La reactivación del Estado, José Antonio Zarzalejos, La Vanguardia, 22.09.13

La reactivación del Estado
JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS
LA VANGUARDIA, 22.09.13

El primer clamor independentista (la Diada del 2012) no llegó a sobresaltar a las estructuras de poder del Estado porque aquella manifestación multitudinaria no pareció homogénea en sus motivaciones y, sobre todo, en sus propósitos. Ha tenido que ser el éxito de la Vía Catalana -inequívocamente secesionista- la que ha sonado como un clarinazo de alerta en Madrid. Los objetivos de la cadena humana organizada por la ANC eran demasiado explícitos como para eludirlos con eufemismos. De ahí que sólo tres días después -el 14 de septiembre- Mariano Rajoy contestase a la carta de Artur Mas tras dos meses de espera, ofreciendo un diálogo “sin fecha de caducidad” aunque persistiendo en su estrategia -que mantiene contra viento y marea- de que si la situación de su Gobierno y del PP es comprometida por el órdago soberanista, más aún lo es para el Govern de Mas. Rajoy, no obstante, quiere un tono medido y conciliador en este debate con CiU.

Para tratar de demostrárselo, el Estado ha comenzado a enseñar sus cartas. Una vez diluida la euforia del éxito de la Vía Catalana, y no por casualidad, el fiscal general del Estado en el acto de apertura del año judicial, el pasado lunes, se arrancó ante el Rey con un discurso inequívoco estableciendo una doble ecuación según la cual el Estado y la monarquía, por una parte, y la Constitución y la Nación, por otra, conforman los pilares de la “indisoluble unidad” de España sancionada en el artículo segundo de la Carta Magna.

Sin solución de continuidad, el Gobierno convencía a los embajadores lituano y letón para que las declaraciones comprensivas con la autodeterminación catalana se imputasen al manido recurso de una mala interpretación de los medios. Y al mismo tiempo, Joaquín Almunia aseguraba en Barcelona que la segregación de Catalunya le dejaría fuera de la Unión Europea, criterio respaldado por la portavoz de la Comisión y reiterado por el también portavoz del Parlamento Europeo, Jaume Duch, quien añadía además que un posible nuevo Estado debería acceder a la condición de miembro de la ONU y que su ingreso en la UE requeriría de la unanimidad de sus estados miembros. El comisario Michel Barnier abundó en el mismo criterio. En este elenco de reacciones habría que incluir la decisión del TC de desestimar la recusación de su presidente, y, por supuesto, los rumores, ciertos, de que el Gobierno prepara un plan de comunicación sobre la cuestión catalana.

En este cuadro de situación, por parte del Govern y de CiU comienzan a abundar los eufemismos. Mientras Pere Navarro el martes en Madrid, al lado de Manuel Chaves, reclamaba a Mas y a los defensores de la independencia la “verdad” sobre su alcance y consecuencias, el manifiesto del derecho a decidir elaborado por Joan Rigol, elude la formulación de conceptos terminantes (independencia, Estado propio) para acudir a recursos dialécticos polivalentes. Se habla del derecho a decidir la “institucionalización de Catalunya”; se apela a tal derecho como consecuencia de constituir Catalunya “una nación” que lograría con su decisión sobre sí misma “la mejora de vida individual y colectiva”. La necesidad de que en el debate de política general el PSC se adhiera a este manifiesto se percibe imperativa.

Si la carta de Rajoy elude las negaciones, la que contesta de Mas se refiere al derecho a decidir pero sin explicitar al presidente del Gobierno el contenido material de la decisión. En otras palabras, si desde la Moncloa se responde con una patada a seguir, desde Sant Jaume nadie podría quejarse de una ambigüedad en la que se ha incurrido por la Generalitat de manera reiterada. De ahí que se esté provocando una demanda de claridad. Precisamente la denominada Clarity Act o Loi de clarificatión canadiense, aprobada en el año 2000, fue el resultado de la confusión que se generó con el referéndum secesionista de Quebec en 1995.

Pues bien: en Catalunya está tomando cuerpo una espiral de simulaciones que dejan traslucir un hecho inequívoco: el independentismo ha contado durante mucho tiempo con el quietismo del Estado. Y si el Estado sale de él, como parece, el debate comenzará a situarse en otros términos intelectual y políticamente mucho más complejos y claros en los que la lógica y entendible emotividad ha de dejar espacio a la racionalización argumental. Porque si para el resto de España la segregación de Catalunya sería una auténtica amputación ¿cómo podría argüirse que la independencia de Catalunya sería para sus ciudadanos el logro de una Arcadia feliz? Sólo hay partido cuando dos equipos compiten. Sirva la metáfora futbolística para subrayar que el Estado despierta y va a reactivar sus recursos.

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