Lecciones de Ucrania, Rafael Jorba, La Vanguardia, 8.03.14

Lecciones de Ucrania

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 8.03.14

Vista desde Europa, el dato mayor de la crisis de Ucrania es la entrada en escena, sin máscara, de Vladímir Putin y su lógica de la guerra fría. La práctica toma de Crimea no es más que un movimiento táctico del presidente ruso para evitar que Ucrania escape de su área de influencia y reafirmar la soberanía limitada de Kíev. Imaginar que Putin está dispuesto a negociar el destino de Ucrania es desconocer el pensamiento de este cuadro del KGB que no dudó en calificar el hundimiento de la Unión Soviética como “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Estados Unidos y la Unión Europea, que hasta ahora se habían limitado a templar gaitas frente al “nuevo aliado” ruso, se enfrentan a su mayor desafío desde la caída del muro de Berlín. El pulso que Putin libraba en Ucrania antes de la caída de Víktor Yanukóvich -impedir el acuerdo de asociación con Bruselas y forzar la aceptación de la unión aduanera que proponía el Kremlin- tenía un doble objetivo: frenar, de puertas afuera, el retroceso territorial de Rusia justo en el enclave en el que se funden las almas eslava y europea, y consolidar, de puertas adentro, su deriva autoritaria… El camarada Putin sigue a pies juntillas la senda de sus predecesores soviéticos -de Hungría (1956) a Checoslovaquia (1968)-, como demostró ya en Georgia en el 2008.

En este contexto, ¿cuáles son las lecciones que cabe sacar de la crisis de Ucrania? La primera, y la de mayor calado, es el rearme político de Rusia, que ha encontrado en Putin al dirigente que está dispuesto a sacar pecho y restaurar la lógica de la guerra fría. Atrás queda la tarea iniciada por Mijaíl Gorbachov, el reformador, que se situaba en la senda de los arbitristas que idearon planes para resolver los males endémicos de Rusia, desde Pedro el Grande, fascinado por la europeización, hasta Vladímir Lenin, que en 1921 apostó por la Nueva Política Económica (NEP), que restauraba parcialmente el capitalismo, con la intención de dar un paso atrás para poder dar dos saltos adelante… Los pasos siguientes fueron el estalinismo y la barbarie. En la década de los noventa, tras la caída de Gorbachov, un vacilante Boris Yeltsin -en el sentido político y físico del término- hizo creer a Occidente que Rusia había tirado definitivamente la toalla. Recuerdo una rueda de prensa en el Elíseo, con un Yeltsin que era el hazmerreír de los periodistas por sus salidas de tono, y la advertencia de François Mitterrand, que suena ahora a profecía: “Rusia ha sido, es y seguirá siendo una gran nación, y no podemos humillarla”.

Años antes, en un encuentro a puerta cerrada en la sede de la OTAN, un analista civil me expresó sus temores sobre el futuro político de Rusia: “Barajo dos hipótesis, la pesimista y la optimista. Primera: sacar un icono en procesión y pedir la mediación divina (pesimista). Segunda: esperar que el pueblo ruso lo arregle (optimista)”. Ahora, en medio de esa disyuntiva, emerge el realismo de Putin: quiere aprovechar su tercer mandato para consolidar la Unión Euroasiática, un proyecto en el que Ucrania es pieza clave para contrarrestar el componente asiático. Así lo expresó ya Putin el pasado año en Kíev al conmemorar el 1025.º aniversario de la llegada del cristianismo: “Somos un mismo pueblo, con una pila bautismal común”. Ucrania es la pieza mayor que no quiere sacrificar Putin en este conflicto -la cedió momentáneamente tras la revolución naranja del 2004- y Crimea es sólo el rehén estratégico que ha tomado para mantener el statu quo.

Desde esta óptica, el presidente ruso cuenta a su favor con la reducida capacidad de maniobra de Occidente: sabe que ni EE.UU. ni la UE se embarcarán en una guerra por Ucrania. En el primer caso, Barack Obama está instalado en una suerte de neoaislacionismo, del que dan fe las retiradas de Iraq, ya consumada, y de Afganistán, prevista para este año, en sintonía con las pulsiones de la sociedad norteamericana. En el caso de Europa, ocupada en afianzar el euro y la recuperación económica, sus miembros tampoco gozan de margen de maniobra real para afrontar un conflicto abierto con Rusia. “El cansancio geoestratégico exhibido por EE.UU. tras sus dos guerras en Iraq y Afganistán también afecta a todos los países de la UE, concentrados en su desafección por la política y por la construcción europea y arrastrados por sus populismos a la xenofobia y a las políticas contrarias a la inmigración”, ha resumido Lluís Bassets (El País, 2/III/2014). A todo ello, el caso de Crimea, cedida a Ucrania por Nikita Jruschov en 1954, es un contraejemplo para Europa: la mayoría rusa que controla esta república autónoma lo hace como resultado de la deportación de los tártaros, dictada por Stalin en 1944 (hoy son el 12% de la población). El derecho a decidir en referéndum, como ha aprobado “por unanimidad” su Parlamento, es un instrumento demasiado simple para administrar la complejidad de la península.

Entre tanto, el sueño europeo que ha movido a los ucranianos a acabar con el régimen de Yanukóvich puede tornarse en pesadilla. “La UE -ha escrito Martin Schulz, presidente de la Eurocámara y jefe de filas del PSE en las europeas de mayo- tiene un parecido francamente asombroso con el falso gigante Tur Tur del maravilloso libro de Michael Ende. Ese gigante falso invierte completamente las leyes de la física. A medida que se aleja, no se vuelve más pequeño, sino más grande, hasta parecer, a gran distancia, un gigante enorme. Visto de cerca, en cambio, se aprecia que lleva una chaqueta raída, que es bajito y que su aspecto general apenas infunde miedo”. Putin, que ha visto de cerca el gigante europeo, lo sabe.

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