Lecciones europeas, Rafael Jorba, La Vanguardia, 31.05.14

Lecciones europeas

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 31.05.14

Tras las elecciones europeas, las lecciones europeas. El primer dato que retener es la baja participación en el conjunto de los 28 estados de la UE: una media del 43,09% (sólo una décima por encima de los anteriores comicios del 2009). La primera conclusión: la entrada en vigor del tratado de Lisboa, que preveía que el nuevo presidente de la Comisión Europea se eligiera teniendo en cuenta la indicación de los electores, no ha servido para rebajar la abstención. La opción de presidencializar a la americana esas elecciones, con candidatos de los grandes partidos europeos y un debate en Eurovisión de por medio, ha resultado fallida. Las europeas siguen siendo más una suma de elecciones territoriales, con el debate interno de cada país como referente, que una auténtica cita en clave europea.

Desde esta perspectiva, ¿pueden extraerse lecciones válidas para toda la UE? Sí, algunas, pero con notables excepciones. El primer factor relevante, alentado por los vientos de largo ciclo de crisis económica, es la implosión de las fuerzas centrales del Parlamento Europeo saliente, en particular los dos grandes partidos de gobierno (PPE y PSE) y sus aliados liberales (ADLE): la derecha tradicional, de matriz democristiana, ha ganado las elecciones pero ha perdido más de 60 escaños; los socialdemócratas se mantienen a la baja como segunda fuerza y los liberales retroceden (pierden una veintena de eurodiputados). Las otras dos fuerzas que presentaban también candidatos a la presidencia de la Comisión tampoco despegan: Los Verdes/ALE se estancan y la Izquierda Unitaria Europea cosecha una leve tendencia al alza (siete escaños más). En resumen, esta visión general de la nueva Eurocámara refleja una erosión de los llamados partidos tradicionales (democristianos, socialdemócratas y liberales), pero ese desgaste no beneficia a la nueva izquierda (verdes y excomunistas).

En este contexto, son las fuerzas euroescépticas o abiertamente eurófobas las que avanzan. En concreto, los partidos eurófobos sumarán más de 140 eurodiputados, es decir, casi una quinta parte del Parlamento Europeo (751 escaños). Sin embargo, como apuntan dos analistas de Le Monde (26/V/2014), estas fuerzas “representan tribus que desconfían las unas de las otras”. Su factor de cohesión es el voto de rechazo -antieuropeo y antisistema- y no van a Estrasburgo y Bruselas para impulsar la construcción europea, sino la deconstrucción… En este bloque heterogéneo, destaca la victoria en el plano nacional de tres partidos neopopulistas: el FN de Marine Le Pen en Francia, el UKIP de Nigel Farage en el Reino Unido y el Dansk Folkeparti en Dinamarca. Este seísmo europeo, en expresión utilizada a escala francesa por Manuel Valls, es difícil que pueda levantar un edificio compartido: necesitan 25 escaños (van sobrados), pero de siete países distintos para formar grupo propio.

La extrema derecha de Marine Le Pen suma ella sola 24 escaños, aunque el lastre de su padre (Jean-Marie Le Pen) y su reputación de fuerza antisemita la alejan del UKIP. Igual sucede con los neopopulistas daneses y otras formaciones nórdicas, que se sienten más próximos al británico Farage. El FN puede contar con el concurso del partido de Geert Wilder (PVV) en Holanda, de la Liga Norte en Italia, del FPÖ en Austria y del Vlaams Belang en Bélgica. La línea roja que ni Farage ni Le Pen pueden traspasar es la que marcan los partidos abiertamente neonazis, como es el caso de Aurora Dorada en Grecia o de Jobbik en Hungría. Un caso aparte, en el bloque de partidos antisistema, es el de Beppe Grillo en Italia, con su M5E en franco retroceso (a cerca de 20 puntos de distancia del Partido Demócrata de Matteo Renzi), que comparte el neopopulismo de los partidos eurófobos, pero no así la xenofobia. Está por ver si en este último bloque de fuerzas antiélites y anticasta, de supuesto marchamo progresista, habrá que acabar apuntando al emergente Podemos español.

Entre tanto, la paradoja de la victoria de la extrema derecha en Francia y de los eurófobos en el Reino Unido y Dinamarca es que se produce en los países centrales de la UE y no en la Europa más azotada por la crisis (en Francia los recortes sólo se han hecho sobre el papel). En contraposición, el ascenso de la extrema derecha es imperceptible en los estados más damnificados por las políticas de austeridad: es el caso de Irlanda, pero también de Grecia, con la victoria de la izquierda radical de Syriza (Aurora Dorada no llega al 10%); de Portugal, con el avance de la oposición socialista, y de España, donde los dos grandes partidos retroceden notablemente, pero siguen siendo los más votados. La principal excepción a la regla de la implosión de las fuerzas centrales europeas la constituye Alemania: la gran coalición entre la CDU-CSU y el SPD no sólo es avalada por los electores (casi un 63%), sino que puede ser el espejo de las futuras alianzas en la Eurocámara para elegir al presidente de la Comisión Europea y a sus nuevos miembros. La excepción alemana muestra que cuando las fuerzas centrales colaboran, sin echarse los trastos del pasivo recíproco por la cabeza, los extremos tienen más dificultades para despegar.

Y una acotación final. No hay explicación alguna, ni la insolvencia del socialista François Hollande ni la fractura de la derecha francesa (UMP), que justifique el triunfo de Marine Le Pen en Francia. El solo hecho de que su padre, en plena campaña, declarase que “monseñor Ébola puede arreglar esto en tres meses”, en referencia a la “explosión demográfica” del África subsahariana y a los estragos causados por el virus del mismo nombre, descalifica al FN desde el punto de vista de los valores democráticos. Si la desesperanza de uno de cada cuatro votantes franceses lo justificase, tendríamos que justificar también no ya la avalancha de inmigrantes en la frontera sur de Europa -del todo comprensible-, sino que sus protagonistas entraran machete en mano para ajustar cuentas.

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