La vieja política, Rafael Jorba, La Vanguardia, 5.07.14

La vieja política

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 5.07.14

Cuando se habla de nueva política, no puedo dejar de pensar en el nuevo orden y en el hombre nuevo, dos de los paradigmas sobre los que se levantaron los modelos autoritarios del siglo XX. La política es vieja, tan vieja como la polis griega, pero la condición humana lo es todavía más… Hans Magnus Enzensberger constata en Política y delito que el gobernante era el superviviente. Desde esta óptica, la política democrática se sitúa en la senda del reformismo, con el sufragio universal y la separación de poderes como instrumentos, y es la superación tanto de los regímenes tiránicos como de los revolucionarios, a partir de otra constatación de Enzensberger: “Todas las revoluciones se han contaminado de la antigua situación prerrevolucionaria y han heredado los fundamentos de la tiranía contra la cual se enfrentaron”. La vieja política democrática, así entendida, es poco épica; no se escribe en blanco y negro, sino en una amplia gama de grises.

En el plano de la UE, la implosión de las fuerzas centrales en las últimas elecciones europeas ha obligado a democristianos (PPE) y socialdemócratas (PSE) a definir una especie de gran coalición a la alemana, con Jean-Claude Juncker (presidencia de la Comisión Europea) y Martín Schulz (presidencia de la Eurocámara) como pivotes, y el aval de los liberales (ALDE). El veredicto de las urnas se ha respetado: por vez primera los jefes de Estado y de Gobierno, en aplicación del tratado de Lisboa, han propuesto al candidato mejor situado por los electores. Se trata de un salto en la calidad democrática de las instituciones europeas. La regla de la unanimidad ya no ha regido: los Veintiocho aprobaron por 26 votos a favor y dos en contra -el del conservador británico David Cameron y el del primer ministro húngaro, el autoritario Viktor Orbán- la candidatura de Juncker. El Reino Unido, que reprocha a Juncker su visión federalista y europeísta, ha cosechado su mayor derrota en sus más de cuatro décadas como socio comunitario. Cameron se ha quedado solo allí donde sus predecesores hicieron valer la excepción británica: Margaret Thatcher, con su famoso “I want my money back”, obtuvo el cheque británico, aún en vigor; John Major arrancó una cláusula de excepción en el capítulo social del tratado de Maastricht y bloqueó la designación del belga Jean-Luc Dehaene al frente de la Comisión; Tony Blair hizo lo propio con la candidatura del liberal flamenco Guy Verhofstadt.

La vieja política europea, que nació de las fracturas de las dos guerras mundiales, acaba de dar un significativo paso adelante que habrá de llenar de contenido. Esa vieja política se debate ahora entre la tentación eurófoba y los populismos. En sus manos está el superar la respuesta tecnocrática que ha dado en este largo ciclo de crisis y rescatar el modelo social de referencia. Porque la integración política y económica europea, de la mano de la técnica federal, es el instrumento para resolver el llamado trilema de Rodrik: a más globalización, se impone renunciar a algo de democracia en el plano de los estados nación o ceder más soberanía nacional en favor de un federalismo global (en este caso, europeo). Porque, como escribió el Dominique Strauss-Kahn economista, el éxito de las democracias europeas de la posguerra radicó en el equilibrio entre la producción y la redistribución, regulada por el Estado: “Con la globalización, este equilibrio se ha roto. El capital se ha hecho móvil, la producción ha traspasado las fronteras nacionales y, por tanto, ha quedado fuera de la redistribución estatal”. Corresponde a la vieja política responder a esa nueva realidad, con instrumentos que aborden a escala europea los ítems de referencia: fiscalidad, redistribución, modelo social, libertad individual, principio de subsidiariedad, meritocracia, respeto del medio ambiente, lucha contra la corrupción, transparencia, participación ciudadana…

Entre tanto, la vieja política afronta hoy un reto parecido al que se enfrentaron en su día los padres de Europa: la necesidad de rescatar a las clases medias de la deriva populista para vincularlas de nuevo a la democracia parlamentaria. El principal instrumento para hacerlo, tanto ayer como hoy, es el Estado de bienestar, que se concreta en el modelo social europeo. La diferencia está en que ahora el ideal europeo no es sólo un proyecto: es una realidad tangible, que entró en crisis con la globalización, pero que ha asegurado medio siglo de paz, libertad y prosperidad en Europa. “Los gobiernos socialdemócratas y del bienestar mantuvieron no sólo el pleno empleo durante casi tres décadas, sino también unas tasas de crecimiento más competitivas que las de las economías de mercado no reguladas del pasado”, constataba Tony Judt (Algo va mal, 2010), y recordaba que “el consenso socialdemócrata significa el mayor progreso que la historia ha visto hasta el momento. Nunca habían tenido tantas personas tantas oportunidades vitales”.

Frente a la tentación neoliberal que pregona sólo la igualdad de procedimientos y la vía populista que propone hacer tabla rasa, la tradición socialdemócrata busca la igualdad de resultados. Porque no importa tanto lo rico que es un país como la desigualdad que genera. Tony Judt hacía un símil entre el Reino Unido y EE.UU. que vale para el resto de Europa. Recordaba que ni siquiera Thatcher pudo desmantelar por completo el Estado de bienestar y que, en contraste con los estadounidenses, los británicos seguían teniendo acceso a servicios médicos, pensiones, seguro de desempleo: “Si Gran Bretaña está rota, los trozos caen al menos en una red de seguridad”.

Más sólidas aún son las redes de seguridad del Viejo Continente tejidas por la vieja política. “M’exalta el nou i m’enamora el vell”, decía J.V. Foix.

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