De los sistemas electorales, Rafael Jorba, La Vanguardia, 11.04.15

De los sistemas electorales

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 11.04.15

En “Plebiscitos en democracia” (25/X/2014) explicaba por qué las llamadas elecciones plebiscitarias representaban una contradictio in terminis: elecciones remite a pluralidad de opciones políticas mientras que plebiscito y referéndum acotan ese pluralismo al marco de una alternativa dual. Más allá de esta obviedad, las elecciones en las democracias liberales están sujetas a unos sistemas de escrutinio que determinan el modelo de partidos y la política de alianzas. Este es el caso de las elecciones generales del Reino Unido, del 7 de mayo, en las que el esquema de bipartidismo imperfecto (conservadores, laboristas y liberaldemócratas) puede verse alterado por la entrada en escena de un cuarto actor: el Partido Nacional Escocés (SNP). ¿Por qué el Partido para la Independencia del Reino Unido (UKIP), del ultraconservador Nigel Farage, no ocupará este puesto? ¿Cómo es posible que habiendo ganado las europeas de mayo del 2014 no esté en condiciones de hacerlo en las generales? La respuesta la da el sistema electoral británico: si en las europeas regía un modelo proporcional, en las generales lo hará el tradicional escrutinio uninominal mayoritario a una vuelta (first-past-the-post), que otorga el escaño al candidato que vence en cada una de las 650 circunscripciones electorales.

Este sistema favorece a los dos grandes partidos y a las pequeñas formaciones políticas que concentran su voto en los distritos de un territorio concreto. Un hecho que explica, por ejemplo, que en las generales de hace cinco años el UKIP, con casi un millón de votos, no lograse escaño alguno (ahora tiene dos diputados ganados en elecciones parciales) y los unionistas de Irlanda del Norte (DUP), con menos de 170.000 votos, sumaran 8 escaños. Se entiende, desde esta lógica, que el emergente SNP -concentra sus votos en Escocia- aspire a multiplicar sus 6 escaños del 2010 (cerca de 50 diputados, según las encuestas) al estar en condiciones de imponerse en los distritos históricos del laborismo. Por el contrario, el UKIP, con una presencia homogénea en todo el territorio, no podrá rentabilizar el 15% de votos que le otorgan los sondeos al llegar sus candidatos en segunda o tercera posición en los distritos (sus diputados se contarán con los dedos de una mano). El nacionalismo escocés, que rentabilizará así sus buenos resultados en el referéndum de septiembre del pasado año, puede convertirse en el árbitro de la gobernabilidad en detrimento de los liberaldemócratas.

En todo caso, el modelo de escrutinio uninominal mayoritario a una vuelta favorece el bipartidismo, mientras que el sistema proporcional abona el multipartidismo (Duverger dixit). A medio camino se sitúa el escrutinio uninominal mayoritario a dos vueltas, que rige en las legislativas francesas, y que favorece las alianzas de cara a la segunda vuelta. Técnicamente, es elegido diputado en un distrito el candidato que en la primera vuelta obtiene más del 50% de los votos. De no ser así, disputan la segunda los candidatos que llegan en primera y en segunda posición y aquellos que han obtenido al menos el 12,5% de los votos de los electores inscritos. La tradición republicana hace que en la segunda vuelta los votantes de cada distrito apoyen al candidato mejor situado de cada bando, un modelo que castiga a los partidos que no disponen de aliados. Este es el caso paradigmático del Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen que en las legislativas del 2012 obtuvo el 13,6% de los votos en la primera vuelta y en la segunda sólo sumó dos escaños (de una Asamblea Nacional de 577 diputados). Este ha sido también el resultado de las elecciones departamentales del 22 y el 29 de marzo pasado: el FN obtuvo el 25% de votos en la primera vuelta, pero la falta de aliados en la segunda le dejó sin ningún departamento. Por el contrario, en las elecciones europeas del 2014, con el 24,8% de los votos, el FN sumó 24 de los 74 escaños en juego gracias a que estas elecciones se celebraban por el sistema proporcional a una vuelta.

Alemania, a todo ello, es el ejemplo de los países que han optado por un modelo electoral mixto, que combina el sistema proporcional y el mayoritario. En concreto, el elector dispone de dos votos: un primer voto para elegir el diputado de su circunscripción (gana el que llega en primera posición) y un segundo voto (para un partido) que se distribuye de manera proporcional entre las distintas fuerzas que han superado el listón del 5% a escala nacional. Es un modelo que tiene la virtud de aunar las ventajas del escrutinio uninominal (la vinculación directa entre el diputado y sus electores) y corregir sus carencias (el déficit de proporcionalidad del sistema mayoritario).

En este contexto, el modelo español y catalán -a falta de una ley electoral propia rige la disposición transitoria cuarta del Estatut de 1979 que lo calca- se concreta en un sistema proporcional con dos lagunas: listas de partido, cerradas y bloqueadas, y una atribución mínima de escaños por provincia que prima los territorios por encima de los ciudadanos. La culpa no la tiene la regla D’Hondt -nombre de una fórmula de distribución de diputados ideada por el jurista belga Victor d’Hondt-, sino esa asignación de un mínimo de escaños por provincia que resta proporcionalidad al resultado final. Este fue ya el caso de las catalanas de 1999, en las que Maragall obtuvo más votos y menos escaños (52) que Pujol (56).

Ahora, cuando se habla de “la mayoría de la ciudadanía” para emprender el proceso hacia un Estado independiente, hay que precisar de qué mayoría se está hablando: ¿de votos, de diputados o de mayoría cualificada (los dos tercios de escaños que se precisan para reformar el Estatut)? Porque el término elecciones plebiscitarias no sólo es un oxímoron, sino que su resultado está mediatizado por un sistema electoral en el que no todos los votos valen igual. Sostener lo contrario es un acto de prevaricación política.

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