La hora de los moderados, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 28.10.13

La hora de los moderados

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 28.10.13

Mientras los medios de Madrid exigían la reunificación de España, mientras el Gobierno central y la alta judicatura imponían la idea de que una España equitativa o igualitaria equivale a una España uniforme, La Vanguardia reflexionaba, sin romper ningún puente ni impostar la voz: “Esto acabará mal”. La campaña contra el Estatut fue muy agresiva, descaradamente visceral (Rajoy en la intimidad lo reconoce, pero nunca ha tenido el coraje de confesarlo en público). Inevitablemente, esas malas vibraciones engordaron los sentimientos de ruptura, hasta entonces minoritarios. En un célebre editorial que compartieron los demás diarios catalanes, La Vanguardia alertaba de que la dignidad de Catalunya quedaría herida si el TC restringía las aspiraciones catalanas incorporadas a un Estatuto que había pasado la criba de las Cortes y contaba con el aval de un referéndum.

La restricción se produjo; y la herida, también. El clima político resultante es un duelo tremendista. La España eterna añade sal a la herida: la derecha extrema española insiste, influyente: “Ha llegado el momento de domesticar Catalunya”. Y desde la Catalunya abstracta se afirma que la herida sólo puede curarse cambiando para siempre de hospital: romper con España. Parece que la confrontación no admita más colores o matices, pero lo cierto es que estas dos visiones antagónicas incomodan a muchos catalanes (y a un incierto aunque creciente número de españoles). Muchos se sienten huérfanos. Y no son pocos los que perciben los males que el choque está causando: en sus negocios, en sus relaciones personales, en las divisiones que cristalizan en el interior de Catalunya.

Poniéndose en medio de estos antagonismos, ayer La Vanguardia, que es un diario liberal y con escasa tendencia al sermón y a la proclama, publicaba otro editorial con aire de manifiesto. Un manifiesto más sugestivo que dirigista. Constata que estamos en tiempos de tensión y, para rebajarla, propone la medicina de la moderación. Moderación no para aguar el vino de las reivindicaciones catalanas, sino para reconducirlas hacia un itinerario de diálogo. Moderación, no para que la Catalunya real adopte un papel sumiso en espera de concesiones graciosas, sino para poder recordar propositivamente a España que (debido a la crisis y al paso de las generaciones) está obligada a reformarlo todo: leyes e instituciones. Moderación para favorecer la emergencia de una tercera vía, que no es la de tal partido o de tal político, sino la vía de una mayoría potencial: la de los catalanes reformistas. Catalanes que no quieren huir del fuego para caer en las brasas, que no quieren elegir entre sumisión o ruptura, que no quieren participar de un rupturismo legal que Europa no aceptaría. Catalanes que no quieren continuar dilapidando la unidad interna (la mejor herencia del catalanismo) y que no quieren despertarse en un callejón sin salida, en el que los sueños rupturistas de hoy se consuman entre el resentimiento y la melancolía.

La moderación que La Vanguardia propone no es la de los que “no son ni carne ni pescado”, sino la de aquellos que tienen el atrevimiento de intermediar en una pelea, intentando poner paz, proponiendo el razonamiento, invitando al reconocimiento mutuo. La moderación que se nos propone no es la del cobarde que teme comprometerse, sino la del reflexivo que, en un escenario dominado por el antagonismo, recuerda, evocando al Theodor Adorno de los Minima moralia: “La libertad no radica en el hecho de escoger entre blanco y negro, sino en la reconsideración de la elección prescrita”. La moderación que se nos propone no esconde intereses “inconfesables”. Intereses, y muy respetables, los tienen todos los actores en juego. Todos. La moderación recuerda que los intereses comunes de los catalanes se defienden con la suma más grande, no con la fracción más enardecida.

La apelación al diálogo puede parecer ingenua cuando la otra parte -el Gobierno y la opinión pública españoles- no la acepta, pero la radicalidad con que, desde Catalunya, se da por perdido el diálogo nos impide constatar que, en estos últimos dos años, se han producido movimientos y reflexiones bastante sinceras en España en torno a la necesidad de reencajar la singularidad catalana. Estas reflexiones y movimientos tienen bastante más consistencia que la gélida mirada que Europa proyecta sobre la Catalunya irredentista.

Catalunya encabeza la respuesta a la primera crisis de edad de la democracia española; y lidera la salida de la depresión: turismo y exportaciones. El moderantismo catalán debe hacer valer, con inteligencia y vigor, estos dos ases. No tiene el camino fácil. Será necesario un gran coraje y mucha capacidad de resistencia. La tercera vía puede encauzar las energías de protesta catalana hacia un objetivo factible, satisfactorio, negociado. Para conseguirlo, será necesario volver a recordar que Catalunya sólo gana cuando suma, nunca cuando resta. Y también: siempre que Catalunya ha alcanzado acuerdos con España, ha salido mejor parada que cuando se ha enfrentado a ella a pecho descubierto. “La revolución -sostenía Trotski- es la inspiración frenética de la historia”. La reforma -añade un moderado- es la inspiración reflexiva y paciente de la historia: no rompe platos, pero procura resolver pleitos.

Cuando todo invita a situarse en los límites, aquel que propone encontrar una vía serena, fundamentada en la proposición y la voluntad de diálogo, se arriesga a ser objeto de sátiras e interpretaciones malévolas. Es así: en tiempos de antagonismos, si uno quiere ser moderado, tiene que ser valiente. Y bajar a la arena.

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