Todos somos Charlie, Rafael Jorba, La Vanguardia, 8.01.15

Todos somos Charlie

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 8.01.15

#JeSuisCharlie. Este hashtag de Twitter, que ayer rebotaron millones de personas en todo el mundo, resume el sentir general por el ataque perpetrado por el islam de las tinieblas -del que les hablaba el pasado sábado- en la redacción de Charlie Hebdo en París. Sí, todos somos Charlie a la hora de denunciar el terrorismo de matriz islamista que dispara contra el mensajero, en este caso un semanario satírico que hacía bandera de la libertad de expresión y se proponía, como dijo en el 2012 uno de sus responsables ahora asesinado (Charb), seguir haciendo humor de la religión musulmana “hasta que el islam sea tan banalizado como el catolicismo”.

En la hora del duelo ante el mayor atentado islamista de la historia de Francia, todas las fuerzas políticas y las comunidades religiosas, incluido el Consejo Francés del Culto Musulmán, coincidieron ayer en condenar un acto de barbarie contra los valores democráticos en la patria de los derechos del hombre y del ciudadano. Porque la libertad, en democracia, es siempre la libertad del que piensa diferente, así en el terreno político como en el de las creencias. La redacción de Charlie Hebdo paga un trágico tributo en defensa de esta premisa.

El analista, sin embargo, está obligado a ir más allá de la condena y analizar también el contexto en el que actúa la barbarie terrorista. En este caso, como escribía el sábado, el auge del islam de las tinieblas, del que son las víctimas cotidianas los propios musulmanes -de Nigeria a Pakistán pasando por Siria e Iraq-, se produce en paralelo al crecimiento de la islamofobia en el corazón de Europa -así lo atestiguan las manifestaciones de cada lunes en Dresde de la plataforma Europeos Patrióticos contra la Islamización de Occidente (Pegida)-. Es evidente que este clima de islamofobia no es el mejor contexto para promover aquel islam de las luces, respetuoso de las reglas de la laicidad, que han abrazado la mayoría de los ciudadanos europeos de confesión musulmana.

Este es el caso de los cerca de seis millones de ciudadanos franceses de tradición musulmana. También de sus fuerzas políticas que, excepción hecha del FN de Marine Le Pen y la deriva de Nicolas Sarkozy en las turbias aguas del populismo, han mantenido vigentes las reglas de la laicidad y han marcado distancias con la cruzada antiislamista, de puertas adentro y de puertas afuera. Baste recordar la política del presidente Chirac, con ocasión de la guerra de Iraq, de la que fue portavoz en las Naciones Unidas su ministro de Asuntos Exteriores, Dominique de Villepin, donde dejó dicho: “Algunos pueden pensar que se pueden resolver los problemas por la vía de la fuerza y crear así un nuevo orden… Nosotros pensamos, al contrario, que el uso de la fuerza amenaza con atizar los rencores y los odios, con alimentar el choque de identidades, un enfrentamiento de culturas, y una de las primeras responsabilidades de nuestra generación es precisamente evitarlo” (14/II/2003). Un alto responsable del Quai d’Orsay me confesó entonces en privado que entre las razones que sopesaba la diplomacia francesa para no sumarse a la guerra de Iraq había notables factores de política interior: temían una intifada en las banlieues.

Ahora, sobre París, se abate la trágica resaca de la ola de rechazo que se desató en enero del 2006 tras la publicación de las viñetas de Mahoma por el Jyllands-Posten danés (30/IX/2005). Aquellas protestas, que incendiaron el mundo musulmán, se saldaron con varios muertos. Desde Europa, se escucharon voces críticas: “La cobertura mediática de los musulmanes o del islam en cuestiones que se formulan y se programan desde los propios medios de comunicación genera miedo, ansiedad, de manera sutil y, en definitiva, ayuda a reproducir un consenso negativo”. (Mustafa Hussain, profesor de la Universidad de Roskilde).

Hay un tiempo para cada cosa, reza el Eclesiastés. Hoy urge pregonar el valor prevalente de la libertad de expresión. Todos somos Charlie. Pero más allá del debate jurídico, el atentado contra este semanario nos recuerda trágicamente que su ejercicio no es inocuo.

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