Un europeísmo cálido, Rafael Jorba, La Vanguardia, 1.03.14

Un europeísmo cálido

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 1.03.14

Cuando inicié este análisis semanal tomé prestado como epígrafe la idea de George Steiner de que Europa está hecha de cafés. Los cafés como ágora de debate y encuentro: “Mientras haya cafés, la idea de Europa tendrá contenido”. Aquella Europa de los cafés y su geografía, modelada a la medida del hombre, explican nuestros éxitos y tragedias, la cultura y la gastronomía, la arquitectura y la creación literaria… La vieja Europa, al decir de Steiner, siempre se ha podido recorrer a pie, del camino de Santiago de los peregrinos del medievo a los actuales GR. Sin embargo, de igual manera que aquellos cafés se han ido eclipsando y su lugar ha sido ocupado por franquicias de bares de comida rápida y ropa de marca, la idea misma de Europa se ha ido diluyendo por dos fuerzas de signo opuesto: un movimiento centrífugo, alentado por la globalización, y otro centrípeto, auspiciado por los nacionalpopulismos que promueven la cerrazón identitaria y el fortalecimiento de los viejos estados nación. Europa necesita un nuevo relato que complemente aquel “nunca jamás” que entonaron los padres de la construcción europea en referencia a las dos guerras mundiales que, de hecho, fueron dos guerras civiles europeas.

El propio Steiner, en su opúsculo La idea de Europa, recuerda que entre agosto de 1914 y mayo de 1945, de un extremo al otro del Viejo Continente, unos cien millones de personas murieron a causa de la guerra, las deportaciones o las masacres étnicas: “Europa occidental y la Rusia occidental se convirtieron en una casa de muertos, el escenario de una brutalidad sin precedentes, ya fuera de la de Auschwitz o la del Gulag”. La tragedia marcó para siempre la actitud de sus protagonistas y la de de sus hijos, pero hoy las nuevas generaciones necesitan un relato que vaya más allá de aquella imagen en negativo, de aquel retrato en blanco y negro, y que proyecte una idea de Europa que encienda nuevas ilusiones. Un proyecto, anclado en el modelo político y social de referencia, que promueva una identidad cívica europea de carácter posnacional y nos permita afirmar, como ha escrito el liberal flamenco Guy Verhofstadt, que “ser europeo es nuestro nombre, nuestro apellido y nuestra nacionalidad”.

Porque, así en Europa como en sus estados -también en España-, se echa en falta un relato que sea capaz de superar la disyuntiva entre los valores calientes -identitarios y simbólicos-, que agitan a la perfección los nacionalpopulismos, y aquellos valores fríos -derechos y deberes de ciudadanía-, que constituyen el núcleo del proyecto europeo. Mi modesta receta, que desarrollé en La mirada del otro (RBA, 2011), es la apuesta federal, pero no sólo un federalismo entendido como técnica para repartir competencias y concretar el principio de subsidiariedad, sino un proyecto que sirva también de factor de unión y libertad, de igualdad y diversidad, es decir, aquel federalismo cálido que propuso para España el añorado Ernest Lluch. Sé que esta es una idea inacabada, que hay que desarrollar, pero la apunto sólo como pista, como hoja de ruta europea, para definir un impulso federal de la Unión que actúe de bisagra para aunar identidad y alteridad, la salvaguarda de lo local y la promoción de un proyecto común.

Steiner se preguntaba si la idea de Europa no corría el riesgo de quedar arrinconada en el museo de la historia. Su diagnóstico partía de una constatación: “Los odios étnicos, el nacionalismo chovinista y las reivindicaciones regionales han sido la pesadilla de Europa”. Pero, acto seguido, añadía que el genio de Europa está en su diversidad lingüística, cultural y social: “No hay lenguas pequeñas. Cada lengua contiene, expresa y transmite no sólo una carga de memoria singular de aquello ya vivido, sino también una energía evolutiva de su futuro, una potencialidad para mañana… Europa sin duda morirá si no lucha por sus lenguas, sus tradiciones locales y sus autonomías sociales”. He aquí el dilema: “¿Cómo equilibrar las contradictorias reivindicaciones de unificación político-económica y de singularidad creativa? ¿Cómo podemos disociar la preservación de la riqueza de la diferencia de la larga crónica de odios mutuos?”. Steiner reconocía que no tenía una respuesta: “Sólo puedo decir que los que son más sabios que yo han de encontrarla, y que se hace tarde”.

Es evidente que si Steiner, con toda su carga vital y académica, se muestra incapaz de dar una respuesta, significa que las preguntas que plantea son harto complejas. Pero son las cuestiones que deben afrontar las fuerzas políticas de matriz europeísta en las elecciones de mayo. ¿Cómo encontrar un relato europeo con alma que sea capaz de detener el auge del nacionalpopulismo y de renovar el sueño europeo cuando van a cumplirse los 57 años de la firma del tratado de Roma? “Europa está amenazada por la tempestad que pretenden desencadenar los nacionalismos de toda laya, muchos de ellos bajo la cobertura o el disfraz del euroescepticismo”, ha resumido el periodista Mateo Madridejos. Para cerrar el paso a esta amenaza urge renovar el proyecto europeo fundacional -el compromiso histórico de democristianos y socialdemócratas sobre la intangibilidad del Estado de bienestar- y tener el coraje de poner sobre la mesa un europeísmo cálido y fraternal que sirva de banderín de enganche a las nuevas generaciones.

La generación Erasmus, que se ha formado en las universidades europeas, está llamada a liderar ese nuevo comienzo. Es de esperar que no sea demasiado tarde… La ciudadanía, como ha reconocido Martin Schulz, se ha cansado de escuchar aquello de que la UE funciona como una bicicleta: si dejas de pedalear, se cae. Ahora, puede que sus dirigentes pedaleen, pero lo hacen con el piloto automático.

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