Nacionalpopulismo, Rafael Jorba, La Vanguardia, 26.10.13

Nacionalpopulismo

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 26.10.13

En mi análisis “El espejo roto” (5/X/2013) abordaba el debate abierto en el Gobierno francés por la cacofonía de declaraciones sobre los llamados roms -los cerca de 20.000 gitanos de origen rumano o búlgaro que viven en Francia- y la tercera vía impuesta por el presidente a sus ministros: “Firmeza y humanidad”. François Hollande intentaba terciar entre la línea dura del titular de Interior, el francocatalán Manuel Valls, que consideraba ilusorio pensar que se puede arreglar el problema de las poblaciones roms sólo con la inserción (“tienen modos de vida extremadamente diferentes de los nuestros”), y la ecologista Cécile Duflot, ministra de la Vivienda, que acusó al socialista de utilizar los mismos métodos expeditivos que el expresidente Sarkozy. Ahora, el caso Leonarda -la adolescente de 15 años detenida cuando participaba en una excursión escolar, y expulsada de Francia con su familia- ha acabado de inclinar la balanza a favor de Valls. El informe oficial avala la actuación del ministro del Interior y detecta sólo un “error de discernimiento”: la detención de la menor en el marco de una actividad escolar.

El presidente Hollande, en consecuencia, tomó el pasado sábado una decisión salomónica que no satisfizo a nadie: Leonarda puede regresar a Francia a proseguir sus estudios si así lo desea, pero no su familia… En efecto, el frágil equilibrio entre firmeza y humanidad se ha roto y se ha impuesto la tesis de Valls, arropado por otros pesos pesados del PS francés, como Ségolène Royal, la expareja de Hollande, que argumentan que la inmigración clandestina amenaza a los más débiles y alimenta la extrema derecha de Marine Le Pen. Otros socialistas, como es el caso del presidente de la Asamblea Nacional, Claude Bartolone, invocan los valores de la izquierda y temen que el socialismo esté perdiendo su alma. Puede que la izquierda que encarna Valls haya vendido su alma al diablo, pero lo está haciendo con el beneplácito de la opinión pública.

Desgraciadamente, el dossier del caso particular de Leonarda Dibrani, elevado ahora a categoría, presenta una familia contramodelo, como sintetizaba el lunes Lluís Uría desde París, y refuerza los estereotipos de Valls sobre una parte de la población gitana: su padre engañó a las autoridades sobre la nacionalidad de sus hijos -habían nacido en Italia y no en Kosovo- para tratar de obtener el estatuto de refugiado político, no aceptó las propuestas de empleo que se le hicieron, compró en París un falso certificado de matrimonio, sus hijos tenían una elevada tasa de absentismo escolar… Llovía sobre mojado: el 65% de los franceses -dos tercios de la población- aprobaba la expulsión y sólo el 46% se declaraba consternado por la detención de la menor en una excursión escolar. Estos datos de coyuntura se suman a la alta valoración política que cosechaba ya Valls: es el ministro más valorado por los franceses (61%) y suma apoyos en todo el espectro político (75% de los simpatizantes de izquierdas, 58% de la derecha y 47% del FN).

La izquierda francesa en el poder, falta de alternativas en el terreno económico, ha visto como el debate se trasladaba al campo minado de la seguridad y la inmigración, con el Frente Nacional de Marine Le Pen al acecho. Así, en paralelo a este debate, un sondeo del instituto IFOP para el semanario Le Nouvel Observateur encendía todas las alarmas: si las elecciones europeas de mayo del 2014 se celebrasen ahora, el FN llegaría en primer lugar (24%), dos puntos por delante de la derecha (UMP) y con un PS hundido (19%). Este sorpasso virtual del FN ha envalentonado a la hija de Jean-Marie Le Pen, que ha amenazado con llevar a los tribunales a quienes sigan tachando su formación de ultraderechista… Es evidente que la líder del FN ha cambiado la estética del partido; lo ha hecho en sintonía con una derecha neopopulista europea, de carácter posfascista, que ya no luce insignias ni tirantes y que -con banderas variopintas- se nutre de la crisis. Un colectivo de historiadores describía esta evolución en un artículo en Le Monde: “Las diferencias entre el padre y la hija provienen sobre todo de la forma como ella ha inscrito su nacionalpopulismo en la mutación neopopulista que han conocido las extremas derechas europeas desde hace una decena de años” (“El FN, un nacionalpopulismo”, 5/X/2013).

Esta derecha neopopulista, en la era de la globalización, mantiene una misma concepción de fondo: el rechazo de todo universalismo en favor de la autofilia (la valoración del nosotros) y de la alterofobia (el miedo al otro). Y, de la mano de un supuesto discurso social, pone en el mismo saco las desigualdades (de clase social) y las diferencias (de nación, etnia, lengua, cultura…). Este círculo virtuoso se cierra con un imaginario que cultiva la utopía de una “sociedad cerrada”, denuncia el orden geopolítico actual y receta antieuropeísmo y preferencia nacional. “El neopopulismo en Europa constituye un híbrido, a medio camino entre la oposición global al sistema y la participación en este, que se hace posible por sus éxitos electorales consecuentes”, resumen.

En todo caso, la tormenta perfecta de la crisis económica ha sumido a la izquierda y la derecha clásicas, sobre todo en la Europa del sur, en un mar de dudas. La ciudadanía no llega a saber quién es quién en el mapa electoral. Si los niños tienen dificultad en distinguir su mano derecha de la izquierda, hoy los adultos experimentan la misma sensación en política. El presidente Mitterrand dio en su día una definición irónica de la derecha: “La derecha tiene intereses, poca ideología y las ideas de sus intereses”. Hoy el nacionalpopulismo, aquí y allí, responde a esa definición.

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