La hora de la verdad, Editorial, La Vanguardia, 30.03.14

La hora de la verdad

EDITORIAL
LA VANGUARDIA, 30.03.14

La sentencia del Tribunal Constitucional sobre la declaración soberanista del Parlament debe ser leída con atención. La sentencia, que invita a los poderes públicos al diálogo y la cooperación, llega justo antes de la petición en el Congreso, el 8 de abril, de la competencia para celebrar una consulta en Catalunya.

La primera novedad que no debiera pasar por alto es la unanimidad alcanzada en el Tribunal Constitucional (TC). Esta vez no se han producido las maniobras, filtraciones y trifulcas que lo desprestigiaron durante las deliberaciones del Estatut. Esta vez el Alto Tribunal ha dictado sentencia de forma unánime, protegiendo la discusión interna del filibusterismo y de las agitaciones del circuito mediático. Las diferentes sensibilidades representadas en el tribunal -incluidos los magistrados que conocen más de cerca la realidad catalana- han acercado posiciones, emitiendo un fallo que pretende preservar al TC de los enfrentamientos políticos y situar su función en la estricta observancia de la Constitución.

Una deliberación crispada, filtrada y fragmentada como la del Estatut, además de indecorosa, habría sido muy contraproducente para todos, también para las fuerzas políticas y sociales que apoyan, en su integridad, la resolución aprobada por el Parlament en enero del 2013. Es momento de seriedad, claridad y serenidad. El Alto Tribunal considera incompatible la existencia de una soberanía catalana con los dos primeros artículos de la Constitución, que la otorgan, de manera indivisible, al pueblo español. El fallo era, en este aspecto, muy previsible, aunque puede discutirse si una declaración política, sin repercusiones normativas directas, debía ser sometida al cedazo constitucional. Además de la unanimidad antes citada, la novedad reside en el tono de la sentencia y en los fundamentos jurídicos referidos a la defensa del derecho a decidir. La resolución es clara y el tono es sereno y evita el reproche innecesario. ¡Ojalá la sentencia del Estatut se hubiese redactado con el mismo estilo! El tribunal juzga constitucional la defensa del derecho a decidir incluida en la citada declaración del Parlament por ser “una aspiración política a la que sólo puede llegarse mediante un proceso ligado a los principios de legitimidad democrática, pluralismo y legalidad”. El fallo afirma que España no se dotó en 1978 de una “democracia militante” que excluya de su perímetro aquellas posiciones que están en desacuerdo con la Constitución. Dice la sentencia: “El planteamiento de concepciones que pretendan modificar el fundamento mismo del orden constitucional tiene cabida en nuestro ordenamiento, siempre que no se prepare o defienda a través de una actividad que vulnere los principios democráticos, los derechos fundamentales o el resto de los mandatos constitucionales, y el intento de su consecución efectiva se realice en el marco de los procedimientos de reforma de la Constitución, pues el respeto a esos procedimientos es, siempre y en todo caso, inexcusable”.

En pocas palabras, en España se pueden defender legítimamente ideas desacordes con la Constitución si es con métodos legales. Se puede defender, por tanto, la celebración de una consulta o referéndum sobre el vínculo de Catalunya con el Estado español sin ser enviado a las tinieblas en nombre de la Constitución. Ese es el espíritu de 1978 y es significativo que el TC lo haya recordado mientras se celebraban las honras fúnebres de Suárez.

El Constitucional invita a los poderes públicos, y especialmente a los poderes autonómicos, a resolver mediante el diálogo y la cooperación problemas derivados de la voluntad de una parte del Estado de alterar su estatus jurídico. Recuerda, en todo caso, que la Constitución incluye mecanismos de reforma para modificar el ordenamiento actual. La reforma de la Constitución formó parte, de modo explícito, del discurso del presidente del Congreso, Jesús Posada, en la celebración oficial del pasado 6 de diciembre. La viene pregonando desde hace meses el PSOE, bajo la dirección de Pérez Rubalcaba. Fue sugerida, de manera velada pero inequívoca, por el Rey en el discurso de Navidad. Y ha sido mencionada por el presidente del Gobierno, al menos en dos ocasiones en los últimos meses. En su balance de final de año y en una reciente entrevista periodística, Rajoy ha dicho, un tanto enigmáticamente, que la clave de la reforma constitucional es Europa. En pocas palabras, en el horizonte de la reforma constitucional hoy se alinean, con matices e intensidades diversas, las principales autoridades del Estado, los líderes de los principales partidos españoles y parte de los catalanes, y el propio Constitucional. ¿A qué esperamos?

Es hora de serenar el debate y abrir vías de diálogo y reforma que vayan más allá de la mera retórica. Serenar y atemperar es fundamental. Las honras fúnebres de Adolfo Suárez y la sincera emoción que muchos ciudadanos han sentido estos días nos lo han recordado: el país quiere una política diferente; quiere grandes acuerdos para salir del atolladero económico y desea respeto entre las partes. El país no creerá en la posibilidad de una nueva política hasta que no se modifiquen los gestos y los lenguajes. Hace pocas semanas, el ministro de Asuntos Exteriores hablaba de la necesidad de un “alto el fuego verbal” en el debate entre Catalunya y España. Lenguaje bélico al margen, es una buena propuesta que no debería quedar en simple declaración. El debate parlamentario que tendrá lugar en el Congreso de los Diputados el próximo 8 de abril sobre la propuesta del Parlament para la transferencia de competencias para la celebración de referéndums, debería realizarse bajo el signo de la distensión. Las posiciones están claras y la distancia entre ellas es más que evidente. Nadie pide acuerdos milagrosos en pocas semanas. Lo importante ahora es el lenguaje, el método y la inteligencia para evitar los callejones sin salida. Hace muy pocos días, tras conocer la sentencia del TC, el president Artur Mas, sin renunciar a nada, invocaba la “inteligencia política”. Tampoco nadie debiera esperar trueques de última hora. No se van a dar.

El 8 de abril se expresarán las posiciones de todos en sede parlamentaria. Debería hacerse de forma que no se cerrasen puertas. Al contrario. A partir de entonces -sobre todo pasadas las elecciones europeas del 25 de mayo-, será necesario que la palabra diálogo empiece a tomar forma. Habrá llegado la hora de la verdad. Será preciso bajar a la arena, crear comisiones, formular propuestas, interiorizar que estamos ante una gran oportunidad de actualizar el pacto político que ha permitido 35 años de convivencia, un pacto que precisa revitalizarse con nuevas aportaciones, pensando en Europa, tal y como señala el presidente del Gobierno. Las apelaciones al diálogo deberán dejar paso al diálogo de verdad, a la negociación. Lo está demandando Europa, que mira atentamente nuestra coyuntura. Y, sobre todo, lo exige la sociedad catalana y española. No hay tiempo ni más oportunidades que perder.

Anuncis