Un rey para los republicanos, Rafael Jorba, La Vanguardia, 21.06.14

Un rey para los republicanos

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 21.06.14

Philippe Nourry, veterano periodista y notable hispanista francés, escribió en los años ochenta un libro sobre el Rey con el sugestivo título de Juan Carlos I, un rey para los republicanos. La obra, traducida después al castellano (Planeta, 2004), daba una visión exterior sobre el papel del Rey como factor de reconciliación y como garante de los valores republicanos, es decir, aquellos principios democráticos que arrancan de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. La obra de Nourry, con quien coincidí en mi etapa de corresponsal en París -recuerdo una cena en su casa con el pintor Xavier Valls, padre del actual primer ministro-, contribuyó a divulgar la labor del rey de España en la Francia republicana, hasta el punto de que Juan Carlos I fue huésped de honor en el sanctasanctórum de la República. En concreto, el gaullista Philippe Séguin, entonces presidente de la Asamblea Nacional, tomó la decisión de invitar al Rey a intervenir en el plenario, una prerrogativa que está vetada al presidente francés: desde la III República (1870) el presidente comunica con el Parlamento mediante mensajes escritos que lee el presidente de la Cámara. Esta tradición es el antídoto al golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte -presidente electo por sufragio universal- que en diciembre de 1851 disolvió la Asamblea, acabó con la II República y proclamó el segundo imperio.

Del carácter insólito de aquel acto dieron cuenta las crónicas, entre ellas la que publicó La Vanguardia (8/X/1993), y los archivos del propio Parlamento francés, que sólo recogían un precedente: la intervención del presidente norteamericano Woodrow Wilson, el 3 de febrero de 1919, al término de la Primera Guerra Mundial. He buscado en mi archivo los textos de los discursos de Séguin y Juan Carlos I, dos piezas que hoy forman parte de la antología de las relaciones franco-españolas. Séguin -un gaullista de matriz social y jacobina- no escatimó elogios al Rey, del que dijo que encarnaba “un modelo de democracia joven y brillante”, y a una España que “asombra al mundo”: “Somos testigos y vemos con admiración las iniciativas tomadas por vuestro país, en particular en los últimos meses. Fue en Madrid, el 30 de octubre de 1991, donde se abrió la Conferencia de Paz de Oriente Medio; fue en Sevilla donde se inauguró, el 20 de abril de 1992, la Exposición Universal; fue en Barcelona donde se abrieron poco después, en julio de 1992, los Juegos Olímpicos, cuya organización y desarrollo fueron saludados en todo el mundo como un éxito excepcional”.

Juan Carlos I, en su discurso en francés, se reclamó heredero de los valores republicanos, en línea con el título del libro de Nourry, y dijo que encontraba en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano “una fuente permanente de inspiración”. El Rey, en cita de Alexis de Tocqueville, recordó que “las ideas de Francia no han triunfado en Europa y en el mundo en tanto que francesas, sino precisamente en tanto que universales”. “Desde la unidad que simboliza la monarquía que encarno, España ha reencontrado y profundizado la riqueza de su diversidad, el pluralismo de las culturas nacionales (sic) que constituyen su identidad histórica”, dijo el Rey al resumir su labor hasta aquella fecha. En su discurso, de alto contenido político, destacan otras dos constantes: la vocación europeísta -“la frontera no es un límite: es una gran ventana abierta”, afirmó en cita de Josep Pla- y la defensa de la alteridad -“Francia sólo es ella misma cuando es portadora de una parte de la esperanza del mundo, dijo André Malraux… Ser portador de una parte de la esperanza del mundo para ser uno mismo; esto quiere decir que es preciso ser a la vez uno mismo y el otro”-.

Aquel discurso de Juan Carlos I en la Asamblea Nacional, de media hora de duración, fue seguido en la tribuna de invitados por Jorge Semprún, Robert Badinter, Paco Rabanne, Pierre Joxe… En el hemiciclo destacaba la presencia del expresidente Giscard d’Estaing, del ex primer ministro Raymond Barre o de Jean-François Deniau, exembajador en Madrid, y la ausencia de los diputados comunistas, excepción hecha de François Asensi, nacido en Santander e hijo de un republicano exiliado en Francia, y de otros dos parlamentarios de su grupo. En todo caso, aquella visita de excepción se encargó de corroborar que, vista desde Francia, la monarquía parlamentaria española -la forma política de Estado que recoge el artículo 1.3 de la Constitución- casaba con los cánones democráticos europeos y que el Rey había desempeñado de manera notable su papel de árbitro y moderador de las instituciones (artículo 56.1).

Además, desde la óptica europea, el Estado social y democrático de derecho (artículo 1.1) se había ido concretando en España con un creciente desarrollo del Estado de bienestar. No era una novedad: el paradigma del modelo social europeo, encarnado por los países nórdicos, había sido posible bajo el paraguas de monarquías parlamentarias (es el caso, salvo Finlandia, de Suecia, Noruega y Dinamarca). En resumen, y como muestran las estadísticas mundiales sobre calidad y transparencia de las democracias, son esas monarquías nórdicas las que encabezan el ranking en contraste con repúblicas que están en el furgón de cola (caso de la República Popular Democrática de Corea).

Cuando se jodió lo nuestro, se pregunta Arturo San Agustín en el título de un reciente libro sobre el llamado proceso catalán. La pregunta vale también para la actual crisis sistémica española. En todo caso, la respuesta no hay que buscarla en el dilema monarquía-república, sino en la calidad de la democracia. El nuevo Rey tiene en aquel discurso de su padre en la Asamblea Nacional francesa algunas pistas para completar la hoja de ruta que esbozó el jueves.

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