La decisión, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 22.12.12

La decisión

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 22.12.12

Hace unos días, he recibido la invitación de una prestigiosa institución cultural barcelonesa para participar en un ciclo de conferencias que organiza bajo la rúbrica de “La actualidad a debate”. El tema propuesto es “Independentismo o federalismo”, y el formato del acto, un debate con otro invitado. Hace sólo tres meses, hubiese aceptado con gusto y sin dudarlo. Todo me hubiese impulsado a ello: la importancia del tema, al que he dedicado alguna reflexión; la convicción de que aún se podía hablar y entenderse, e, incluso, el afecto y consideración que tengo por el presidente de la entidad convocante, el hecho de que cuento con algún amigo en su junta directiva y la ventaja de que mi potencial oponente es persona a quien conozco, con fondo y buen estilo. Pero no voy a aceptar. Intento ahora explicarles porqué.

Se lee en el Eclesiastés que “hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol (…), un tiempo para callar y un tiempo para hablar”. Y creo firmemente que se ha consumido sin fruto el tiempo de hablar, y ha llegado inexorable el tiempo de callar, respecto al tema de las relaciones entre Catalunya y España. Ha llegado el tiempo de decidir. Para aceptar esta conclusión hay que partir de una realidad tan obvia como insistentemente negada por los místicos del consenso: la de que no es posible solucionar todos los problemas ni resolver todos los conflictos por medio de un acuerdo o pacto. Existen contenciosos, tanto en la vida personal como en la colectiva, en los que resulta absolutamente imposible alcanzar soluciones de concordia. De ahí que, a través de los siglos, se hayan sucedido innumerables guerras, que son una forma de solución de conflictos basada en la violencia, y –lo que es aún más significativo– se haya institucionalizado una administración de justicia que resuelve los litigios mediante sentencias que ponen fin a unos juicios que no son, en esencia, otra cosa que un acto de violencia ritualizada. Y aquel lector con espíritu sensible que se sobresalte al leer esta asociación entre justicia y violencia –violencia legítima–, que piense en lo que son y cómo se desarrollan los desahucios que han estado hace unos días en el centro de la atención informativa.

Así las cosas, a lo largo de la historia –que es un proceso de progresiva racionalización de la vida colectiva según el principio de que el interés general ha de prevalecer sobre el particular– se ha articulado un sistema democrático –basado en la libertad e igualdad de todos los ciudadanos– según el cual es la voluntad mayoritaria, expresada y conformada mediante el voto individual, la que ha de imponerse para resolver aquellos conflictos que, pese haberse abordado reiteradamente, ha sido imposible resolver mediante un acuerdo transaccional. Este es el decisionismo democrático, último recurso cuando se han agotado los cauces del diálogo y el problema comienza a pudrirse, con el inevitable corolario de una fractura social creciente y un paulatino enfrentamiento banderizo.

Esta y no otra es, a mi juicio, la situación actual en que se halla el contencioso Catalunya-España. Es muy perceptible en Catalunya una extendida ruptura sentimental con España, una notoria ausencia de sentido de pertenencia y una falta casi absoluta de un proyecto compartido. No exagero, antes al contrario, los hechos me superan. El pasado miércoles día 12 se escenificó en el Congreso de los Diputados el principio dela ruptura política de Catalunya con España –con el Estado español–, por boca de la mayoría de los diputados catalanes que intervinieron en el pleno, al anticipar el incumplimiento en Catalunya de una posible futura ley de Educación que aprobase la Cámara, siguiendo las pautas trazadas por el ministro Wert con –todo hay que decirlo– tanta ligera suficiencia como desplante jaquetón. Seguramente lleva razón el periodista madrileño que ha escrito en un diario digital algo que, quizá sea excesivo, pero que me impresionó profundamente: el Gobierno español ya no manda en Catalunya.

Esto es lo que hay: una situación que se está precipitando y que, como no se ataje, no llevará a nada bueno. Y, para atajarla, ya no basta con hablar: hay que actuar y hay que hacerlo democráticamente y con arreglo a la ley –que es la última defensa de todos–, acudiendo a la única fórmula hoy viable: la decisión de los catalanes acerca de si quieren o no seguir formando parte de España. Una fórmula que, si ambas partes la aceptan, es viable en el marco de la Constitución, tal como ha defendido –por ejemplo– el profesor Rubio Llorente con toda la autoridad que le brinda su trayectoria. En el bien entendido de que, admitido el derecho a decidir y antes por supuesto de ejercitarlo, sí sería tiempo entonces de concretar las ventajas e inconvenientes de cada una de las dos opciones, así como la mejor forma de integración de Catalunya en España, en su caso. Pero hasta que no se admita el derecho a decidir, no hay más que hablar. Por eso callo y declino, agradecido, la invitación que se me ha hecho.

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