Desbordamientos, José Antonio Zarzalejos, La Vanguardia, 15.09.13

Desbordamientos

JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS
LA VANGUARDIA. 15.09.13

Cuando se ha estado entre fogones uno sabe que la técnica más difícil del periodismo escrito es elaborar buenos titulares. Porque deben responder al relato interior y añadirle valor y seducción. El de este diario del pasado jueves (“Via desbordada”) es un titular sugestivo y con hechuras de caleidoscopio porque permite muchas interpretaciones de lo que sucedió en la Diada el día anterior.

La primera, que el éxito desbordó las expectativas de los convocantes; la segunda, que la Via podría haber desbordado también a los dirigentes políticos y partidos que impulsan a la ANC; la tercera, que la expresión independentista pasó por encima de la amortiguación que -de forma titubeante y a veces contradictoria- quiso introducir el president Mas; la cuarta, que el independentismo es hiperactivo y desbordó la pluralidad de la sociedad catalana opacando la visibilidad de los no independentistas y obvió el hecho de que ni Unió, ni PSC, ni PP, ni ICV, ni Ciutadans secundasen la convocaría y, por último, que la Via Catalana dejó en evidencia el despilfarro de los tiempos políticos por Rajoy, una gravísima mácula en su gestión gubernamental que no remedia en modo alguno la publicidad que se dio a los contactos privados que ha mantenido con el president de la Generalitat.

Todas esas interpretaciones son perfectamente compatibles con ese titular que adquiriere su fuerza y significación en el verbo desbordar. Porque, por unas razones o por otras, la situación en Catalunya y en el conjunto de España se ha desbordado. En el caso del Gobierno central no era difícil que así ocurriese: se veía venir que las estrategias taimadas, o, alternativamente, prepotentes, terminan por fallar. El abandono argumental, discursivo, presencial y político del Ejecutivo popular a la cuestión catalana ha cedido el terreno preciso para que la ANC, engrasada por todo tipo de apoyos, haya obtenido el Onze de Setembre del 2013 un éxito rabiosamente expresivo y telegénico, que reconoce y del que se lamenta, ya tarde, García Margallo. Pero los éxitos, aun deseados, pueden resultar indigestos si son demasiado rotundos, es decir, si se desbordan.

El president Mas ha protagonizado dos episodios de contención. El primero, el pasado junio cuando advirtió que descartaba una declaración unilateral de independencia, que la eventual consulta oficiaría a modo de “termómetro” sin efectos jurídicos y que no necesariamente se celebraría en el 2014. Jornadas antes de la Diada de este año, Mas tascó de nuevo el freno: la consulta debería ser acordada -o al menos “tolerada”- con/por el Gobierno central. En caso de que no se lograse esa autorización, agotaría la legislatura para convocar en el 2016 unas elecciones plebiscitarias, que ERC rechaza de plano.

Artur Mas se desenvuelve entre la sensatez de su conseller Santi Vila -que advierte sobre la “adolescencia independentista”-y la radicalidad hiriente e ignorante de su otro conseller, el de Cultura, Ferran Mascarell (la fe más inquisitorial es la del converso) que considera a España nada menos que “una anomalía histórica”. Pero también entre su vicepresidenta Joana Ortega, de Unió, que acudió a la cadena humana, y Duran Lleida que se esfumó. Y por supuesto, entre su socio Junqueras y su interlocutor Rajoy. No es posible evitar que Mas, a día de hoy, se sienta desbordado por mucha serenidad de ánimo que le acompañe. Sus contradicciones son tan patentes que cuesta comprar el argumento de que el president sería, para unos y para otros, el mal menor. Lo podría ser si demuestra que es él y no Carme Forcadell o/y Oriol Junqueras el que pilota el avión que despegó el miércoles con una fuerza que absorbió los dos frenazos que él mismo ha querido imprimir al proceso que puso en marcha con el aborto de la anterior legislatura y el fracaso electoral del 25-N.

En planteamientos de máximos -la independencia y estatalidad catalanas- hay que ir a un periodo constituyente y el Parlament dispone de iniciativa legislativa para solicitarlo. El derecho y la ley no son de plastilina y la democracia la conforman las decisiones y los procedimientos a través de las que se adoptan y que están en la Constitución. En planteamientos que no lo sean, existe un margen para la negociación y un eventual acuerdo sobre aspectos sustanciales de las reclamaciones más transversales en Catalunya. Tendría que producirse una nueva sintonización mediante el regreso de las aguas a su cauce porque cuando en política se desborda un caudal se desatan las fuerzas de la naturaleza colectiva que cobran autonomía asamblearia. Una hipótesis indeseable. Pero conveniente para los que propugnan, aquí y allí, el “cuanto peor, mejor”.

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