2014: España y Catalunya, editorial de La Vanguardia, 3.01.14

2014: España y Catalunya

EDITORIAL
LA VANGUARDIA, 3.01.14

El año empieza con una modesta pero razonable expectativa de mejora económica y con brumas en el horizonte político. La mejora va en camino de producirse, con una lenta repercusión en la vida cotidiana de las personas más afectadas por la crisis. El futuro del euro no está hoy en discusión. La presión especulativa sobre la deuda ha bajado considerablemente. La prima de riesgo española se situaba ayer casi por debajo de los doscientos puntos, ¡una excelente noticia! La devaluación interna ha rebajado salarios y precios (empresas, servicios y bienes inmuebles), con la consiguiente atracción de capital extranjero. El turismo va bien (muy especialmente bien en Barcelona). Las exportaciones se han convertido en parte fundamental de la recuperación (de nuevo, Catalunya en cabeza) y los inversores internacionales vuelven a prestar atención a España como consecuencia de la citada rebaja de costes. Más que brotes verdes, hay indicios racionales de una lenta recuperación en un contexto todavía muy difícil. Cuidado con los fáciles optimismos.

Los recortes y sacrificios comienzan a surtir efecto, y algunos factores externos son de ayuda: el incierto devenir de las primaveras árabes ha desviado turismo de la orilla sur del Mediterráneo a la orilla norte, y la mayor resistencia social en otros países europeos a la devaluación interna (como Francia e Italia) ofrece márgenes de maniobra a las empresas españolas con capacidad de exportación, pese a la escasez de crédito y el drama de los costes de la energía, consecuencia directa del endiablado culebrón sobre el precio de la electricidad. El país tiende a levantar cabeza en un contexto europeo de mayor estabilidad. Muchos indicadores comienzan a estar en verde, excepto el de la deuda pública. ¿Ahogará el peso de la deuda el rebrote económico? ¿Hay margen para un mayor estímulo de la demanda interna? He ahí dos de los grandes interrogantes del 2014. La reforma fiscal que prepara el Gobierno debería dar una respuesta positiva a la segunda pregunta.

La sociedad española estrena el año 2014 con percepciones y sentimientos diversos y contrapuestos. Incluso muy contrapuestos. Hay ganas de creer en en el futuro. Hay un amplio deseo, compartido en todos los grupos sociales, de que los augurios de mejora se cumplan. Pero también hay recelo ante cualquier brote desmedido de optimismo oficialista. Hay perplejidad por la dimensión de los daños acumulados a lo largo de estos siete años de vacas flacas y hay una mirada entre crítica y muy desconfiada a los estamentos oficiales, con la significativa excepción de las fuerzas armadas y de las fuerzas de seguridad del Estado, símbolos de orden, disciplina y seguridad (véanse los últimos barómetros del CIS). Hay una gran desafección política, pero no asoman partidos explícitamente antieuropeístas, xenófobos y radicalmente antipolíticos, como en otros países de nuestro entorno.

Mucho malestar, sin experimentos explícitamente populistas. Por ahora. En este aspecto, las elecciones al Parlamento Europeo del próximo mes de mayo serán un importante prueba de estrés para el sistema político español. Atención a esa cita de mayo: asistiremos a las elecciones europeas más importantes desde su instauración en 1979. Los grandes partidos comprobarán cuál es su suelo y las formaciones menores, con gran vocación crítica, estarán obligadas a mostrar el encaje de sus planteamientos con los discursos generales sobre la complejidad europea. Esas elecciones acabarán siendo bastante más relevantes de lo que hoy pueda parecer. Es mucho lo que está en juego. El ciclo electoral recomienza en España.

Ese nuevo ciclo de competición electoral también recomenzará en Catalunya con unas características muy especiales. Los partidos que acaban de alcanzar un pacto sobre la fecha y la pregunta de la consulta soberanista -87 diputados sobre 135- llevarán a cabo los trámites para su realización, primero en el ámbito de la autonomía; después, solicitando la convocatoria al Gobierno central, que ya ha manifestado su parecer contrario. Con toda seguridad, corresponderá al Tribunal Constitucional pronunciarse sobre la cuestión. El presidente de la Generalitat, Artur Mas, ha afirmado en reiteradas ocasiones que no piensa conducir Catalunya a un drama y, por consiguiente, es difícil pensar en una acción contraria al marco jurídico, que colocaría a las instituciones catalanas en una posición de objetiva debilidad ante el Estado español, ante la propia ciudadanía (que de manera claramente mayoritaria no quiere abismos) y ante las instituciones europeas, hoy muy atentas al dossier Catalunya.

Ley y opinión pública, ese es el marco europeo. Esa es la civilidad que, en última instancia, nos ampara, nos protege y nos obliga. Quienes la sepan interpretar y conjugar mejor conseguirán que sus planteamientos prosperen. También el Gobierno español está política y moralmente obligado a no sobreactuar y a hacer oídos sordos a los sectores extremistas que sueñan con estados de emergencia y otros dramas propios de los años treinta. No estamos en los años treinta.

No hay en estos momentos -es cierto- perspectivas de encuentro y de conciliación. El 2014 parece un año abocado al choque y a la épica historicista. Tiempo al tiempo, serenidad, inteligencia y sentido de la realidad. Conviene prestar atención al reciente discurso de Navidad del rey Juan Carlos, en el que el Monarca, que en el 2015 cumplirá 40 años al frente de la jefatura del Estado, sugería una posible reforma de la Constitución, en una España “en la que cabemos todos”. Esbozo. Línea de perspectiva. Creemos que hay margen para el pacto y el entendimiento, pero las situaciones complejas -no afrontadas adecuadamente a su debido tiempo- no se resuelven en dos días. Tiempo, serenidad y contención en el lenguaje. En este sentido, es de agradecer el tono de los últimos discursos y declaraciones de Artur Mas y Mariano Rajoy. Un uso correcto e inteligente del lenguaje es la primera piedra de todo posible acuerdo. En este ámbito, la responsabilidad de los medios de comunicación es elevada.

Nuestro diario, conforme a su centenaria tradición. hará todo lo posible para que el lenguaje en el espacio público catalán sea constructivo. Perspectivas reales de mejora de la economía, respeto escrupuloso al marco europeo y voluntad de diálogo pese a los desencuentros. Del interior de ese triángulo pueden surgir novedades interesantes en los próximos meses. No hay que dejarse llevar por el dramatismo, ni dejarse seducir por épicas de cartón piedra. Después de siete años aciagos, el 2014 puede ser un tiempo de esperanza para España y para Catalunya.

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