Una hoja de ruta equivocada, La Vanguardia, editorial, 5.04.15

Una hoja de ruta equivocada

LA VANGUARDIA, editorial
5.04.14

Esta semana comenzó con la noticia de que Convergència, Esquerra y las entidades soberanistas Assemblea Nacional Catalana, Òmnium Cultural y Associació de Municipis per la Independència firmaban la llamada hoja de ruta hacia la independencia de Catalunya. El documento fue firmado por sorpresa, dado a conocer en plena Semana Santa sin explicación pública alguna. Una forma de proceder casi clandestina que contrasta con la épica con que han presentado pactos anteriores y con la importancia que los firmantes conceden al texto.

Dirigentes de esos partidos y entidades han reconocido que el objetivo de la firma es relanzar el proceso soberanista ante las elecciones municipales del 24 de mayo, en un momento en el que las encuestas revelan cierto retroceso del independentismo. La llamada hoja de ruta pretende ser la guía para alcanzar la independencia en 18 meses. Si nos atenemos a ese enunciado, su importancia sería tal que resulta increíble que el Govern haya pasado de puntillas por el asunto (ni siquiera lo abordó en su última reunión), circunscribiéndolo al ámbito de los partidos, como también sorprende que los firmantes no hayan salido a la palestra para aclarar las muchas dudas que el texto ofrece.

Son muchas las cuestiones que quedan en el aire. Para empezar, en qué circunstancias se aplicaría esa hoja de ruta. En el texto sólo se dice “si así lo quiere la mayoría de la ciudadanía”. Y se remite a las elecciones catalanas anunciadas para el 27 de septiembre, a las que otorga la condición de “plebiscitarias”, pese a que buena parte del arco parlamentario catalán y, por tanto, de la ciudadanía, las considera unas elecciones más. El documento, en cualquier caso, no especifica cuál sería la mayoría necesaria para que se pusiera en marcha el mecanismo: ¿absoluta?, ¿cualificada?, ¿en votos o sólo en escaños?…

El texto prevé una declaración de soberanía inicial después de las elecciones y añade: “El proceso de transición democrática no quedaría en ningún caso supeditado a la vigencia jurídica o a eventuales impugnaciones de esta declaración”. La frase es tan confusa como alarmante: los firmantes parecen advertir que se saltarán cualquier decisión del Tribunal Constitucional si la declaración de soberanía fuera impugnada, lo que podría acarrear consecuencias graves. Después, sólo de refilón, el texto dice que se mantendrán “expectantes” por si el Gobierno central accede a convocar un referéndum de independencia, pero enseguida propugna la elaboración de una Constitución catalana que se sometería a consulta de los ciudadanos y cuyo resultado, si fuera positivo, permitiría ya abordar “la proclamación de la independencia”. Ni una Constitución puede redactarla una mayoría no cualificada de la Cámara ni su ratificación puede sustituir a un referéndum legal sobre la independencia.

En el ámbito político, este plan sólo cuenta con el apoyo de CDC y ERC, a los que podría sumarse la CUP. Pero están fuera de momento Unió, ICV, el PSC y, por supuesto, el resto de los partidos contrarios a la independencia desde el comienzo. Por tanto, es evidente que conforme se avanza en el llamado proceso soberanista se van perdiendo apoyos por el camino.

Pero lo más grave es que el texto ignora factores como qué pasaría ante una reacción internacional negativa -o incluso de indiferencia- ante una proclamación de independencia sin que se haya producido previamente un referéndum reconocido y acordado, como ocurrió en Escocia. Y es evidente que los escoceses no consiguieron de un día para otro que Londres aceptara colocar las urnas para dirimir su contencioso. Una independencia exprés, planificada en apenas folio y medio, apoyada por una mayoría parlamentaria inferior a la que se precisa, por ejemplo, para reformar el Estatut no parece la manera más seria de abordar un proceso tan trascendental como el de la independencia y que es obvio que resulta mucho más complejo de lo que se pretende.

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