Un europeísta de memoria prodigiosa y lealtad inquebrantable, Javier Godó, La Vanguardia, 13.10.13

Un europeísta de memoria prodigiosa y lealtad inquebrantable

En memoria de Jaime Arias
JAVIER GODÓ
LA VANGUARDIA, 13.10.13

Cuando entré a trabajar en La Vanguardia, una de las iniciativas que impulsé alentado por mi padre fue la editorial Euros, que cuanto menos tiene el mérito de haber publicado la edición española de Todos los hombres del presidente, el libro donde Bob Woodward y Carl Bernstein relataban las vicisitudes del caso Watergate, que acabó con la presidencia de Richard Nixon. Era el año 1974 y recuerdo que Jaime Arias me felicitó por haber conseguido los derechos de la obra, al tiempo que me decía: “El buen periodismo necesita de la libertad como materia prima”. Ciertamente, el periodismo de aquellos días estaba condicionado por un régimen que agonizaba y Jaime y yo éramos conscientes de que el país cambiaría en poco tiempo, pero también lo iban a hacer los periódicos. Le comenté que confiaba en él plenamente para que nos ayudara a mi padre y a mí a dar ese salto adelante en calidad y en libertad cuando llegara ese momento.

Cuarenta años después de aquel día debo afirmar que Jaime Arias no solo se ha comportado como un excelente periodista, sino como un extraordinario amigo. En este largo periodo ha cambiado radicalmente la manera de hacer los diarios, tanto desde el punto de vista técnico como desde la propia gestión de las noticias. Y en todo ese tiempo no me ha faltado nunca el consejo de Jaime, como subdirector durante muchos años, como consejero editorial más recientemente. Era un profesional con una gran autoridad moral en la redacción de esta casa, labrada sobre una carrera periodística sin tacha. Demócrata a carta cabal, liberal de corazón socialdemócrata y europeísta convencido, todavía el pasado miércoles, cuando fui a verle acompañado de Luis Foix, me recordó que la fórmula magistral de La Vanguardia era el haber transitado siempre por el carril central, pregonando el diálogo, el acuerdo, la moderación para resolver los conflictos.

Jaime era un hombre de una memoria prodigiosa que se inició en el periodismo al acabar la Guerra Civil, con apenas dieciocho años. Durante más de setenta años su intuición periodística y análisis ponderado han estado presentes en las páginas de destacadas cabeceras no solo de nuestro país. Pero desde 1970 su firma ha ilustrado la opinión de este diario, enriqueciéndolo con su discurso sabio y con su amplio bagaje intelectual, resultado de haber tratado a buena parte de los protagonistas del siglo XX. Era emocionante leer sus columnas hablando de Europa, apoyándose en conversaciones que había tenido al cabo de los años con Salvador de Madariaga, Jean Monnet o Javier Solana. A veces pienso que resultaba como un libro abierto en el que debería reconocerse esta UE que no acaba de encontrar su identidad, seguramente porque ha perdido la esencia de su espíritu fundacional.

El mérito de Jaime a la hora de ejercer su profesión ha sido enorme, a pesar de no haber podido trabajar durante más de la mitad de su vida sin esa materia prima, como él la calificaba, que es la libertad. Él, como otras firmas de esta casa, supo hacer un periodismo digno en los años difíciles, contándonos entre líneas lo que no siempre podían conseguirlo sus titulares. Pienso igualmente en Carlos y Santiago Nadal, en Augusto Assía, en José Casán, en Horacio Sáenz Guerrero, en Carlos Sentís y en tantos otros profesionales que nos han dejado, pero que supieron engrandecer este oficio. Para todos ellos, mi admiración y mi agradecimiento.

Poco antes del verano vino a visitarnos el periodista Carl Bernstein, que había adquirido una casa en Menorca y que, aprovechando que se encontraba en Barcelona, quería conocer un diario centenario como La Vanguardia. Le recordé que, antes de ser el editor del diario, había decidido publicar el libro del caso Watergate; después me contaron que había saludado a los periodistas de la redacción, entre los que estaba Jaime. Seguro que le dijo que su noticia de portada sobre Nixon había servido para recordarnos que, de la mismo modo que la fe mueve montañas, la libertad puede cambiar presidentes que faltan a la verdad. Que es lo que habíamos comentado él y yo una tarde de otoño, cuando parecía divisarse la primavera de la democracia.

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