Recuento: las dos vías, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 5.10.13

Recuento: las dos vías

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
LA VANGUARDIA, 5.10.13

Uno. El problema catalán no es tal, sino el problema español de la estructura territorial del Estado, secularmente sin resolver, que rebrota cada vez que España recobra la libertad democrática (Segunda República, transición) y que se agudiza en los momentos de mayor debilidad del Estado (1898, Guerra Civil y en la actualidad).

Dos. Existen, teóricamente, cuatro formas de articular jurídicamente el territorio que hoy abarca el Estado español: A) Como un Estado unitario, uniforme y centralista. B) Como un Estado federal. C) Como una confederación de diversos estados. D) Como diversos estados independientes.

Tres. El Estado unitario, uniforme y centralista no ha llegado a cuajar nunca en España, ni cristalizará jamás. Nunca ha habido unidad de caja (perduran las haciendas forales), ni unidad de derecho civil (que sí han logrado países con más diferencias internas que las nuestras, como Alemania). Además, dos dictaduras (46 años en el siglo XX) son prueba de este fracaso, pues no son manifestación de fortaleza del Estado sino de su debilidad.

Cuatro. El Estado federal es una variedad del Estado unitario, cuya comprensión se facilita con un ejemplo: es como un edificio en régimen de propiedad horizontal, cuyos elementos comunes se rigen por acuerdos de la comunidad de propietarios (el Senado) y sobre cuyos pisos y locales cada uno de los propietarios tiene una disponibilidad plena. El Estado federal excluye, por tanto, la bilateralidad, pero no impide que las competencias de las diversas comunidades puedan ser distintas: más amplias o menos (asimetría).

Cinco. El Estado confederal surge de un tratado entre diversos estados independientes, que ponen en común la gestión de determinados aspectos de su acción de gobierno, sin perder su independencia y de igual a igual (bilateralidad), lo que se manifiesta en la posibilidad permanente de salirse del tratado. Se parece al acuerdo entre los dueños de fincas contiguas que pactan servicios comunes (así, chalets vecinos con vigilancia compartida).

Seis. Como varios estados independientes.

Siete. Desde el 2005 (es decir, desde mi crítica al proyecto de Estatut por ser un intento indirecto de reformar la Constitución tras el bloqueo del PP, introduciendo además la bilateralidad que siempre he rechazado), sostengo que, de estas cuatro posibilidades teóricas, sólo son viables dos: el Estado federal y diversos estados independientes.

Ocho. De la imposibilidad de un Estado unitario, uniforme y centralista, ya he hablado. La confederación -tal vez la fórmula que mejor se adaptaría a la realidad- sería inviable en la práctica, ya que dado el extraordinario efecto mimético que Catalunya ejerce sobre el resto de España, idéntica bilateralidad reivindicarían Aragón, Valencia, Baleares, Andalucía… con el resultado de que el Estado se desintegraría. Quedan sólo, por tanto, el Estado federal y la independencia.

Nueve. Al Gobierno de España no le queda otra salida, dada la fuerza del independentismo catalán, que ofrecer como única alternativa posible una reforma constitucional que desarrolle en sentido federal el Estado autonómico mediante: A) La conversión del Senado en una cámara territorial ratificadora de todas las leyes y de todos los nombramientos. B) La clarificación, fijación y blindaje de las respectivas competencias. C) El establecimiento de un sistema de financiación que impida el agravio comparativo, sin mengua de la solidaridad interterritorial. D) La autorización a los presidentes autonómicos para que convoquen referéndums consultivos en sus comunidades.

Diez. Consensuada esta reforma constitucional por los partidos, sería el momento de consultar a los ciudadanos de Catalunya si optan por un Estado federal en los términos acordados o por la independencia, previo un debate comparativo y sin reservas sobre las consecuencias de ambas opciones. La consulta, por tanto, debería ser binaria: Estado federal o independencia. Su resultado está por ver.

Once. Sé que lo expuesto es un dislate para buena parte de los españoles. A ellos les respondería, si pudiera, que la consulta es -aunque parezca paradójico- la única forma de preservar la unión; que han de admitir la gravedad del problema; que ha pasado el tiempo de las buenas palabras y de la cosmética y ha llegado el momento de decidir; que España está abocada, si no se obra con urgencia, a la más grave quiebra de los últimos setenta años; y que, si el problema catalán hace crisis -cualquiera que sea su desenlace-, el desplome de la moral colectiva que se produjo en 1898 será nada comparado con el que se generará entonces. De ahí la responsabilidad histórica que recae sobre el Gobierno de España y su presidente.

Doce. Escribo desde el punto de vista del interés general de España (que para mí incluye el de Catalunya) y -lo confieso- con escasa esperanza de que se actúe a tiempo. Por ello temo que, al final de un penoso proceso, llegará la independencia de Catalunya o -lo que es más posible- un tiempo de impotencia, frustración y gravísima fractura.

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