La ‘cantonalización’ de Europa, Rafael Jorba, La Vanguardia, 22.02.14

La ‘cantonalización’ de Europa

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 22.02.14

Europa es el escenario de una paradoja sangrante. Mientras crece el desapego hacia el proyecto europeo entre los ciudadanos del Viejo Continente, con el auge de los populismos, desde ambos extremos de la UE muchas personas llaman desesperadamente a su puerta… En el plano político, el sueño europeo ha movilizado a miles de ucranianos en la plaza Maidán de Kíev, epicentro de la pugna entre las almas eslava y europea, que quiere abrazar la identidad europea para escapar del modelo autoritario de nuevo cuño del que es paradigma la Rusia de Putin. Y, en el plano social, la avalancha de inmigrantes subsaharianos, desde Lampedusa hasta las aguas del Estrecho, es el reflejo de una tragedia humana movida por un sueño europeo más elemental: escapar del infierno en el que se han convertido sus países a riesgo de dejar su vida en el empeño.

En ambos casos, así en Kíev como en Ceuta, en el plano de las libertades políticas o del modelo social, el proyecto europeo nacido de la posguerra mundial sigue siendo un modelo de referencia. En Kíev, como ha escrito Daniel Cohn-Bendit, “las manifestaciones de opositores ucranianos muestran que hay una proyección identitaria sobre Europa”. Y, en el caso de la frontera sur de la UE, con un Mediterráneo que en vez de ser un mar de unión se ha convertido en fosa, lo que está en juego es la idea misma de Europa: “Un continente abierto al mundo que se niega a sí mismo si se convierte en una fortaleza” (Bernard-Henri Lévy). De puertas afuera, Europa debe optar entre seguir siendo la patria de los valores universales, que emergieron de la Ilustración, o convertirse en fortaleza, paradigma de un mundo de dos velocidades, según se nazca a un lado u otro de la muralla. Y, de puertas adentro, la UE debe decidir si sigue situando la ciudadanía europea en el centro del proyecto o, por el contrario, escucha los cantos de sirena de los que alientan el ombliguismo de los estados nación. La puesta en entredicho de la libre circulación de ciudadanos de los Veintiocho es el primer peldaño de esta escalada antieuropea y atenta contra el núcleo mismo de la ciudadanía europea: toda persona que tenga la nacionalidad de un Estado miembro posee la ciudadanía de la Unión, que se añade a la anterior sin sustituirla.

La deconstrucción de la Europa de los ciudadanos, es decir, de la argamasa que la cohesiona, es no sólo el objetivo de los nacionalismos neopopulistas, sino que ha sido también la bandera de aquellos políticos que apuestan sólo por una Europa entendida como zona de libre cambio. Es el caso del Reino Unido, liderado por David Cameron, que se propone limitar la libre circulación de trabajadores dentro de la UE, con dos objetivos: fortalecer su frágil liderazgo en el Partido Conservador y frenar el ascenso del xenófobo Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP). El plan de Cameron consiste en renegociar a la baja las condiciones de la integración británica y someterlas a referéndum en el 2017.

En este contexto, el éxito del referéndum del 9 de febrero en Suiza para reintroducir cuotas de emigración para los ciudadanos de la UE tiene valor de test: servirá para evaluar la capacidad de reacción de Bruselas y, de ser esta titubeante, dará alas a los políticos de la propia UE que secundan el proyecto de limitar la libre circulación. El resultado de las elecciones europeas de mayo, en las que el neopopulismo aspira a sumar cerca del 20% de los escaños de la Eurocámara, será determinante… Sólo se contrarrestará el repliegue identitario si la UE tiene el coraje de situar la ciudadanía europea, entendida como identidad cívica compartida, en el eje del proyecto comunitario.

Entre tanto, Suiza -anclada en el corazón de Europa pero fuera de la UE- es el espejo a pequeña escala de los males europeos. En efecto, la victoria de la iniciativa lanzada por la populista Unión Democrática del Centro (UDC), que obtuvo el 50,3% de votos, fue una sanción al poder político y económico: sumó a más de la mitad de los suizos en una consulta en la que estaba sola contra todos -partidos, sindicatos, patronales-, hasta el punto de que los sondeos auguraban una neta victoria del no y sólo en las últimas semanas la tendencia se invirtió. Este partido ya había obtenido dos victorias: los referéndums contra la construcción de minaretes (2009) y en favor de la expulsión de delincuentes extranjeros (2010).

El resultado del último referéndum debe leerse en clave identitaria. El mapa de Suiza aparece cortado en dos mitades: las grandes ciudades y la Suiza francófona, que votaron no, y el campo y la suiza alemánica, que se inclinaron por el sí, a excepción de Zurich, que votó en contra. Paradójicamente, el sí se impuso en los cantones donde hay menos inmigrantes europeos y más parados nacionales, en un país donde la tasa de desempleo es inferior al 4%. Sin embargo, la táctica de presentar al inmigrante como chivo expiatorio y la amalgama entre inmigración y delincuencia dieron sus frutos. Ahora se abre una larga negociación -tres años- de los acuerdos de libre circulación, que entraron en vigor en el 2002, y en la que Bruselas pondrá en el otro platillo de la balanza seis tratados bilaterales que tocan aspectos clave de la economía suiza: transportes, acceso a los mercados públicos, investigación, agricultura… e, incluso, su participación en el espacio Schengen.

Suiza nos alerta del riesgo de la cantonalización de Europa, es decir, un repliegue identitario que provoque una implosión del modelo… Paralelamente, la pugna por alcanzar el sueño europeo se está cobrando un trágico tributo a las puertas de la Unión. La crisis de la opulencia frente al estado de emergencia.

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