Estética y ética, Josep Cuní, La Vanguardia, 23.05.15

Estética y ética

JOSEP CUNÍ
LA VANGUARDIA, 23.05.15

Que dos monjas entren en campaña es noticia. Que ambas representen posiciones partidistas antagónicas aumenta el interés. Que una desconfíe del president Mas mientras otra le declara su amor añade morbo. Que una haya tenido que explicarse en el Vaticano y la otra se postule para la Generalitat supera la imaginación del guionista más acreditado. Guionista que entendería que el primer atractivo de la trama está en el hábito. Y el hábito es la estética. Nadie se imagina que las hermanas Lucía Caram y Teresa Forcades hubieran tenido la dimensión pública que tienen si no fuera porque han aparecido en televisión como sus órdenes religiosas les imponen. Monjas sin velo y vestidas de calle hay muchas. Tantas, que se pierden entre la sociedad que las acoge y a la que sirven calladamente. Monjas que apenas constan fuera de los barrios donde trabajan y lejos de las ciudades donde sufren.

Vista la estética, pasemos a la ética, lo realmente interesante en este momento de exigencia de limpieza y transparencia, defensa del Estado de bienestar y apuesta por el servicio real al ciudadano. Una reclamación de mirada moral que bajo ningún concep-to pone en duda que las protagonistas no la tengan ni jueguen con ella. Sí es curioso que faciliten que lo hagan quienes sólo buscan su compañía y publican su fotografía para sacar rédito electoral, porque si algo hemos aprendido de la política es que hace tiempo que decidió divorciarse de los principios que dijo querer defender e impartir.

Aceptemos, pues, que induce a duda pensar que dos mujeres comprometidas con la causa de Dios, que significa las causas nobles de las personas, vayan a empujar una regeneración política. ¡Ojalá fuera así! Sobran ejemplos de sacerdotes, obreros o intelectuales que se han involucrado en menesteres de justicia social y administración pública con eficiencia y valor sin que su cometido fuera más allá de sus responsabilidades concretas. Pero los partidos, que lo utilizan todo, también pueden con todo. Y arriman el ascua a su sardina más para lucir que para ejercer, más para simular que para cambiar.

Es cierto que, en este sentido, hay una diferencia clarísima entre sor Forcades y sor Caram. La benedictina no esconde que le interesa la política activa, quiere dedicarse a ella y se plantea una exclaustración temporal. La “monja cojonera”, en cambio, rehúye esta parte del paralelismo porque lo suyo es espontaneidad, cercanía y campañas mediáticas.

Las dos tienen todo el derecho a hacer lo que hacen y a decir lo que piensan si es coincidente con su postulado. Pero en un país aconfesional y en una sociedad que dice haber separado oficialmente la Iglesia del Estado, no estoy tan seguro de que sus políticos deban mezclar los dominios del César con los de Dios. Por lo menos si dicen respetar el evangelio.

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