La voladura del socialismo catalán, Carles Castro, La Vanguardia, 26.01.14

La voladura del socialismo catalán

CARLES CASTRO
LA VANGUARDIA, 26.01.14

Todo empezó en 1999… O quizás en el 2003… Qué fácil sería poder explicar la actual agonía del que llegó a ser el mayor partido de Catalunya anotando una simple fecha en el calendario. Sin embargo, el diagnóstico de los males que aquejan al PSC podría extenderse en el tiempo hasta su momento fundacional, cuando combinaba proclamas a favor de la autogestión y la autodeterminación de los pueblos, con una oferta electoral de centroizquierda autonomista dirigida a los trabajadores y las clases medias. De hecho, el amplísimo poder municipal y metropolitano del socialismo catalán, así como su participación en el Gobierno central, revistieron su código genético de un “catalanismo español” que simultaneaba la defensa de la identidad catalana y el autogobierno con el compromiso explícito con España. La emancipación nacional quedaba para la épica de los manifiestos (o para los eslóganes electorales, como el de “Catalunya no se rinde” de 1996).

Esa identidad dual (fiel espejo de aquella sociedad catalana) rindió pingües beneficios electorales mientras las tensiones territoriales entre Catalunya y España se mantuvieron contenidas; una contención a la que contribuyó el control que ejerció el nacionalismo moderado sobre el Gobierno autonómico desde 1980. Sin embargo, ese equilibrio de poderes y sensibilidades -con Felipe González en La Moncloa, Jordi Pujol en el Palau de la Generalitat y Pasqual Maragall al frente del Ayuntamiento de Barcelona- empezó a resquebrajarse cuando el PSOE perdió el poder, Pujol aceleró su declive arrastrado por sus pactos con el PP y Maragall cedió el bastón de mando municipal.

Las elecciones autonómicas de 1999 pudieron abrir una nueva etapa en Catalunya, nacida de un relevo muy convencional y hasta apacible: un peso pesado como Pujol podía ser sustituido por un político tan popular como él, a partir de la explotación sin estridencias de la fatiga de la sociedad catalana tras 20 años de gobierno nacionalista monocolor. Por eso, el espectacular resultado del PSC en aquellas autonómicas sólo se explica por una confluencia en torno a Maragall de votantes de todos los colores: de centro, izquierda, catalanistas, españolistas… Sin embargo, Pujol salvó la presidencia con los votos del PP y aplazó la alternancia en Catalunya hasta situarla en una coyuntura mucho más compleja.

Por ello, cuando se celebraron los siguientes comicios, la belicosa retórica territorial de José María Aznar había radicalizado de tal modo la situación política catalana que el principal beneficiario del desgaste de CiU fue el independentismo de ERC. El eje entre cambio y continuidad se había visto sustituido por el debate entre catalanismo y españolismo y por un mayor anhelo de autogobierno. Y la preeminencia de ese dilema llevó al PSC a ceder ya entonces más de 150.000 votos y a verse obligado a gobernar con ERC (y con una mayoría nacionalista en el Parlament), cuya hoja de ruta ponía el foco en la ampliación del autogobierno, ofuscando las otras ofertas de Maragall.

La turbulenta gestación del nuevo Estatut y el énfasis en los temas identitarios desconcertó a muchos votantes socialistas, divididos en torno a dilemas meramente simbólicos como las selecciones deportivas o la denominación nacional de Catalunya. Y al mismo tiempo, la falta de una pedagogía intensiva por parte del president Maragall, el único líder catalanista capaz de seducir al centro y la izquierda del españolismo catalán, despertó una polarización identitaria en Catalunya que propició la eclosión de fuerzas reactivas como Ciutadans.

Las elecciones municipales del 2007 -y las catalanas del 2006 con el relevo forzoso de Maragall por Montilla- reflejaron un serio deterioro de la marca socialista, víctima además de una creciente esclerosis interna. Ese declive quedó camuflado por los excelentes resultados del PSC en las generales del 2004 y el 2008. Pero esos comicios movilizaban de forma puntual ingredientes muy heterogéneos, unidos por su rechazo al PP. Cuando llegaban las elecciones autonómicas, ese frágil magma de identidades volvía a deshacerse como un azucarillo.

En paralelo, la derecha española promovió una estridente campaña contra el nuevo Estatut y el PSOE avaló el “cepillado” del texto, con lo que España pareció actuar como una camisa de fuerza para Catalunya. Ese cúmulo de decepciones desplazó el centro de gravedad identitario de la clase media catalana y simplificó nocivamente el dilema territorial: independencia o statu quo. Y en ese terreno de juego, el PSC tenía muy poco que aportar. Su tercera vía ya había fracasado. Y la gestión de la crisis minó cualquier atisbo de credibilidad al socialismo, que en pocos años cedió más del 50% de su capital electoral.

El discurso “ni-ni” (ni centralismo ni independencia) de la última campaña del PSC fue el mejor reflejo de su impotencia para atajar una fuga masiva de votos hacia marcas más nítidas: la izquierda federal, hacia ICV; los españolistas, hacia C’s, y los más catalanistas, hacia CiU y ERC. Ahora, su confuso rechazo a una consulta ha enfrentado al PSC con su componente genético catalanista y radical-democrático. La tercera vía sigue existiendo, pero ya no está en sus manos. Y al final, la adopción de una línea similar a la del PSE (pero sin concierto fiscal) ha llevado al interior del socialismo catalán la fisura que ya había escindido a su electorado.

Una eventual ruptura puede acentuar la marginalidad del socialismo en Catalunya (con el sector catalanista agregado a ERC, como en los años 30), al margen de puntuales recuperaciones en las elecciones generales frente al PP. Y seguramente esa ha sido siempre la preferencia del PSOE.

Quizás el socialismo catalán fantasee con renacer sobre las cenizas ajenas: es decir, sobre un posible descalabro del sueño soberanista. Pero la creciente descapitalización orgánica e ideológica del PSC le resta fuerza como alternativa ante una hipotética zona cero de la Via Catalana.

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