De las patrias, Rafael Jorba, La Vanguardia, 7.02.15

De las patrias

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 7.02.15

La verdad sea dicha: cuando oigo hablar de patrias, patriotismo, soberanía… siento cierta alergia, casi instintiva. Incluso el concepto de patriotismo constitucional, que pregona Jürgen Habermas para promover un patriotismo posnacionalista enraizado en los valores republicanos, no me acaba de gustar: lo entiendo y comparto, pero yo hablaría más de ciudadanía y civilidad. El sentimiento de patria, para retomar una idea del poeta Joan Maragall, pertenece más al terreno de las creencias que al de las ideas y, por tanto, es un material sensible del que sacar tajada. El nacionalpopulismo campa de nuevo a sus anchas por Europa, espoleado por el largo ciclo de crisis económica. Se ha adueñado del relato, como se dice ahora. Sin embargo, la apelación al patriotismo es tan vieja como la historia de la humanidad.

Hace cien años, cuando Europa se desangraba en una guerra fratricida, la retórica patriótica era moneda corriente. Sé que es recurso fácil, pero como vivimos en la era de la imagen, donde todo se quiere simple, emotivo y espectacular, lo utilizaré: en Senderos de gloria, un coronel (Kirk Douglas) es conminado por un general francés a tomar una posición alemana, al precio de sacrificar a la mayoría de sus hombres: “Toda Francia depende de usted”. “No soy un toro, mi general; no me ponga delante la bandera de Francia para que embista”. “Quizá esté equivocada la idea de patriotismo, pero donde hay un patriota hay un hombre honrado”. “No todos opinan así. El doctor Johnson (Samuel) decía algo muy distinto sobre el patriotismo… Dijo que era el último refugio de los canallas”.

No vean en este ejemplo, paradigma de un tiempo en el que la guerra de trincheras marchitaba la flor de la juventud europea, menoscabo alguno del patriotismo en aquella acepción de sentimiento de la que les hablaba. Critico la explotación espuria de ese sentimiento de patria. En un artículo homónimo, publicado en La Il·lustració Llevantina (16/XI/1900), Maragall escribía: “Si regreso de América o bien de Asia, por ejemplo, al entrar en Europa tengo la sensación de encontrarme en algo que me es más propio que los países de donde vengo; después, al atravesar la frontera española, me siento en algo más propio todavía; al poner los pies en tierra catalana, esta sensación es más intensa y fuerte; y al verme en Barcelona me parece como si ya estuviera en casa, pero no tanto como al sentarme junto al hogar y entre los míos. Esta gradación de sentimientos es la que nos hace decir según las ocasiones: nosotros europeos, nosotros latinos, nosotros españoles, nosotros catalanes, nosotros barceloneses”. La patria así definida, entendida como la tierra natal, “el ámbito de todos los ámbitos”, en palabras de otro poeta, Miquel Martí i Pol, es el lugar donde el árbol de nuestras vidas hinca sus raíces para poder crecer y proyectarse, sobre una base sólida, en el mundo.

Afortunadamente para los europeos, aquel sentimiento gradual de patria, que definió Maragall a principios del siglo XX, encuentra hoy acomodo, se articula, en el marco de la ciudadanía compartida de una Unión Europea, “unida en la diversidad”, según la divisa de su non nata Constitución. Una ciudadanía europea que posee toda persona que tenga la nacionalidad de un Estado miembro y que se añade a la ciudadanía anterior sin sustituirla. Garantiza el derecho de libre circulación y residencia que los euroescépticos y antieuropeos ponen en entredicho. La europeidad, la condición de europeo, debería ser la identidad cívica troncal que permitiera superar las viejas rencillas intraeuropeas y afrontar el reto de la nueva inmigración. “En teoría, debería ser más fácil sentirse turco-europeo, argelino-europeo o marroquí-europeo que turco-alemán, argelino-francés o marroquí-español”, escribió Timothy Garton Ash. En Catalunya, país de frontera y mestizaje, ese sentimiento gradual de pertenencia es una constante de su historia. Se tradujo en el pasado en aquello que el profesor Josep M. Fradera denomina “culturas del doble patriotismo” (catalán y español), del que la cultura popular aporta múltiples ejemplos: desde el Virolai de Verdaguer -“Dels catalans sempre sereu Princesa, / dels espanyols Estrella d’Orient”- hasta el arraigo de la sarsuela, con Amadeu Vives como máximo exponente.

Es verdad que la historia, al igual que el agua pasada, no mueve molino. Pero también es cierto que esta gradación del sentimiento de patria, que se concreta en el marco de ciudadanías compartidas, es un pilar de la cohesión europea. En esta línea, Pedro Sánchez ha argumentado esta semana que la riqueza de Catalunya y de España es la diversidad: “Queremos un país en el que cada uno pueda sentirse como quiera en el orden que quiera”. Le faltaba añadir, como dijo Joaquín Almunia en el 2000: “No me preocupa tanto el ser de España como la construcción de la convivencia entre los españoles, incluso de aquellos que no se sientan españoles”. Sin embargo, puede que esta apelación a la ciudadanía compartida esté falta de épica frente a aquellos que, de Atenas a Madrid, de Londres a París, recuperan el relato patriótico.

En todo caso, bueno será recordarles aquel consejo de Manuel Azaña en el debate del Estatuto de Catalunya (27/III/1932): “Delante de un problema político, grave o no grave, pueden ofrecerse dos o más soluciones, y el patriotismo podrá impulsar, y acuciar, y poner en tensión nuestra capacidad para saber cuál es la solución más acertada; pero una lo será; las demás, no; y aun puede ocurrir que todas sean erróneas. Quiere esto decir, señores diputados, que nadie tiene el derecho de monopolizar el patriotismo, y que nadie tiene el derecho, en una polémica, de decir que su solución es la mejor porque es la más patriótica; se necesita que, además de patriótica, sea acertada”.

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