Lampedusa cabalga de nuevo, Manuel Cruz

Lampedusa cabalga de nuevo
MANUEL CRUZ
LA VANGUARDIA, 12.11.12

Hace ya tiempo que se viene hablando de la figura del votante posmoderno para designar un nuevo modelo de elector alejado de los patrones de conducta tradicionales. Se trataría de un votante que habría abandonado la fidelidad a unos ideales o a un modelo de sociedad (democristiano, liberal, socialdemócrata, comunista…) y se comportaría con las diversas opciones políticas con idéntica actitud con la que se comporta el consumidor ante los diversos productos que se le ofrecen. E igual que hoy nadie consideraría sensato permanecer fiel a una marca de champú o de leche habiendo otras más competitivas en el mercado, así también este nuevo elector variaría el sentido de su voto sin el menor sentimiento de culpa así que fuera cambiando la oferta electoral y hallara otras opciones que se acomodaran mejor a sus cambiantes intereses.

No sabría decir si lo que está ocurriendo en los últimos meses en Catalunya es que algunos de nuestros políticos han decidido adaptarse a esta lábil situación o que, un paso más allá, a lo que en realidad estamos asistiendo es a la aparición del político posmoderno, capaz de variar su mensaje, incluso sustancialmente, en cuanto detecta la menor variación en las actitudes del electorado. La volatilidad casi vertiginosa de los mensajes lanzados por los responsables políticos de este país de un tiempo a esta parte invita a pensar que, en efecto, buena parte de ellos ha decidido lanzarse por el tobogán de intentar satisfacer de manera casi instantánea cualquier nueva reivindicación de sus posibles votantes.

Para que tanta mudanza pueda llevarse a cabo sin apenas costo para los protagonistas se requieren ciertos ajustes. En este capítulo entrarían algunas interesadas deformaciones de la realidad que se vienen repitiendo con machacona insistencia. Por ejemplo, la que adopta la forma de una pregunta que parece entusiasmar a algunos: “¿Dónde están los intelectuales de izquierda españoles?”. La pregunta resulta bien fácil de responder. No han dejado en ningún momento de pronunciarse en diversos medios, dejando claro tanto en sus colaboraciones como en manifiestos colectivos que, aunque respetan cualquier decisión que en su momento pudiera adoptar la ciudadanía catalana, no consideran la independencia como la mejor opción y apuestan por explorar otras vías para mejorar el autogobierno catalán.

Pero se trata, por lo visto, de que la realidad no arruine un buen titular, y siempre es más fácil atribuir a los demás incomprensión que preguntarse uno mismo “¿cómo puede ser que no se esté de acuerdo con nuestra deriva?”. Tal vez quienes han pegado un volantazo tan brusco en estos dos meses deberían plantearse hasta qué punto resultan fáciles de comprender algunas cosas. Por ejemplo, que el político que es presentado como el líder carismático del bloque independentista bajo ningún concepto utilice en sus intervenciones públicas la palabra independencia (por más coreada que haya sido en la manifestación a la que él remite constantemente como el gran respaldo político para su propuesta). Probablemente tampoco sea muy fácil entender que quien ha estado pactando “por responsabilidad” (tópico de argumentario al que recurren todos los partidos cuando hacen lo contrario de lo que prometieron) con el PP, ahora sea el mismo que, horripilado ante la maldad de sus antiguos socios, hable de adentrarse en “territorios desconocidos” o coquetee en sede parlamentaria con la idea de cometer ilegalidades, por mencionar un par de afirmaciones de Artur Mas que no parecen, ciertamente, prodigios de responsabilidad.

La lista podría ser muy larga, pero tal vez baste lo planteado para hacer más inteligibles las reacciones de muchos hacia las propuestas que hoy copan por completo la agenda política catalana. Reacciones que probablemente puedan resumirse en dos: la de los que –sobre todo desde fuera– no alcanzan a ver la viabilidad ni el sentido de la propuesta independentista tal como se está planteando y la de los que –especialmente desde dentro– están convencidos de que lo que está en juego en esta inducida confrontación entre Catalunya y España es otra cosa, bien distinta a la que se manifiesta en las promesas electorales. ¿Cómo creer en la sinceridad democrática de quienes dañan severamente la calidad de nuestra democracia con un uso masivo y sectario de los medios de comunicación públicos catalanes? ¿Cómo olvidar que quienes, recién regresados al poder, nos prometen Ítacas y utopías varias son los mismos que permanecieron confortablemente instalados en despachos oficiales más de veinte años, dando sobradísimas muestras de lo que son y de cómo actúan? No sé qué se responderán ustedes, pero no tiene nada de extraño que para algunos la cosa esté bastante clara: Lampedusa cabalga de nuevo.

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