El abuelo de Iceta, Arturo San Agustín, La Vanguardia, 21.06.14

El abuelo de Iceta

ARTURO SAN AGUSTÍN
LA VANGUARDIA, 21.06.14

En Barcelona quien sabe llevar mejor el sombrero femenino es Clementina Milá. Lo que pasa es que sólo se lo pone algunas mañanas en verano y cuando la invitan, como a mí, a tomar unas tapas en la Boqueria. Fue en ese mercado donde el domingo se brindó por el éxito ciudadano que ha tenido el llamado Tast a la Rambla. Volver a ver la Rambla pacíficamente tomada por los de la familia, es decir, por los barceloneses, es algo sobre lo que Xavier Trias, el alcalde que no tenemos, debería reflexionar.

A quien sí tenemos es a Joan Oliveras, joyero y hombre que sabe también llevar el sombrero en invierno. Oliveras, gran dialéctico, es el presidente de Amics de la Rambla y el domingo estaba contento porque los barceloneses habíamos regresado a ese paseo, que fue nuestro, aunque sólo fuera para probar unas tapas. Pero es que la Rambla siempre fue eso: literatura, paseo, alguna puta digna, los limpiabotas, las floristas y el vermut, que los ricos, que eran los que iban al Liceu, siempre han llamado aperitivo. Ahora, en la Rambla, está el primer museo dedicado al jamón, que es una idea de Enrique Tomás. El buen jamón dignifica la Rambla y la saca de ese coma turístico al que la han llevado los calamares de plástico, ciertas patatas fritas radiactivas y esos bazares con chanclas y bigote donde lo mezclan todo sin piedad.

Como íbamos diciendo, Clementina Milá, mujer eficiente, sabe llevar bien el sombrero y en su nombre quizá se adivina alguna tía monja. Con el nombre Clementina se puede escribir una novela ambientada en el norte de Italia, cerca de algún lago, pero también en la Liguria, en las Cinque Terre, que es geografía más humana y donde las luciérnagas logran que las noches sean otra cosa, una cosa más italiana, menos austriaca. Nunca he visto tantas luciérnagas como en las Cinque Terre. Sólo algunos viajes no se olvidan.

Si saco aquí a Clementina Milá y a Joan Oliveras es porque hoy me ha dado por los barceloneses eficientes. Y no porque a estos dos los descubriera el domingo en la Boqueria sino porque creo oír en la lejanía los tambores de la catástrofe política y quizá ya va siendo hora de que comencemos a apostar por quienes pueden librarnos de un destino que no sería bueno para nadie. O sea, que el domingo regresé durante un rato a la Rambla y el martes Josep Cuní le dio una oportunidad a Miquel Iceta para que demostrara lo que algunos ya sabíamos: Que es uno de los pocos políticos que piensa, que reflexiona y, por consiguiente, que puede evitarnos daños mayores o estropicios considerables.

A Miquel Iceta, que es menudo, inteligente y, si quiere, demoledoramente irónico, sólo se le cita para recordar que él fue uno de los primeros políticos que declaró públicamente que era homosexual. Y los suyos, los socialistas, supongo que temiendo su inteligencia, su brillantez, siempre lo han querido esconder, siempre lo han tenido metido en otro armario, porque la vida está llena de armarios. Eso sí: le pedían ideas, que vendían mal quizá porque no las entendían. Iceta sale muy poco en los papeles catalanes. Y en televisión sólo lo ha sacado bien Josep Cuní, pero en un momento desesperado para los socialistas. En realidad el momento es desesperado para todos, pero, aquí, en Catalunya, algunos creen o fingen creer que sólo los socialistas lo tienen jodido. Y se equivocan, claro.

La política se ha puesto tan peligrosa, que todos deberíamos prestarle un poco más de atención. Ojo al futuro porque puede ser demoledoramente populista, es decir, fascista. Y da igual que cojee del pie derecho o del izquierdo. Ojo al futuro, incluso municipal, al barcelonés, porque estos chicos revueltos que están llegando a la política vienen dispuestos a hacer lo mismo que hacen aquellos a quienes pretenden sustituir: crujir a la clase media, a lo que queda de ella. A esa clase media que es la que lo paga todo. Los ayuntamientos, también el de Barcelona, son el nuevo objetivo de estos chicos y de alguna monja benedictina, que no se atreven con los ricos verdaderos sino con la clase media. Como en Venezuela. Por eso yo confío en personas como Iceta, que saben que la realidad, también en Catalunya, existe. Lo que pasa es que no quiere ponerse al teléfono.

Iceta tuvo un gran abuelo que se llamaba Octavi Llorens. Cuando le pedían consejo para crear un negocio lo primero que preguntaba el señor Llorens era quién iba a estar al frente del mismo. Eso era lo trascendente. No preguntaba de qué negocio se trataba sino quién lo iba a dirigir. El abuelo de Miquel Iceta era un sabio.

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