiones.

Esta herramienta que es el “diálogo transaccional” debe utilizarse observando una regla no escrita pero que se desprende de la misma naturaleza de las cosas: la iniciativa debe partir siempre de quien tiene más fuerza. Lo que significa que, para resolver el “problema español”, la iniciativa habría de partir del Gobierno central con una propuesta. Y la propuesta debería concretarse sobre estos puntos u otros semejantes: a) reconocimiento de la singularidad de Catalunya, de sus derechos históricos como nación, como hace respecto al País Vasco la Disposición Adicional Primera de la Constitución de 1978; b) competencias identitarias exclusivas (en lengua, enseñanza y cultura); c) fijación de un tope a la aportación al fondo de solidaridad (bien sea implantando el principio de ordinalidad, bien sea estableciendo un porcentaje) y Agencia Tributaria compartida; d) consulta a los catalanes sobre si aceptan o no estas reformas.

La contrapartida catalana, implícita en la aceptación por los catalanes mediante referéndum de la propuesta del Gobierno de España, sería el reconocimiento sin reservas ni excepciones del marco constitucional español (renuncia a la independencia y a la relación bilateral o confederal).

Dada la urgencia del empeño, quedaría fuera de esta transacción la imprescindible reforma del Se­nado para convertirlo en una cámara territorial que complete el desarrollo federal del Estado autonómico, dado que exige una reforma constitucional compleja y larga en el tiempo.

Doy por descontado que tanto los españoles a machamartillo como los catalanes del morro fort abominarán de esta propuesta en términos de alto voltaje. Pero a ambos les respondería lo mismo: que piensen en las cosas y que recuerden que, en política, lo que no son efectos es literatura y, normalmente, mala literatura. Por lo que, si se consiguiese un reparto de poder –de competencias– que asegurase a Catalunya su autogobierno y garantizase a España su condición de Estado federal, se daría solución política a un problema enquistado y se liberarían unas energías y capacidades que estaban neutralizadas.

Desconcert, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 7.09.2017

Desconcert

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 7.09.2017

El primer assalt ha demostrat una cosa que s’intuïa, però que el bloc inde­pendentista ha negat sempre: que el ­procés és més fill de la improvisació que del càlcul, més voluntarista que de rumb clar, més ardit que planificat. L’excu­sa que l’adversari ha sembrat el terreny de trampes de caçador o de filibuster només val per a consum propi, per al consol intern. Els fets són els fets i, a l’hora de la veritat, ­sobre el ring parlamentari, en un dels dies més esperats de la legislatura i amb una expectativa mediàtica colossal, l’opo­sició, armada amb una simple bateria d’arguments jurídics i normatius, va posar ahir diverses vegades contra les ­cordes la presidenta Carme Forcadell i va desconsolar la voluntariosa Marta ­Rovira, que exhibia una impotència tan entranyable com significativa.

El primer assalt ha deixat tacat el bell eslògan del “volem votar”. Com tothom sap, aquest eslògan, veritable ànima del procés, sacralitza la democràcia. Els partidaris de la independència han avisat dia sí dia també que el món exterior no entendria que votar fos delicte; han proclamat als quatre vents que el plet català va sobretot de democràcia. Doncs bé, els grups que s’oposen al referèndum van tenir ahir la intel·ligència d’atacar principalment per aquest flanc: el de la qualitat democràtica de la majoria independentista. Van apel·lar a la representativitat dels parlamentaris, al compliment de les normes que el mateix Parlament català s’atorga i a la llibertat d’expressió de la minoria parlamentària. L’oposició va aprofitar cada revolt de la magna sessió parlamentària per qüestionar la qualitat democràtica de la iniciativa rupturista del Parlament.

Ho van fer coordinadament, però amb matisos: la forma discreta, jurídicament precisa del jove Pedret; la barreja de queixa, lament i reconvenció de Coscubiela; el verb displicent de Carrizosa o la implacable lògica jurídica de Fernández, el parlamentari més segur. Certament, tots ells, com lamentava Rovira en un dels seus moments d’impotència, jugaven amb avantatge: el Govern espanyol, la Fiscalia i els tribunals han estat preparant el terreny per deixar l’independentisme sense vot i, potser aviat, sense líders. Però aquesta mena de laments, en aquesta fase del procés, ja només tenen funció autojustificatòria. Els fets són com són: en el primer assalt, la majoria independentista ha quedat tocada per la resposta de l’oposició i ha vacil·lat pel seu flanc més estimat: el de la legitimitat democràtica.

El primer assalt ha demostrat que el procés té molts punts cecs i zones d’ombra, que poden causar, abans no arribi el desenllaç, més problemes dels que anuncia el full de ruta del referèndum.

