¿Adónde va Europa?, Carles Casajuana, La Vanguardia, 5.10.13

¿Adónde va Europa?

CARLES CASAJUANA
LA VANGUARDIA, 5.10.13

Hay dos versiones. Según la primera, Europa camina hacia la desintegración. La crisis del euro ha abierto la caja de Pandora de los egoísmos nacionales. Hay una factura y es muy difícil ponerse de acuerdo sobre quién debe pagarla, si el Sur o el Norte, si los trabajadores y los pequeños empresarios o los ricos y los bancos. Mientras los estados miembros lo discuten, el objetivo de la unión política se aleja y Europa se desangra. De rescate en rescate, la UE se deslizará por una pendiente que llevará a la ruptura del euro, primero, y luego a la de la Unión. Es cuestión de tiempo.

Segunda versión: Europa saldrá reforzada. Quien piense que la aritmética de la crisis pesará más que la alquimia de la voluntad política no conoce la historia europea. Las crisis económicas siempre han sido un factor federalizante. Lo dijo uno de los padres fundadores, Jean Monnet, y desde entonces se ha comprobado un montón de veces. En Europa siempre se ha jugado fuerte. Ningún gobernante toma medidas difíciles si no está obligado a ello. La proximidad del precipicio disipará las dudas y convencerá a los escépticos. De esta crisis saldrá una verdadera Unión política preparada para el siglo XXI.

A lo largo de los últimos cuatro años, todos hemos oído las dos versiones. Ruptura o unificación, regresión estatal o renovación de la apuesta europea. La montaña rusa de la crisis del euro -la más profunda que la UE ha conocido en su historia- nos ha sometido a momentos de vértigo y a momentos de alivio. Había días que era difícil no creer una versión por la mañana y otra por la tarde.

El motor franco-alemán ya no funciona como antes. Los intereses de los dos países son divergentes. El motor franco-alemán era en realidad un motor político francés y un motor económico alemán. Hoy, Francia ha perdido el peso político con el que compensaba la superioridad económica alemana. Además, ha perdido fe en el proyecto. Ya no cree que Europa llegue a ser nunca una especie de Francia ampliada. Y Alemania es incapaz de asumir el poder que tiene por culpa del recuerdo del uso que hizo de él en el pasado. Es un Estado grande que quiere comportarse como uno pequeño. Y el motor económico alemán funciona, pero sólo para Alemania, no para toda Europa.

Bruselas no es capaz de dirigir la Unión. Alguien debe dar sentido a los sacrificios. Alguien tiene que decir dónde vamos. Pero ni Van Rompuy ni Barroso están a la altura del reto. Reino Unido, pendiente del referéndum, fuera del euro pero plenamente integrado en el mercado único, se siente atrapado en una situación que no le permite ser uno de los líderes pero tampoco desmarcarse plenamente. En los países mediterráneos, los recortes y la falta de perspectivas han generado un sentimiento de injusticia muy vivo. El contrato entre la Unión y sus ciudadanos -cesión de competencias nacionales a cambio de prosperidad y bienestar- se ha roto.

Antes se solía decir que Europa era un gigante económico, un enano político y una pulga militar. Hoy es un problema económico, un desbarajuste político y una camisa de fuerza social. En el terreno militar, no es ni una pulga. Europa no puede mantener el Estado de bienestar que ha sido su signo de identidad más poderoso, el imán de los nuevos miembros y el factor de cohesión número uno. Seguimos siendo muy ricos. Somos el 7% de la población mundial, producimos el 25% de la riqueza y destinamos casi el 30% del PIB a gastos sociales, que son la mitad de los gastos sociales de todo el mundo. Pero la mayoría de los expertos coinciden en que esto no es sostenible.

La UE, uno de los milagros del siglo XX, ¿es ahora el enfermo del siglo XXI o un convaleciente que pronto mostrará que está más fuerte que nunca? La respuesta está a mitad de camino. Ni blanco ni negro: gris, el color dominante en Bruselas. Ahora que las elecciones alemanas han pasado y que parece que Merkel, reelegida, formará gobierno con el SPD, que es más europeísta, tal vez comenzaremos a sacar la cabeza, merced a una política no tan restrictiva. O tal vez volverán las tensiones, provocadas por la eterna crisis italiana o por el tercer rescate griego. Pero ni la Unión se romperá -toquemos madera-, porque todas las alternativas son peores, ni los problemas se solucionarán de la noche a la mañana, porque ningún Estado miembro hará concesiones significativas hasta tener el agua al cuello. Probablemente habrá menos austeridad, pero también baches, y tal vez algún susto. Los partidos populistas y euroescépticos continuarán arañando espacio político y el año próximo, en las elecciones europeas, harán mucho ruido. Creceremos un poco. Lentamente, nos iremos acercando a la unión bancaria, que tendrá un efecto positivo pero no resolverá todos los problemas. No habrá eurobonos, pero si hay que arbitrar una solución opaca para absorber una pequeña parte de la deuda de los países mediterráneos, se hará. Y así iremos tirando.

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