Primaveras marchitas, Rafael Jorba, La Vanguardia, 25.04.15

Primaveras marchitas

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 25.04.15

Las primaveras árabes del 2011, con Túnez como detonante, se han convertido cuatro años después en primaveras marchitas, con Túnez como excepción. Si una cosa quedó clara tras el ataque al Museo del Bardo, el 18 de marzo pasado, fue que el terrorismo yihadista intentaba desestabilizar el proceso de transición del país, un ejemplo singular en medio de las derivas autoritarias (Egipto) o de los estados fallidos (Libia), y socavar el turismo, el pilar de la economía tunecina. Desde esta óptica, Egipto y Libia son los contraejemplos, pero de signo opuesto. En El Cairo, el mariscal Al Sisi lideró un golpe de Estado preventivo, el 3 de julio del 2013, contra Mohamed Morsi, el efímero presidente civil; restableció el régimen militar e inició una política de acoso y derribo de los Hermanos Musulmanes, con el colofón de la reciente condena a muerte del presidente de la cofradía, Mohamed Badie, y los 20 años de reclusión dictados contra Morsi. Las diplomacias occidentales, que jalearon primero la revuelta de la plaza Tahrir, miraron después hacia otra parte y ahora han vuelto a sentar a su mesa a Abdul Fatah al Sisi como factor de estabilidad en la región. En Trípoli, por el contrario, la caída de Muamar el Gadafi, el 20 de octubre del 2011, dio paso a un frágil Consejo Nacional de Transición y después a una guerra civil abierta con dos gobiernos rivales, uno en Trípoli (oeste) y otro en Al Baida (este).

En medio, el yihadismo campa a sus anchas: desde los miembros de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) huidos de Mali y otras zonas del Sahel hasta los yihadistas del Estado Islámico (EI), que han decidido asentar en la costa su mayor base de operaciones fuera del califato sirio-iraquí. No es de extrañar que Libia se haya convertido, según Le Monde (18/IV/2015), en una bomba migratoria: “El caos que reina a lo largo de la costa de Tripolitania, donde se concentra la mayor parte de las salidas desde el norte de África, evidencia de manera clara el desafío migratorio que plantea ahora a Europa una Libia convertida en Estado fallido”. Desde esta óptica, los analistas advierten del riesgo de que los grupos yihadistas se alíen con las mafias locales que trafican con seres humanos: “Hay una estrategia de los yihadistas de utilizar a los inmigrantes para desestabilizar Europa. Trabajan a largo plazo”. Mientras tanto, su trabajo está dando ya unos trágicos resultados, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Las cifras hablan por sí mismas: desde enero más de 1.600 personas han desaparecido en el Mare Nostrum, mientras que 35.000 han logrado llegar al sur de Europa, es decir, una media de 400 muertos por mes, un muerto cada dos horas. Como reconoció la italiana Federica Mogherini, alta representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, en vísperas de la cumbre extraordinaria de anteayer en Bruselas, “no tenemos ninguna coartada, la Unión Europea ya no tiene ninguna coartada, los estados miembros tampoco”.

En todo caso, ni los dispositivos de vigilancia de la operación Tritón ni los medios desplegados por la agencia Frontex, ahora reforzados, están a la altura del reto que representa la trágica ola migratoria. Los expertos ponen en duda que la vigilancia de fronteras baste para poder afrontar el problema: nunca la frontera sur de Europa ha estado tan vigilada y tampoco nunca ha habido tanta presión migratoria. El problema de fondo radica en el modelo mismo de globalización: auspicia la libre circulación de mercancías, capitales e imágenes (los habitantes de los países del Sur ven cómo vivimos y han idealizado nuestros estándares socioeconómicos) y, paralelamente, pone puertas al campo de la libre circulación de personas. Lo escribí la semana pasada evocando una reflexión de Ben Bella en la primera guerra del Golfo (1990-1991): “El Sur es un arrabal de chabolas que tiene delante un campo de golf. ¿Qué puede ocurrir? Una invasión del terreno. Para impedirlo sólo hay una fórmula: que el arrabal viva mejor. Europa debe ayudar a los países del Sur a desarrollarse”.

La solución pasa, a corto plazo, por autorizar mayores cotas de inmigración y, a largo plazo, por invertir en el desarrollo endógeno de los países del Sur. Desde esta óptica, en el plano español, merece mención específica el caso de Marruecos. “Nadie ha llegado tan lejos en la vía reformista, sobre todo si se compara con el inmovilismo de la mayoría de los monarcas árabes”, concluía Lluís Bassets en su libro El año de la revolución (Taurus, 2012). El pasado lunes, mientras preparaba una conferencia sobre estos temas en la Fundació Joan Maragall, me llamó el president Pujol para excusar su asistencia. Retuve lo siguiente: “Hace más de 20 años que, desde Catalunya, se dijo a Europa que la frontera del Mediterráneo era la de mayor riesgo porque se convertiría también en una frontera ideológica. Felipe González hizo suyo este mensaje. Dijimos cosas como estas: España debía ser amiga de Marruecos e invertir en la región frente a la tradición antimarroquí de la derecha y de la izquierda. El resultado fue una aproximación a Rabat, desde la creación del IEMed hasta la Unión para el Mediterráneo (UPM). Cuando ganó Aznar esa política se abandonó”.

Tomo nota de la reflexión de Pujol porque es de justicia. Mi amigo Máximo Cajal, embajador de España, dejó escrito en un libro que le valió más de un disgusto -Ceuta, Melilla, Olivenza y Gibraltar. ¿Dónde acaba España? (2003)- lo siguiente: “Llama poderosamente la atención el magro y superficial debate habido en España respecto de un asunto tan inmediato y urgente cual es la salud de nuestros vínculos con Marruecos”. Entre las excepciones a esta regla, citaba a Jordi Pujol, entonces presidente de la Generalitat, “cuyas relaciones con Marruecos siempre ha cultivado”. Ni Máximo ni yo fuimos nunca secuaces del pujolismo, pero sí servidores de la verdad.

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