Autismo político, Antón Costas, La Vanguardia, 30.11.14

Autismo político

ANTÓN COSTAS
LA VANGUARDIA, 30.11.14

Hay límites que el juego de la política no debería traspasar en ninguna circunstancia? En mi opinión, sí los hay. Tanto de primer orden como de segundo.

El límite de primer orden es la ruptura de la convivencia social. Ese es el valor supremo de cualquier sociedad. La convivencia pacífica en el seno de una sociedad pluralista es el valor al que se debe supeditar cualquier estrategia partidista o interés político, por legítimo que sea. Creo que fue el filósofo liberal Karl Popper quien al responder a la pregunta de hasta dónde se pueden llevar los cambios políticos, señaló que hasta el punto a partir del cual los efectos sociales sean irreversibles.

No creo que la política catalana haya rebasado ese punto de no retorno. Pero camina decidida hacia él. Tanto por activa como por pasiva.

El anuncio del presidente de la Generalitat de su plan exprés para lograr la independencia en 18 meses es una acción que, de llevarse a cabo, tiene el riesgo de afectar a ese valor supremo. No existe ningún elemento que permita pensar que, hoy por hoy, exista en la sociedad catalana la mayoría relevante necesaria para llevar adelante ese plan sin afectar a la convivencia.

Pero además de este límite, existen también otros de segundo orden que deben ser tomados en consideración.

Primero, el riesgo de cainizar la vida política democrática. El acelerón soberanista de septiembre del 2012 rompió al PSC y a punto estuvo de acabar con él. Ahora este plan puede alimentar una cierta tentación presidencialista que reduzca el pluralismo político.

Segundo, introducir incertidumbres económicas con efectos importantes sobre el bienestar de la sociedad. La incertidumbre política es un mal clima para la actividad empresarial. Los negocios tienden a sobrerreaccionar a este clima. No sería razonable pensar que ese plan no vaya a tener efectos en las decisiones financieras y empresariales. Cualquier empresa catalana que tenga deuda en su balance o que necesite financiarse en los mercados de capitales está lógicamente inquieta. Las consecuencias económicas de esta inquietud acentuaría la de por sí grave crisis social.

Ahora bien, también caminamos hacia esos límites por la pasividad del Gobierno de la nación en ofrecer una respuesta al malestar y al amplio deseo de cambio existente en Catalunya. Aceptado el respeto a las reglas del Estado de derecho, el principio democrático que anima nuestra Constitución obliga a los gobiernos a buscar vías para dar respuesta a los anhelos de la gente. Ayer el presidente Rajoy dio explicaciones de la conducta de su Gobierno, pero no ofreció esas vías para el cambio.

Tanto la política de la rauxa, la rage de vouloir conclure de la que habló Gustave Flaubert, como la política de esperar a ver si el malestar amaina con la mejora de la situación económica son manifestaciones de un mismo autismo político, incapaz en ambos casos de ver los límites que la política no puede sobrepasar.

¿Se puede frenar esta tendencia? Sin duda. No hay ningún determinismo social y político inexorable que aboque al choque de trenes, a la ruptura de la convivencia.

Pero la solución probablemente ya no está en manos de los actuales jugadores. La desconfianza mutua impide el diálogo y el acuerdo. La salida posiblemente está en dejar que sean los ciudadanos los que en una elecciones normales, tanto generales como autonómicas, definan sus preferencias políticas y elijan nuevos jugadores. Esta es una de las grandes virtudes de la democracia.

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