Ni pocos, ni locos, Sergi Pàmies, La Vanguardia, 11.04.14

Ni pocos, ni locos

SERGI PÀMIES
LA VANGUARDIA, 11.04.14

En su intervención en el Congreso, Jordi Turull dijo una verdad irrefutable: que el proceso soberanista catalán es vivido por muchos ciudadanos “con ilusión y esperanza”. Este factor emocional ha sido crucial a la hora de trenzar un movimiento que se ha nutrido de convicciones objetivas pero también de una reacción espontánea al desprecio de la mayoría de partidos españoles. Más allá de la discordia escenificada el martes, y sin necesidad de estar de acuerdo con él, el discurso de Mariano Rajoy es, hoy por hoy, la respuesta política más argumentada y clara que se ha dado a la solicitud de convocar la consulta del 9 de noviembre. 

Oficializadas las incompatibilidades -algunas con la tradicional tendencia a la falacia incendiaria o al victimismo solemne-, las posibilidades de concordia se reducen, el futuro se complica pero, paradójicamente, también se aclara. Las hojas de ruta se van cumpliendo con una precisión aterradora y simétrica. No hace falta haber estudiado ciencias políticas para intuir que la espiral de la confrontación se va a intensificar. 

En este contexto, el respecto a la diversidad de opiniones y a la disidencia pasiva o crítica será un valor doblemente necesario, sobre todo ante la tentación de atizar la dialéctica visceral, el vudú sectario o la esgrima de intransigencias catalanofóbicas o hispanofóbicas. En esta cuestión, como en tantas otras, se suele simplificar hasta la náusea. Por una parte, se acusa al soberanismo de ser un maléfico delirio impuesto por la propaganda. Por otra, se califica la convicción constitucionalista como la expresión de un credo totalitario. Paralelamente a estos lugares comunes pervive el ámbito de observación particular. Desde el mío, observo con inquietud que el problema es tan grave no porque estemos en manos de gobiernos totalitarios sino, al contrario, porque estamos atrapados por una discrepancia esencial entre actitudes tan legítimas y democráticas como insalvables. Ni los defensores de la consulta son cuatro fanáticos robotizados por TV3, Catalunya Ràdio y RAC1 ni los que discrepan de la manera de convocar la consulta son una minoría irrelevante con alma de tricornio golpista. Eso complica la cuestión porque la sitúa en un ámbito que pone a prueba la utilidad de la democracia (como otros problemas no territoriales que gangrenan el sistema), la coexistencia de derechos y la musculatura de una Constitución que, si se aplica con el celo actual, seguirá espoleando la disidencia y multiplicando la ilusión y la esperanza de las que hablaba Turull. A medida que la situación se envenene, será más imprescindible intensificar los niveles de tolerancia y libertad de expresión. Y tendremos que asimilar como un hecho objetivo que entre los catalanes no sólo hay una multitudinaria ilusión y una incontestable esperanza, sino también una preocupación, una desafección y una discrepancia igualmente democráticas.

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