La vía federal según Dion, Rafael Jorba, La Vanguardia, 29.03.14

La vía federal según Dion

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 29.03.14

En mi análisis “Lecciones de Ucrania” (8/III/2014) apuntaba que la práctica toma de Crimea no era más que movimiento táctico de Vladímir Putin para evitar que Ucrania escapase de su área de influencia y reafirmar el principio de soberanía limitada de Kíev. Ahora, tras el precipitado referéndum del 16 de marzo, se constata que la península es sólo el rehén estratégico que ha tomado el presidente ruso para mantener el statu quo en la zona. La Unión Europea minusvaloró la lógica de la guerra fría que mueve a Putin y ha sido víctima del mate del pastor en el tablero ucraniano… Las lecciones de esta crisis son un contraejemplo para España. Se equivocó el Govern de la Generalitat cuando antes de la caída de Yanukóvich, en el documento Estrechar lazos en libertad, quiso pescar en el río revuelto de la plaza Maidán: “A veces, para bien o para mal, algunas sospechosas verdades eternas políticas duran meses. Si, además, el debate se cierra en falso, puede desembocar en una situación como la que vive justamente Ucrania en estos momentos”. Y se equivoca ahora el ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, cuando aprovecha en clave catalana el rechazo internacional al referéndum de Crimea.

La crisis de Ucrania hay que enmarcarla en las secuelas de la caída del bloque soviético, y el caso de Crimea es el paradigma de sus arbitrariedades -fue cedida a Ucrania por Jruschov en 1954- y de sus atrocidades -la mayoría rusa en la península se vio reforzada como resultado de la deportación de los tártaros dictada por Stalin en 1944-. Por tanto, no está de más apuntar, como hizo en su día el president Pujol, que puede que Catalunya sea Lituania, “pero España no es la Unión Soviética”. Es un Estado de derecho, anclado en Europa occidental, en el que la legalidad constitucional y la legitimidad democrática están imbricadas. Haríamos bien en mirarnos en espejos menos deformados para ver cómo han resuelto la ecuación de casar unidad y diversidad.

Desde esta óptica, el liberal Stéphane Dion (Quebec, 1955) dictó recientemente en Barcelona una conferencia sobre la receta federal de Canadá y las reglas fijadas en la ley de Claridad (2000) tras los referéndums fallidos de 1980 y 1995. (La sentencia del TC sobre la declaración de soberanía del Parlament de Catalunya cita como referencia la resolución del Tribunal Supremo de Canadá, de 20 de agosto de 1998, que luego se recogió en la ley de Claridad). Ahí van, a vuela pluma, los apuntes del debate en el que participé: “El federalismo está hecho a medida de las democracias que tienen poblaciones diversas y concentradas territorialmente. Se ajusta a las sociedades multiétnicas o multilingües. En realidad, el federalismo es para algunos países la única forma constitucional de gobierno que les conviene. Este es el caso de Canadá”. Sentado este principio, Dion advirtió: “Pero para que funcione, es preciso que los miembros de cada grupo se sientan también miembros del país en su totalidad y que se muestren solidarios con sus otros conciudadanos. Es preciso invitarlos a que conciban la vida en sociedad de manera distinta que sólo a través de su modelo de nacionalismo”.

Desde esta óptica, explicó que democracia y secesión han sido hasta hoy dos fenómenos antitéticos: “Si examinamos los casos de federaciones que han sufrido un proceso de secesión o de disolución en la época moderna, constatamos que ninguna podía ser considerada como una democracia bien establecida, es decir, que haya vivido como mínimo diez años consecutivos de sufragio libre y universal”. Sin embargo, ello no quiere decir que la secesión sea imposible: “Existen movimientos secesionistas en las democracias bien establecidas y siempre es posible que uno de ellos logre la secesión. Entre las democracias cuya unidad está más amenazada figuran una federación descentralizada (Canadá), dos países anteriormente unitarios que se han transformado en una federación (Bélgica) y una cuasi federación (España), y un país unitario que ha sufrido una regionalización (Reino Unido)”.

Según Dion, para frenar los ascensos secesionistas es preciso que los defensores de la federación atiendan las demandas de las comunidades insatisfechas, pero deben hacerlo sin caer “en una estrategia arriesgada y probablemente ilusoria”, que califica como estrategia del contentamiento: “Puesto que los secesionistas quieren todos los poderes, se les concederá una parte deseando que los menos radicales queden satisfechos. Si no se contentan, quiere decir que no se han transferido todavía suficientes poderes. Por tanto, es preciso agregar otros… No es seguro que este razonamiento funcione. Los secesionistas no quieren poderes por unidades: quieren un país nuevo. Reciben cada concesión como un paso más hacia la independencia. (…) Nos sentimos como en una situación intermedia entre la unidad y la secesión, una especie de separación a medias”.

Su conclusión: “Es fácil adivinar cuál sería la reacción en el mundo si una federación democrática y descentralizada como Canadá se rompiese: se diría que ha muerto por una sobredosis de descentralización, de tolerancia, en definitiva de democracia… La razón por la que me lancé a la política en 1996 es porque quiero oír lo contrario. Quiero que en todo el mundo se repita: ‘Podemos confiar en nuestras minorías, permitirles que se sientan realizadas, porque así reforzarán nuestro país, exactamente como Quebec refuerza a Canadá’. Un federalismo eficaz es algo más que un sistema de gobernanza: se trata de un régimen que vincula el aprendizaje de la negociación con el arte de la resolución de conflictos. La apuesta del federalismo es reconocer que en un país la diversidad no constituye un problema, sino una oportunidad, una fuerza, un activo valioso. Es preciso que la federación canadiense gane esta apuesta… Les dejo a ustedes mismos juzgar el destino que desean para la suya”.

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