“Esta España mía…”, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 7.09.13

“Esta España mía…”

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 7.09.13

Si un extraterrestre aterrizase en España en los días que corren, su sorpresa sería grande. Vería un país que disfruta de un notable nivel de vida y de servicios sociales; con una economía que, pese a estar en una honda crisis causante de un paro abrumador, tiene un apreciable tejido empresarial compuesto fundamentalmente por pymes, que siguen creando trabajo y riqueza y que muestran una creciente capacidad exportadora; con un sistema sanitario envidiable; con unos cuadros profesionales jóvenes bien formados y homologables con los de otros países; con infraestructuras muchas veces más que sobradas; y con una población que, más allá del tópico del que gustan los anglosajones, tiene una voluntad de trabajo, un nivel de disciplina y una capacidad de resistencia que explican que soporte casi sin queja a unos dirigentes que –salvando todas las excepciones que salvar– la están defraudando desde hace tiempo en todos los ámbitos y en todos los niveles.

Pero existe otra cara de la moneda, otra realidad que también vería un extraterrestre: un país que, además de la crisis económica, sufre una crisis política gravísima, puesta de manifiesto en la erosión continuada y creciente del Estado como sistema jurídico –hay leyes y sentencias que no se cumplen– y en el desprestigio rampante de todas las instituciones en que el Estado se encarna, comenzando por la Monarquía, pasando por el Tribunal Constitucional y el Supremo, hasta llegar al Parlamento y al Gobierno, sin que escapen de él –rayan a idéntica altura– las instituciones autonómicas de toda laya, distintas en lo accesorio e idénticas en lo esencial.

Ante esta situación, resulta inevitable –y fácil– echar la culpa a la clase política. Así, sería esta –y lo es en buena parte– una tropa subalterna y profesionalizada, sin otro horizonte vital que el enredo permanente, que vive sobre el terreno con sobres o sin sobres, que se integra en unos partidos carentes del mínimo control democrático interno, cuyas cúpulas se renuevan por cooptación y que, al renovarse, empeoran, pues pasan a integrarlas jóvenes salidos de las juventudes del propio partido, que no han visto el mundo más que por el agujero que deja abierto el rastrero interés partidario.

Pero las cosas son más complejas, porque tampoco deja de ser cierto que los pueblos tienen los dirigentes que se merecen, de lo que resulta que alguna responsabilidad nos alcanza a todos los españoles –desde la princesa altiva hasta la que pesca en ruin barca– por la mezcla de Patio de Monipodio y Corte de los Milagros en que hemos convertido nuestra vida colectiva. ¿Por qué ha sido así? ¿Dónde hunde sus raíces el mal? Un mal que Cervantes intuyó y Quevedo denunció, cuando España estaba en el cenit de su apogeo; que Balmes definió como “debilidad del poder”; que, cuando las Cortes de Cádiz, provocó la fractura del país en dos Españas; que no pudieron atajar los dos ensayos republicanos; que engendró dos dictaduras para apuntalar un Estado que se desplomaba; que parece provocar hoy el ocaso de la única Constitución que ha querido ser de todos; y que siempre se ha manifestado en la existencia de un grupo social “asentado” sobre el Estado, al que ha usufructuado en su beneficio exclusivo. ¿Cuál es este mal?

Hace dos milenios, el derecho romano dejó claro que no puede haber un contrato de sociedad si no existe antes una affectio societatis, es decir, algo más que la voluntad de otorgarlo: la convicción, la creencia de que aquella sociedad es buena, de que es útil, de que conviene a sus socios, de que extraerán de ella ventajas. Y lo mismo puede decirse de cualquier modo de comunidad, incluida, por supuesto, una comunidad nacional. No puede existir un Estado fuerte y sólido si antes no existe una nación de ciudadanos con la voluntad implícita de constituirlo porque sienten aquella affectio que, en sociedades que conviven en un territorio delimitado –como puede ser una península– y comparten desde hace siglos una misma historia, se ha de manifestar en una querencia y una conveniencia. Si falla alguno o ambos de estos componentes, no hay nación que valga ni Estado que pueda vertebrarla. Faltará entonces el sentido de pertenencia y será imposible la solidaridad primaria, la que ve en el otro a uno mismo. Este es el mal de España: su invertebración.

En su libro de síntesis Historia de España (1947), Pierre Vilar escribió: “El Océano. El Mediterráneo. La Cordillera Pirenaica. Entre estos límites perfectamente diferenciados, parece como si el medio natural se ofreciera al destino particular de un grupo humano, a la elaboración de una unidad histórica”. Pues bien, parece que no va a ser posible compartir este destino en el futuro. Quienes han usufructuado España desde siempre se habrán salido con la suya: “Antes muerta que de todos”. Y el resto podremos añadir: “Entre todos la matamos y ella sola se murió”. Quizá, pese a todo, la echemos en falta algún día.

Anuncis