Las rupturas de Hollande, Rafael Jorba, La Vanguardia, 1.02.14

Las rupturas de Hollande

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 1.02.14

Doble ruptura: política y personal. El presidente la escenificó en la rueda de prensa del 14 de enero en el Elíseo. La historia del quinquenio de François Hollande ha vivido su hora de la verdad, la caída de las máscaras. Primero en el plano personal, al verse obligado a oficializar su separación de Valérie Trierweiler tras las revelaciones de su idilio con la actriz Julie Gayet, y después en el terreno de la política económica, al plantear un “pacto de responsabilidad” que representa un giro neoliberal, según sus críticos. El presidente normal ha sorprendido por su frialdad y ha dado la impresión de sentirse liberado, de haberse quitado dos pesos de encima… Más allá de la calificación moral de su conducta, en el plano político su trayectoria avala esta forma de proceder. He repasado la biografía de Serge Raffy -François Hollande. Itinéraire secret, Fayard, 2011- para ilustrar la doble ruptura con la que el presidente francés abre el 2014.

Hollande, nacido en el seno de una familia originaria de los Países Bajos, es un hijo de las guerras de religión y ha hecho de la ambigüedad su modus operandi. Su pudor, se pregunta el biógrafo, “¿es el resultado de la herencia de sus ancestros protestantes, venidos a instalarse en el norte de Francia, a mediados del siglo XVI, para escapar de las masacres perpetradas por el ejército español?”. En todo caso, los Hollande, convertidos al catolicismo, hicieron del disimulo un arte. Su hijo mayor, Thomas, lo explicaba así: “Cuando estás en una habitación con él, tienes la impresión de que tiene una decena de puertas a su alrededor. No sabes nunca por dónde saldrá…”. La primera relación de pareja con Ségolène Royal -casi treinta años y cuatro hijos de por medio- se inicia en la Escuela Nacional de Administración, la célebre ENA -promoción Voltaire-, y prosigue hasta las presidenciales del 2007, en las que Royal se midió con Nicolas Sarkozy.

Miss Glaçon, como la apodaban sus compañeros de promoción, y Flamby, como se conocería después a Hollande en el PS francés, guardaban una mala experiencia del matrimonio de sus padres y decidieron no casarse. El sentido del humor de Hollande se remonta a sus años de estudiante: “En el amor y con las chicas, es como en inglés: estoy más bien en la categoría de los mediocres”. La simbiosis afectiva y política de Hollande y Royal se quebró en vísperas de las presidenciales: ella, que tenía que ser la liebre de la competición para dar paso a su pareja, acabó siendo la candidata. Una ruptura rodeada de misterio. “Las relaciones personales de Ségolène y François son el triángulo de las Bermudas. Todo el mundo prefiere evitarlo por miedo a perderse”, explicó Claude Bartolone, actual presidente de la Asamblea Nacional.

Desde esta perspectiva, algunos observadores sitúan el punto de inflexión de la relación entre Hollande y Trierweiler en el tuit que esta envió en la campaña de las legislativas de junio del 2012 a favor de Olivier Farloni, un socialista disidente que competía con Royal. Este tuit fue el principio del fin. También en las formas de la segunda ruptura personal de Hollande están las enseñanzas de Royal: en el 2007 fue ella quien con una nota a France Presse se anticipó a su compañero: “He pedido a François Hollande que deje el domicilio, que viva su historia sentimental por su cuenta, ahora aireada en los libros y diarios”. En esta ocasión ha sido Hollande quien ha utilizado la misma agencia para anunciar: “He puesto fin a la vida en común que compartía con Valérie Trierweiler”. El presidente, en horas bajas en los sondeos, se desprendía de una primera dama poco querida de los franceses (más de la mitad juzga innecesaria esta función).

Despejada la incógnita sentimental, la segunda ruptura tiene mayor calado: un pacto para rebajar en 30.000 millones de euros las cargas laborales de las empresas y en 50.000 millones el gasto público. Sus críticos hablan de “rendición intelectual”, pero otros ven en esa apuesta por el llamado “socialismo de la oferta” un regreso a sus convicciones profundas. En efecto, en un libro que Hollande escribió en 1991 con Pierre Moscovici, su actual ministro de Finanzas, ponía las bases de este giro: la convicción de que el paro sólo bajará si el sector privado tiene los medios para contratar, la necesidad de rebajar el coste del trabajo y la obligación de reducir el gasto público. Este sería el “verdadero Hollande”, el político que en los ochenta se forjó en los clubs Témoin, la plataforma de reflexión de Jacques Delors. De aquella época arrancan sus malas relaciones con Martine Aubry, la hija de Delors, que como ministra de Trabajo impulsó la semana de 35 horas. Aubry abrazaba el socialismo mientras que Hollande, como hijo putativo de Delors, seguía la senda socialdemócrata… Hasta aquí el recorrido político-sentimental de François Hollande, que, a los quince años, en respuesta a la pregunta del padre de un amigo sobre qué quería ser de mayor, dijo: “Seré presidente de la República”.

Con estas dos rupturas ya consumadas, el telón de fondo de las protestas en la calle y la amenaza electoral de Marine Le Pen, Hollande quiere seguir sorprendiendo. Su giro económico ha complacido a la patronal y a los centristas de la derecha (el ex primer ministro Raffarin). Su plan: emular a Mitterrand. El primer presidente socialista de la V República ganó en 1981 con un eslogan de izquierdas -“Cambiar la vida”- y se impuso en 1988 con un giro al centro -“La Francia unida”-. Hollande tiene otro plan.

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