Elogio de la tercera vía, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 2.09.17

Elogio de la tercera vía

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 2.09.17

Pocos textos expresan mejor la actitud de los partidarios de la tercera vía que éste de Manuel Chaves Nogales, extraído de su libro A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, en el que justifica su decisión de exiliarse mediada la Guerra Civil: “Entre ser una especie de abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguís de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo”. La tercera vía no es equidistancia calculadora y mojigata, sino rechazo explícito de los extremismos viscerales y propuesta clara de una alternativa racional. La tercera vía es, en suma, la expresión política del pensamiento moderado.

La moderación es aquella predisposición del ánimo que nos hace adaptar nuestras ­ideas a la realidad en lugar de forzar la realidad para acomodarla a nuestras ideas. Se fundamenta, por consiguiente, tanto en el realismo como en la ausencia de dogmas profesados como verdades apriorísticas y absolutas. Realismo para observar las cosas, los hechos y las gentes sin ideas preconcebidas. Y ausencia de dogmas como sinónimo de una laicidad que va más allá del hecho religioso y es concebida –en palabras de Claudio Magris– como uno de los baluartes de la tolerancia. La importancia de la moderación es evidente: las grandes etapas constructivas en la historia de los pueblos son casi siempre obra de los moderados. Tolerancia recíproca, diálogo abierto, pacto transaccional y ejecución firme son las herramientas con las que se construye el futuro. Por el contrario, la intolerancia y la cerrazón, el sectarismo y la conversión del adversario en enemigo agravan los problemas. Esta reivindicación de los moderados es imprescindible en España, país marcado por una historia cainita en la que no se sabe qué lamentar más, si la impotencia y barullo provocados por la acción de los exaltados de toda laya o la ausencia de laicos a uno y otro lado del espectro político.

Hoy, aquí y ahora, la moderación pasa por reconocer que la situación en que se encuentran la política catalana y, por tanto, la es­pañola, puede definirse con una sola palabra: “enroque”. Cada una de las dos partes enfrentadas se ha enrocado, frente a la otra, en torno a un principio que estima absoluto y que vertebra toda su acción. Para los independentistas catalanes este principio aglu­tinador es el “principio democrático”, en­tendido de tal forma que la voluntad popular ha de sobreponerse a cualquier imperativo legal, incluidos aquellos derivados del mismo sistema jurídico del que emana la le­gitimidad de las actuales instituciones políticas catalanas. Y para el Gobierno del Estado el principio rector exclusivo es el “principio de legalidad”, en cuya virtud la ley se erige en un dogma intangible de interpretación estricta, frente al que decae cualquier exi­gencia de la voluntad popular que no pase por el tamiz de una ley a la que se atribuye la función de candado. Con olvido, por parte de unos y otros, de que la auténtica democracia sólo cristaliza cuando ambos principios –el democrático y el de legalidad– se conjugan sin quebranto de ninguno de ellos. Por con­siguiente, en esta situación de enroque, de nada sirve un “diálogo informativo”, pues ya está todo dicho recíprocamente. Tampoco vale un “diálogo dialéctico”, pues las res­pectivas posiciones han cristalizado y son poco menos que inamovibles. Tan sólo cabe un “diálogo transaccional”, que venga marcado por recíprocas concesiones sensibles, que duelan y dejen inicialmente insatisfechas a ambas partes, pero que luego den como resultado una base firme sobre la que pueda llegar a asentarse con el tiempo una convivencia en paz y fecunda.

Todo enroque desemboca casi siempre en un “enfrentamiento” –“choque de trenes”– impredecible en su naturaleza y dimensión (siempre puede surgir un imponderable de mayor o menor gravedad en forma de acción violenta o de accidente más o menos buscado) e incierto en su desenlace.

Los independentistas llevarán hasta el final su decisión de celebrar un referéndum sobre la independencia de Catalunya, mientras que el Gobierno central será igualmente firme en su voluntad de impedirlo. ¿Quién terminará imponiendo su postura? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero, en cualquier caso, no parece que haya otra salida posterior a la fecha del referéndum –el 1 de octubre–, suceda lo que suceda aquel día, que la celebración de elecciones.

Y, tras estas, de nada servirá ampararse en la ley, escondiéndose tras ella como si de un burladero se tratase. De nada servirá dejar la resolución del conflicto al arbitrio de jueces y tribunales. Habrá que afrontarlo políticamente, exigiendo a todos –como presupuesto irrenunciable– el cumplimiento de la ley, pero sabiendo que la solución no se halla en la letra de la ley interpretada rígidamente.

Ni sin la ley, ni sólo la ley. La pauta de acción ­debería ser esta: la ley como marco, la política como tarea y la palabra como instrumento. El Gobierno de España tendrá la primera ­palabra.

¡Dejadme solo!, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 15.07.17

¡Dejadme solo!

