Más costes que beneficios, Antoni Zabalza

Más costes que beneficios
ANTONI ZABALZA
LA VANGUARDIA, 25.10.12

Argumentar que no es aconsejable optar por una Catalunya independiente es una tarea en la que el sentimiento juega tanto como la razón. Por tanto, puestos a persuadir, vale la pena aclarar de entrada los términos de referencia de este artículo y las expectativas del mismo. Optar por la independencia, como todos los proyectos, tiene costes y beneficios, y su importancia relativa es lo que acaba determinando la opinión de la gente.

No aspiro a convencer al 22,7% de ciudadanos de Catalunya que sólo se siente catalán. Para ellos, probablemente, no hay coste que valga la satisfacción de ser independiente. Pero para una parte significativa del 30,2% que se siente más catalán que español, un coste significativo podría ser decisivo para rechazar esta opción y apostar por un estado federal o por la mejora del actual sistema autonómico.

Una Catalunya independiente es evidentemente viable, como hoy lo es la Catalunya que forma parte del Estado español. La cuestión es si vale la pena incurrir en los costes de transición asociados a la consecución del nuevo estado. El coste de transición que más me preocupa es el endeudamiento público con que nacería la nueva Catalunya.

La deuda actual de la comunidad (segundo trimestre del 2012) asciende a 43.954 millones de euros, a los que habría que añadir el 18,7% (la participación del PIB catalán en el PIB español) de la deuda de la Administración Central, que previsiblemente le sería traspasada. Si Catalunya se independizara hoy, tendría una deuda pública de 159.470 millones de euros, un 79,8% de su PIB. Para un nuevo país, sin reputación financiera consolidada, y en un clima financiero como el actual, este sería un impedimento enorme, por no decir definitivo.

Y ésta es la interpretación optimista del futuro, porque desgraciadamente Catalunya tiene ya una reputación: Ba3 según Moody’s y BB según Standard & Poor’s. Es decir, la deuda catalana es considerada equivalente a títulos que no gozan de la confianza del inversor (non investment grade).

Es cierto que esta pobrísima calificación es la de un gobierno que hoy no dispone de ingresos suficientes para hacer frente al pago de sus deudas y que el gobierno de una Catalunya independiente accedería a todos los impuestos de sus ciudadanos. Pero también lo es que los mercados financieros y las agencias de calificación otorgarían más peso a la incertidumbre del enorme cambio político experimentado, que a las virtudes de un futuro Estado en pleno funcionamiento.

El problema es grave y, dada la terrible dinámica de una deuda que alcanza estos niveles en un país que no crece, lo será todavía más en los próximos años. Por otra parte, como ya ocurre ahora, una calificación mala para la deuda pública lleva por lo general a una calificación mala para la deuda privada. El sector financiero catalán se resentiría y las empresas catalanas tendrían que pagar más por su deuda durante un periodo de tiempo considerable.

Los costes de transición son enormes. ¿Pueden los beneficios de la independencia quizá compensarlos, o incluso superarlos? Jordi Galí ha esbozado en estas páginas un programa económico para la nueva Catalunya. Un programa fundacional orientado al logro de un crecimiento sostenible máximo, con el que es difícil estar en desacuerdo. Pero quién asegura que un futuro gobierno catalán independiente pudiera llevar a cabo este programa con mayor decisión, capacidad y celeridad que la que están empleando el gobierno central y los gobiernos autonómicos. La independencia, por sí misma, no nos dará nuevos políticos, ni nuevos sindicatos, ni nuevas patronales, ni alterará los intereses corporativos hoy existentes. No eliminará el fraude fiscal ni la corrupción de un día para otro. No nos dotará de un capital humano mejor que el que tenemos. Es verdad que todo puede ser mejorado, pero en ello están tan empeñados los gobiernos de la España actual como lo estaría un gobierno catalán independiente. Por término medio, no hay razón para pensar que éste habría de ser mejor o más eficaz que aquéllos.

Como tampoco la hay para pensar que la independencia nos libraría del déficit fiscal con España. Territorios tan unidos desde un punto de vista cultural como Catalunya y el resto de España no podrían mantener de forma permanente diferencias sustanciales de renta sin generar fuertes tensiones migratorias. Una Catalunya independiente significativamente más próspera que el resto de España, explícita o implícitamente debería seguir afrontando esta cuestión. Explícitamente a través de su contribución a la política regional europea e implícitamente a través de su política de inversiones industriales en el extranjero. La actual igualdad en la provisión de servicios públicos en el territorio español y las transferencias de la política regional europea y española son necesarias y útiles para todos con independencia del déficit fiscal madrileño, balear o catalán que generen.

La secesión comporta más costes que beneficios y la diferencia puede ser considerable. Los costes son enormes y aparecerán de inmediato. Los beneficios, en cambio, son difíciles de identificar y en todo caso lejanos. Es una conclusión acerca de posibles acontecimientos futuros y por tanto basada en suposiciones. No sé si he sido capaz de convencer a nadie, pero al menos espero haber aportado razones y puntos de vista que hagan pensar a la gente, al 30,2% que se siente más catalán que español y al 22,7% que sólo se siente catalán.

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