Barcelona prohíbe, Llàtzer Moix, La Vanguardia, 20.10.13

Barcelona prohíbe

LLÀTZER MOIX
LA VANGUARDIA, 20.10.13

Al diestro Juan José Padilla un toro le reventó el globo ocular izquierdo. No hay cornadas amables, pero la de aquella tarde del 2011 en Zaragoza fue tremenda. Padilla, al que unos calificarán de pundonoroso y otros de contumaz, reapareció año y medio después en Olivenza, con un parche de pirata sobre el ojo perdido y hojas de olivo en su traje verde y oro.

Esta vuelta a los ruedos atrajo a la prensa. Daniel Ochoa de Oiza fue uno de los periodistas que la fotografiaron. Y una de sus fotos, en las que aparece Padilla encasquetándose la montera, con el rostro ladeado, la boca torcida, la nariz bulbosa y una expresión severa en el ojo restante, le valió un premio World Press Photo. Hay quien ve en ella un mensaje de superación. Otros, una cara que es un poema, dicho sea con y sin ironía.

Esa foto ha sido vetada por el Ayuntamiento de Barcelona en las banderolas publicitarias de la exposición del World Photo Press que abrirá el CCCB en noviembre. Toda la promoción de la muestra irá ilustrada por ella. Salvo la de las banderolas municipales. Ahí será sustituida por una imagen de Ananda van der Plujim en la que se ve un joven cubriéndose la cara -casualmente, el ojo izquierdo-, como si quisiera protegerse de un golpe. O de la visión del eccehomo Padilla. O de la afición censora que está calando entre la autoridad barcelonesa.

La lista ya es larga. En el 2011 se prohibió una campaña a favor del juez Garzón en los autobuses de Barcelona. Este julio se prohibió, en el mismo transporte público, publicidad de un libro titulado Artur Mas, on són els meus diners?, relativo a episodios poco edificantes de la sanidad pública catalana. En septiembre, Barcelona prohibió rodar secuencias de la serie Isabel en la plaza del Rei. (Y no era el primer rodaje abortado). También en septiembre, se vetó en Ferrocarrils de la Generalitat y en los autobuses una campaña del show circense-cabaretero The hole, montado en el Coliseum. Y, ahora, llega lo de Padilla.

Cada una de estas prohibiciones se apoya en argumentos discutibles. Porque no es de recibo aducir que está excluida “la publicidad de mensajes ideológicos” para cargarse un libro crítico con el poder, cuando los autobuses han llevado publicidad de CiU. O que el Ayuntamiento preste o no un plató ciudadano en función de la fidelidad histórica que atribuye al guión televisivo de turno. O que rechace una buena foto de un torero porque no le gusta. Tanto celo prohibitivo bordea el abuso de poder y ha incurrido ya en la arbitrariedad y el ridículo.

En el prohibir, como en todo, se trata de insistir. A base de práctica, cualquier sectario acaba prohibiendo como el que más. Y con mayor grosería. Así es como, veto a veto, se está formulando un nuevo lema para la ciudad: Barcelona prohíbe. Su virtud es que no es un invento promocional. Su defecto es que violenta la tradición barcelonesa de ciudad abierta y anuncia un futuro con menos libertad.

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