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 15.07.17

¡Dejadme solo!” es un grito de profunda raigambre taurina. En un momento comprometido de la lidia, cuando el desorden se ha adueñado del coso y el toro campa desquiciado por sus fueros, cuando un sordo murmullo de impaciencia surge creciente de los tendidos, cuando el tiempo parece pesar y la expectación se agosta, entonces se oye a veces la voz imperiosa del diestro que ordena jactancioso a su cuadrilla: “Dejadme solo”. Y es a partir de este momento cuando, después de trastear por bajo al toro, el matador clava los pies en la arena, adelanta parsimonioso la muleta e intenta embeber en ella la embestida siempre incierta de la fiera. Ensaya la faena mil veces soñada.

“¡Dejadme solo!” es un grito de vergüenza torera, de dignidad y de coraje, de entrega y de esperanza, de honradez y buen hacer. Pero sólo es así cuando el torero dispone de los recursos físicos y de la técnica en su arte precisos para enfrentarse con solvencia a un toro. De no ser así, si el torero carece de estos recursos y de esta técnica, su “¡Dejadme solo!” no es más que una mentira y un escarnio, una salida en falso y una ficción, un ademán y un espejismo. En este caso, lo que aguarda al torero una vez agotado su vano y ­fraudulento intento es la chirigota, la rechifla y la burla sangrienta primero, y el olvido misericordioso después, cuando el tiempo que todo lo tapa haya cubierto inexorable su des­vergüenza.

Esto que sucede en el mundo de los toros no es más que una manifestación concreta de un fenómeno general que se da en todos los órdenes de la vida, cuando un dirigente –de la naturaleza que sea– asume el protagonismo y la responsabilidad absoluta de una situación compleja, y adopta decisiones que –a diferencia de las que toma el torero– trascienden de la peripecia personal del protagonista y afectan a la vida, al destino y al patrimonio de terceros. Y es precisamente por esta razón –porque la decisión del líder afecta a terceros– por lo que el “¡Dejadme solo!” ha de fundarse, en este caso, en muy sólidas razones que sólo pueden ser discernidas y ponderadas desde la perspectiva que brindan una cabeza despejada, unos conocimientos y una experiencia suficientes, un talante equilibrado, una explícita voluntad de servicio, un desprendimiento del propio interés y una preocupación sincera por el bienestar general. De no fundarse en estos presupuestos, el “¡Dejadme solo!” del dirigente es una superchería incalificable que, en el fondo, sólo pretende ensalzar el ego del protagonista a quien le importan una higa las consecuencias que su arrebato puede comportar para con sus conciudadanos. En este caso, no hay en su decisión grandeza, sino cálculo; no hay generosidad, sino egoísmo; no hay entrega, sino soberbia; no hay un proyecto colectivo, sino una apuesta personal. No se trata de que haga prevalecer la ética de la convicción por encima de la ética de la responsabilidad, sino de que proyecta el interés personal por encima del general.

Es cierto que todo “¡Dejadme solo!” implica, al menos potencialmente, una cierta voluntad de inmolación personal en aras de un proyecto de largo alcance. Pero la oferta de este sacrificio personal no tiene en todo caso un efecto sanatorio automático del proyecto. Así por ejemplo, en política, esta autoinmolación sólo estará justificada cuando persiga una finalidad proclamada y asumida como positiva por una amplia mayoría de los ciudadanos afectados por ella; pero merecerá ser repudiada cuando, lejos de perseguir un objetivo de este tipo, se limite a reafirmar e imponer un posicionamiento personal, pensando más en la fijación de la propia figura en la historia que en los intereses reales de los ciudadanos.

Hay que desconfiar, por tanto, de los liderazgos mesiánicos, tanto si se autojustifican apelando a su misión ante Dios y ante la historia, como si lo hacen invocando los sacrosantos designios del pueblo de cuyas esencias se consideran depositarios en un momento histórico crucial. Es por ello imprescindible identificar estos liderazgos mesiánicos. ¿Cómo hacerlo? Basta con contemplar su proceder. Cuando un líder dice con palabras o con gestos “¡Dejadme solo!”, hay que evaluar con tiento si adopta de forma sostenida una postura radical y sin matices; si descalifica de manera continuada al adversario, convirtiéndolo en un enemigo que batir; si utiliza habitualmente la exageración y el escarnio; si sus ofertas de diálogo son sinceras o, partiendo de unos presupuestos maximalistas inaceptables por la otra parte, pretende sólo buscar un pretexto para el enfrentamiento; si prescinde de la legalidad en aras de una pretendida democracia; si fuerza las ins­tituciones reconocidas mayoritariamente como cauces para la formación y expresión de la voluntad democrática, a la búsqueda de una difusa voluntad popular ­captada por una cohorte de fieles iniciados; si no muestra, en fin, un explícito espíritu de concordia. Si se dan en un líder algunos de estos rasgos, hay que procurar no dejarlo solo. Es un peligro grave e in­mediato que debe conjurarse. Va en ello la paz civil.