Plebiscitos en democracia, Rafael Jorba, La Vanguardia, 25.10.14

Plebiscitos en democracia

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 25.10.14

Dice la sabiduría popular que las armas las carga el diablo; también en política. La historia nos brinda múltiples ejemplos. Es el caso de las llamadas elecciones plebiscitarias o referendarias, una expresión que contiene una contradictio in terminis: elecciones remite a pluralidad de opciones políticas mientras que plebiscito y referéndum restringen ese pluralismo en el marco de una alternativa dual. Más allá del origen de los términos referéndum y plebiscito, que en la práctica se confunden, en su acepción moderna el plebiscito constituye una deriva autoritaria del referéndum en la que no se plantea tanto sancionar leyes o constituciones como bendecir la política de un mandatario. Sin necesidad de ejemplos extremos, situados extramuros de la democracia -el plebiscito que el 10 de abril de 1938 ratificó el Anschluss (anexión de Austria a la Alemania nazi) o el del 19 de agosto de 1934 por el que Hitler acumuló las funciones de canciller y Führer tras la muerte del presidente Hindenburg-, es un hecho que el término plebiscito goza de poco predicamento en las democracias de nuestro entorno.

En Francia, sin ir más lejos, el plebiscito se asocia con el bonapartismo que, en sentido estricto, se refiere al régimen imperial de Napoleón Bonaparte, aunque por extensión define una tradición de raíz republicana pero asentada sobre un Estado fuerte y centralizado que utiliza para legitimarse la consulta periódica del pueblo por medio de plebiscitos. Fue Luis-Napoleón Bonaparte quien más abusó de esta fórmula: el plebiscito es a menudo sinónimo del instrumento que utilizó en tres ocasiones tras ser elegido presidente de la República en 1848. Primero para ratificar su golpe de Estado (1851), después para proclamarse “emperador de los franceses” como Napoleón III (1852) y finalmente para legitimar su dinastía (8 de mayo de 1870). Los bonapartistas se sintieron confortados por los resultados de este último plebiscito que desbordó sus expectativas (más de siete millones de franceses a favor y sólo millón y medio en contra), hasta el punto de que los republicanos se mostraron apocalípticos: “El Imperio es más fuerte que nunca” (Léon Gambetta). Sin embargo, como decíamos al inicio, las armas las carga el diablo: la enfermedad del emperador y la guerra franco-prusiana, que se declaró poco después (19 de julio de 1870), acabaron con el Segundo Imperio y alumbraron la III República (1870-1940).

La tradición bonapartista siguió viva en la política francesa. La vocación plebiscitaria y la apelación a la voluntad del pueblo estuvieron también presentes en el gaullismo, es decir, el movimiento impulsado por el general De Gaulle y que cristalizó en la V República (1958). El historiador René Rémond, en un libro de cabecera sobre la derecha francesa (Les droites en France, 1982), dedicaba un capítulo al gaullismo y el bonapartismo: “Estas dos doctrinas tienen de propio -y en común- un elemento que bastaría para fundamentar una especificidad gemela: la referencia al pueblo soberano para definir el origen del poder y darle su legitimidad”. La democracia se verifica y se actualiza, como en todas las democracias a través del sufragio universal, pero busca establecer la relación más estrecha posible entre el pueblo y el poder, lo que reduce el papel de sus representantes y privilegia las consultas de tipo referendario. “Sin entrar en la controversia exegética y jurídica sobre los rasgos que diferencian plebiscito y referéndum, lo importante, al menos por sus principios, es que tanto la V República, bajo el principado del general De Gaulle, como el Segundo Imperio recurran a ese tipo de procedimientos para legitimar el poder o zanjar sobre cuestiones capitales”, concluye Rémond.

En concreto, De Gaulle está directa o indirectamente en el origen de casi una decena de referéndums desde el de octubre de 1945, que certificó el acta de defunción de la III República, hasta el de abril de 1969, que provocó su salida del poder. De entre esos referéndums, tres merecen ser subrayados: el del 28 de septiembre de 1958, que dio luz verde a la Constitución de la V República; el del 28 de octubre de 1962, que dio paso a la elección por sufragio universal del presidente; y el del 27 de abril de 1969, que precipitó su dimisión. Puede decirse que, a la tercera fue la perdida… De Gaulle, que había superado la prueba de fuego de Mayo del 68, protagonizó un paseo triunfal por los Campos Elíseos y decretó una disolución de la Asamblea Nacional que dio una victoria mayúscula a la derecha en las legislativas de junio (354 de los 487 escaños). Pero el general tentó de nuevo su suerte, un año después, en un referéndum menor sobre el traspaso de poderes a las regiones y la reforma del Senado. Tras la inesperada derrota (el no sumó el 52,4%), dio un portazo en un comunicado lacónico: “Ceso de ejercer mis funciones de presidente de la República. Esta decisión tiene efectos desde hoy mismo”.

La lección, en sintonía con la tradición bonapartista, es que a De Gaulle le preocupaba más perder un referéndum que el hecho de disponer de una Asamblea Nacional con la mayoría más excepcional de la historia. “Tanto para Luis-Napoleón como para Charles de Gaulle, era indispensable cada cierto tiempo fortalecer su autoridad a través de la expresión de la adhesión popular por medio de referéndum. Su legitimidad personal es anterior a toda consulta: Luis-Napoleón, el príncipe-presidente, la extrae de su nombre; De Gaulle, del 18 de Junio” (el llamamiento a la resistencia a través de la BBC tras la firma del armisticio por Pétain), concluye Rémond. Queda claro, en todo caso, que el plebiscito/referéndum es una vía singular que no casa con el pluralismo intrínseco de unas elecciones.

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