El tercio de Flandes, Francisco Rubio Llorente, La Vanguardia, 21.02.14

El tercio de Flandes

FRANCISCO RUBIO LLORENTE
LA VANGUARDIA, 21.02.14

Perdone el lector que haya caído en la tentación del título llamativo pero necesitado de explicación. No utilizo la palabra tercio como designación de uno de aquellos gloriosos regimientos integrados por españoles, alemanes y valones que tan enconadamente lucharon para sujetar las Provincias Unidas al yugo de los Austrias, y cuyas hazañas inspiraron un excepcional cuadro de Velázquez y una mediocre comedia de Lope de Vega. Los contingentes españoles de esos tercios partían precisamente de Barcelona, cabe suponer que sin demasiado contento, pues aunque de momento iban a Italia, su destino final era Flandes. Final en todos los sentidos: la melancólica frase que describía su periplo era aquella de “Castilla mi natura, Italia mi ventura y Flandes mi sepultura”.

Pero la palabra tercio tiene en castellano muchos otros significados; entre ellos sirve para designar una acción que, queriéndolo o no su autor, favorece o estorba el proyecto de otro. Hacer buen tercio es ayudar y hacerlo malo es naturalmente lo contrario. Y ese es el sentido en el que aquí se utiliza.

Y después de haber perdido en esta aclaración casi setecientos caracteres de los seis mil con los que cuento, vayamos al tema. ¿Les hace buen o mal tercio a los nacionalistas catalanes la decisión de la Nueva Alianza Flamenca (N-VA) de renunciar a la independencia? Para quienes creyeron que la independencia de Catalunya es compatible con su mantenimiento dentro de la Unión Europea, el tercio sería muy malo, casi aniquilador, pero no es probable, ni casi posible, que a estas alturas pueda nadie mantener esa creencia. En contra de lo que muchos pensaban, la integración europea, lejos de favorecer los secesionismos, los dificulta en extremo.

Desde otra perspectiva, la respuesta a la pregunta requiere un análisis más complejo. Con la independencia fuera del horizonte de lo posible, el nacionalismo pierde un medio de presión con el que forzar una reforma constitucional plenamente satisfactoria para sus aspiraciones y, visto así, el tercio es malo. Pero de otro lado, la decisión del Gobierno de Flandes y del partido que lo sostiene parece ofrecer un modelo alternativo al seguido por el nacionalismo escocés. Seguido, según todos los indicios, muy a su pesar, pues fue la exigencia del Gobierno británico de que fuera única la pregunta del referéndum la que lo forzó a dejar de lado la solución alternativa de un incremento de autonomía, la devo max. En este país nuestro, tan poco seguro de sí mismo y siempre pendiente de lo que se hace fuera, es frecuente apelar a modelos extranjeros para reforzar las propias pretensiones. Así visto, el tercio de Flandes parece bueno para el nacionalismo; tanto más cuanto que el proyecto flamenco de reducir Bélgica a poco más que la corona y la capital se presenta como culminación lógica de la idea de Estado plurinacional, tan cara a un sector del nacionalismo catalán tradicional.

Bueno, pero no tanto, porque obliga a poner término a ciertas ambigüedades engañosas y a profundizar en el análisis de las dos situaciones que se pretenden análogas. Lo que Flandes quiere es, en el mejor de los casos, una confederación esencialmente inestable, como todas, y en realidad incluso menos que eso, una especie de concierto para la acción en común dentro de la Unión Europea, una suerte de Benelux dentro del Benelux. Aunque sin llegar a este último extremo, ese parece ser también el objetivo del nacionalismo catalán, aunque en lugar de confederación utilice a veces expresiones más rebuscadas como la de federación plurinacional. Sólo así cobra sentido la elección del término Estado en la primera parte de la doble pregunta del improbable referéndum. Y si lo que el nacionalismo catalán pretende es la confederación, es inútil intentar satisfacerlo ofreciéndole federalismo.

En cierto modo, ese es el fundamento de la amarga reflexión que tan frecuentemente se oye de que es inútil intentar satisfacer al nacionalismo porque es insaciable. Tal vez sea así, pero antes de abandonar toda esperanza parece obligado esforzarse en conseguirlo.

Y tal vez el tercio de Flandes pueda servir de nuevo como punto de partida. El proyecto confederal de la N-VA parte del supuesto de que Bélgica es un Estado plurinacional, o más precisamente binacional, integrado por dos naciones distintas, definidas culturalmente por lenguas diferentes y unidas sólo por su pertenencia a un Estado creado en 1830, para escapar del dominio neerlandés, pero también por el interés británico de no dejar en manos de Holanda y Francia las costas del mar del Norte. La nacionalidad belga es en consecuencia una categoría casi estrictamente jurídica, no una identidad colectiva que forme parte de las de los individuos que la integran.

No parece imaginable que, salvo por absoluta ignorancia o rotunda mala fe, pueda nadie dejar de ver la diferencia radical entre Bélgica y España. Para empezar, por hacerlo sobre una cuestión especialmente sensible, con la lengua. La lengua propia de Catalunya es el catalán, del que seguramente sería bueno que se enseñasen algunos rudimentos en todas las escuelas de España. Pero Catalunya es también bilingüe; no que lo sea ahora, como consecuencia de la inmigración; lo ha sido desde hace siglos.

Hace poco, al buscar datos sobre la figura de san Raimundo de Peñafort encontré que las justas poéticas celebradas en Barcelona en 1607 para celebrar su canonización se celebraron por mitad en catalán y en castellano. Y tal vez no salga del tema si indico que mi interés por conocer esos datos venía de mi curiosidad por averiguar las razones que llevaron al Estado español a dar el nombre de ese santo catalán, Gran Inquisidor de Aragón, a la orden con la que premia a los juristas que, en su opinión, lo merecen. La única que, a mi juicio, lo explica es que la creación de la orden fue acordada en 1944 por iniciativa de un ministro catalán.

Catalunya es una nación, pero una nación integrada desde hace siglos en el seno de otra. Por eso aquí, a diferencia de lo que sucede en Bélgica, la construcción nacional implica también una destrucción; el proceso de nation building de Catalunya entraña un proceso de nation tearing down de España. Para evitar la catástrofe, esta realidad ha de ser aceptada por todos en España, en Catalunya y fuera de ella. Este es el inexcusable punto de partida para el muy difícil camino de encontrar soluciones.

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