Cómo empezó todo, Carles Castro, La Vanguardia, 13.04.14

Cómo empezó todo

CARLES CASTRO
LA VANGUARDIA, 13.04.14

Cuándo empezó la actual crisis territorial? ¿Lo hizo tras la sentencia del Tribunal Constitucional que, en el 2010, recortó un Estatut aprobado por el Parlament y las Cortes y sancionado por los ciudadanos catalanes? O bien, como interpreta parte de la clase política de Madrid, ¿todo empezó cuando, en el 2004, se puso en marcha una reforma estatutaria que, desde el resto de España, nadie veía necesaria?

La respuesta a todas esas hipótesis simplificadas -y una pizca amnésicas- es mucho más compleja. La actual tensión territorial -que escenificó un nuevo episodio el 8 de abril en las Cortes- no nació hace cuatro años ni, por supuesto, responde al maquiavelismo de un gran timonel que la activa o desactiva a voluntad. Las grandes manifestaciones de la Diada del 2012 y el 2013, y su preludio en la amplia protesta de julio del 2010, fueron sólo los síntomas de una perturbación que se gestó durante las dos últimas décadas. Es decir, lo que hoy se cosecha es el producto de una siembra que no empezó ayer. 

Los gráficos adjuntos muestran la evolución del sentimiento identitario de los catalanes, así como de sus preferencias territoriales. Y, naturalmente, lo que más llama la atención es la aceleración soberanista del último bienio. Pero si se observa la línea evolutiva, se aprecia que los indicadores empezaron a cambiar ya a mediados de la década de los noventa. Y desde aquel momento no han dejado de acentuarse con breves periodos de apaciguamiento. ¿Qué ocurrió desde entonces para que se haya llegado hasta aquí? La respuesta podría alumbrar un camino de vuelta que conduzca justamente a la salida de la actual crisis territorial. 

Asalto al poder. La segunda mitad de la década de los ochenta fue testigo de una mutación en la identidad de los catalanes: cayó en 10 puntos la cifra de quienes se sentían tan catalanes como españoles y creció en parecida magnitud el contingente de aquellos que se sentían sólo catalanes o más catalanes que españoles. Sin embargo, el salto significativo en las preferencias territoriales se produjo entre 1994 y 1996 y coincidió con la ofensiva del PP para desalojar al PSOE del poder, que incluyó un ataque despiadado a los socios del Gobierno y a lo que representaban (CiU y el catalanismo, incluida la inmersión lingüística, que sufrió críticas virulentas). 

El resultado de esa estrategia fue un crecimiento de doce puntos en el grupo de ciudadanos que querían un mayor grado de autogobierno y de cinco puntos entre los que aspiraban a la independencia. Desde 1988, el independentismo había crecido nada menos que diez puntos. Y en una década, desde 1984, el porcentaje de quienes se sentían sólo catalanes se había duplicado. 

A por la mayoría absoluta. El pacto entre populares y nacionalistas, que permitió la investidura de Aznar en 1996, propició un apaciguamiento de las tensiones territoriales e identitarias. Incluso aumentó en Catalunya el porcentaje de quienes se sentían sólo españoles. Y en lo que respecta al autogobierno, en 1998 habían crecido en siete puntos los partidarios del modelo autonómico vigente, hasta sumar más del 41%. Simultáneamente cayó en idéntica magnitud el contingente de quienes querían mas autonomía o incluso la independencia. 

Sin embargo, el pacto entre populares y nacionalistas presentaba contraindicaciones que nacían de planteamientos estratégicos antagónicos. El PP estaba convencido de que sólo derrotaría al PSOE mediante una sustitución gradual del dilema electoral entre izquierda y derecha por la disyuntiva territorial e identitaria. Y al final de su primer mandato, Aznar empezó a agitar visiblemente el espantajo de los riesgos tremebundos -de “totalitarismo y limpieza étnica”- que, a su juicio, encarnaban los nacionalistas para la unidad de España.

Esos puyazos, que se multiplicaron a lo largo de la siguiente legislatura, tuvieron muy pronto un visible impacto en la opinión pública catalana. Entre 1998 y 2001 el porcentaje de ciudadanos de Catalunya que querían más autogobierno se elevó en nueve puntos. Y el creciente rearme del Estado frente a las autonomías -con el Plan Hidrológico Nacional como un elemento que acentuó el sentimiento de agravio en Catalunya-, condujo a magnitudes récords. A mediados de la década, casi el 50% de los catalanes quería más autonomía, y más del 20%, la independencia.

El bálsamo estatutario. El proceso de reforma del Estatut resultó accidentado y se enfrentó a una campaña en el resto de España que contenía los ingredientes de una catalanofobia que, según los sondeos, ya se había instalado en una parte de la sociedad española. Pero si algo indicaban las encuestas es que la reforma estatutaria constituía una demanda ineludible. En el 2002 sólo un 27% de los catalanes prefería el sistema autonómico en vigor, mientras que un 42% -incluyendo a la mitad de los votantes del PSC y a uno de cada cinco del PP- se inclinaba por un Estado que otorgase más poder a las autonomías.

Por ello, la aprobación del nuevo texto estatutario el 2006 provocó un cierto reflujo en la desafección catalana. El independentismo se estancó en torno al 20% y la demanda de más autonomía cayó 13 puntos en el 2007, y seis más hasta el 2010. E idéntica estabilización registraron las identidades, prácticamente congeladas entre el 2007 y el 2010. Luego llegó la sentencia sobre el Estatut y la máquina de la desafección volvió a ponerse en marcha con un brío renovado.

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