El portazo al PSC-PSOE, José Antonio Zarzalejos, La Vanguardia, 14.07.13

El portazo al PSC-PSOE

JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS
LA VANGUARDIA, 14.07.13

Es muy difícil profesar fe federalista en un país como el nuestro donde pocos militan en esa creencia política que apenas ensayada acabó en un zarzuelero cantonalismo. Salvo en Catalunya, que alumbró algunas señeras figuras del federalismo que no por su fracaso dejan de merecer un recuerdo encomiable. El intento de transformar el Estado autonómico de 1978 en otro de naturaleza federal no es ya posible por más que fuese deseable. Porque no lo quieren ni los nacionalistas vascos ni los catalanes. Tampoco el jacobinismo conservador; ni siquiera las élites económicas e intelectuales. Otra cosa sería federalizar el sistema autonómico, que, en el fondo y en la forma, es lo que pretenden tanto el PSOE como el PSC en su declaración de Granada del pasado fin de semana. La recepción que el propósito socialista ha tenido en Barcelona y Madrid ha sido, sobre injusta, escasamente inteligente.

Es verdad que Rubalcaba y Navarro estaban haciendo de la necesidad virtud al localizar el hilo de sutura para coser la brecha que debilitaba la vinculación entre los dos partidos, pero ¿cómo desconocer que algunas medidas encajarían perfectamente en las demandas reformadoras del sistema? Hasta el momento nadie se ha preocupado de plantear la ordinalidad como uno de los ejes de la financiación autonómica, y los socialistas lo hacen razonablemente. Tampoco un partido con vocación de poder había planteado seriamente la reforma del Senado, y el PSOE y el PSC lo plantean conforme a una fórmula discutible pero muy funcional. De modo que, al pegar a esas y otras variables reformistas un portazo estruendoso, muchos quedan con el tafanario al aire.

El secesionismo -CiU y ERC- quiere el Estado propio como una “utopía activa”, según expresión feliz de Joaquim Coll, que por serlo serviría en su momento para lograr una suerte de asimetría extrema de Catalunya con el resto de España, fórmula subsidiaria al fracaso del soberanismo que se percibe de manera casi tangible. La derecha gobernante cree que al no verbalizar la cuestión catalana deja de existir y se afana en la tecnocracia de la resolución estandarizada de la crisis. Cada cual a lo suyo, mientras Catalunya y el conjunto de España deambulan por sus particulares caminos de la amargura.

Los nacionalistas y republicanos tienen más delito que la derecha porque al ningunear la propuesta del PSOE y del PSC ofrecen argumentos a la Moncloa y a sus entornos mediáticos, que sustentan una tesis convincente: es inútil cualquier oferta porque el secesionismo es insaciable. Vean si no, dicen, la respuesta de los separatistas a la izquierda española y al PSC. Cierto es que la izquierda ateneísta -desde los años veinte del siglo pasado hasta hoy mismo- ha oscilado respecto de Catalunya entre el amor y el odio. Manuel Azaña constituye la quintaesencia de esa ciclotimia. Su discurso parlamentario en defensa del Estatut de 1932 -frente a la conllevancia orteguiana-muestra una porfía confiada en la modernidad del Principado. Luego, en La velada en Benicarló el que fue presidente de la II República española hace decir en el diálogo escrito en Pedralbes en 1937 palabras muy amargas sobre Catalunya al inventado exministro Garcés, que es respondido por el doctor Lluch: “¿Pero quiénes son los directores de Catalunya? Está por ver. El verdadero pueblo catalán no está con ellos”.

Lo mismo que la declaración de Santillana de hace una década sirvió en mala hora para fraguar la segunda generación de estatutos, entre ellos el catalán, la de Granada debería servir para una reflexión inicial de las líneas de un Estado que requiere fuertes ajustes y remociones, más allá de lo que se plantea como cuestión catalana, que comienza a constituir un problema que pierde razonabilidad a marchas forzadas. Es lógico que la izquierda, el socialismo, resetee la situación. Maragall y Montilla con sus tripartitos y con la banalidad de Zapatero están en la causa de la causa del mal causado según la formulación escolástica y sus continuadores tienen la responsabilidad histórica de reponer los destrozos. Tratan de hacerlo, primero, para no quebrar en dos el socialismo, y para, después, ofrecer una alternativa a ese comportamiento político un punto alocado del secesionismo y al hermetismo matritense de la derecha. Si la federación nacionalista gobernante bajo vigilancia de los republicanos antisistema está dispuesta a desquiciar de nuevo a la izquierda para que incurra en el azañismo decepcionado, lo llevamos claro todos y especialmente CiU, cuyos dirigentes parecen formar un mandarinato endogámico como les ocurrió a predecesores suyos que optaron por el desafuero del que se lamentó amargamente Manuel Azaña.

Advertisements