En el callejón, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 19.03.14

En el callejón

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 19.03.14

Los articulistas de Madrid tienden a identificar a Artur Mas con una máscara. Un presidente que disimula su impotencia gubernamental exagerando las demandas nacionales. En cambio, los articulistas catalanes tienden a describirlo como un hombre entregado a la causa del pueblo catalán, un líder que corre la suerte de la gente. Si unos describen a Mas como un populista de los de antes (tutelado por un Junqueras que mueve los hilos en la sombra), otros lo retratan como líder moral que escucha a su pueblo en vez de plegarse a las exigencias del statu quo. La versión madrileña de Mas como flautista de Hamelin parece tan deformada que nadie en Catalunya la compra, excepto Alicia Sánchez-Camacho, que ha solemnizado políticamente los chistes gráficos que presentan a Mas como loco de atar. Ahora bien, la visión idílica del Mas como servidor de su pueblo, podría ser tan miope como la otra.

Mas convocó anticipadamente las elecciones de noviembre del 2012 para ponerse, sí, al servicio de la gente que había participado en la inmensa manifestación del Onze de septiembre. Pero resultó que él había confundido la parte por el todo; y que su electorado se contrajo muy visiblemente. El hundimiento del PSC sirvió, y sirve aún de pantalla para disimular un hecho incontestable: el electorado convergente no tiene claro que el llamado proceso sea una buena respuesta a la sentencia del Constitucional (2010). Ciertamente, el pacto con ERC y el apoyo distante al proceso de ICV y la CUP permiten levantar muchos castillos en el aire, pero, como se ha visto a la primera oportunidad (elecciones europeas), las sumas teóricas son mucho más fáciles que las sumas reales. La pregunta del momento es: ¿si ahora no ha sido posible una suma, será posible en el momento de la máxima tensión?

Mas recibió una colleja de este pueblo soberanista y, por si fuera poco, este pueblo quizás está ilusionado pero también está muy claramente desunido. Y esto permite retratar al president Mas de manera más objetiva, pero también más preocupante. Queda claro que no es un flautista de Hamelin (entre otras razones, por una obvia: su melodía no tiene suficiente fuerza electoral). También queda claro que no acompaña a un pueblo soberanista unido. ¿Y si resultara que se ha perdido en un callejón sin salida, y ahora depende de la única fuerza verdaderamente organizada del país? ¿A qué fuerza me refiero? A la Assemblea Nacional Catalana (ANC): 22.000 socios, 17.000 colaboradores, 510 asambleas locales, 65 ámbitos sectoriales. Todos voluntarios. No hay en Catalunya ninguna organización con la fuerza y la disponibilidad humana de la ANC. Pura sociedad civil organizada. La coincidencia de la propuesta de la ANC (secesión el 2015) y la aceptación por parte de Mas de la hipótesis de una declaración unilateral de independencia han reforzado la impresión de que el presidente ni es un flautista ni es un acompañante del pueblo, sino un político sin margen de maniobra que no puede sino obedecer el plan fijado por una organización civil muy potente y respetable, pero a la que nadie ha votado.

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