‘Brexit’ o no ‘Brexit’, Rafael Jorba, La Vanguardia, 6.06.15

‘Brexit’ o no ‘Brexit’

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 6.06.15

He rescatado de mi viejo archivo vegetal la carpeta de la inauguración del eurotúnel, el 6 de mayo de 1994, que cubrí como corresponsal de este diario en París. De todos los protagonistas de aquel acontecimiento -el túnel de 50,5 km bajo el canal de la Mancha que unía Gran Bretaña con el continente europeo-, sólo Isabel II sigue al pie del cañón. En su discurso ante François Mitterrand, la reina de Inglaterra destacó que era “la primera vez en la historia que los jefes de Estado de Francia y Gran Bretaña se reencontraban sin tener que tomar el barco o el avión” y subrayó su deseo de que “este lazo de unión” fortaleciera la amistad mutua. Sin embargo, la opinión publicada francesa y la británica reaccionaron de manera muy distinta: para los franceses (y el resto de los europeos), Gran Bretaña había dejado de estar aislada, ­pero los británicos daban la vuelta a esta afirmación con su tradicional flema: “El continente ha dejado de ser una isla”. Sólo la prensa de calidad, como es el caso del Financial Times, enfatizaba el valor simbólico de la infraestructura: “Refuerza la idea de que Gran Bretaña se encuentra dentro y con Europa”. Los tabloides populares, por el contrario, se cuidaron de destacar que los británicos seguían siendo menos europeos que nunca: el Daily Mail daba cuenta de una encuesta que decía que el campo de los anti-Maastricht progresaba del 56% al 61%. “Pienso que haría falta más de un túnel bajo el canal para que los ingleses nos amen”, se lamentaba entonces un alto funcionario de Bruselas.

Dos décadas después, con el eurotúnel en pleno funcionamiento, el euroescepticismo sigue siendo de rigor. Isabel II, en su tradicional Queen speech para presentar el programa de gobierno de David Cameron, advertía el 27 de mayo: “Mi gobierno va a negociar la relación del Reino Unido con la Unión Europea. Se presentará una ley para organizar un referéndum sobre la permanencia o no en la UE antes de finales del 2017”. Se concretaba así la promesa electoral de Cameron que le había servido para contrarrestar el ascenso del UKIP, contentar a los tories más antieuropeos y obtener la mayoría absoluta en las legislativas del 7 de mayo pasado. La amenaza de Brexit -la combinación de British y exit (salida)- se había oficializado. El paso siguiente ha sido el inicio de una gira diplomática de Cameron por las capitales europeas para fijar las condiciones del ser o no ser del Reino Unido en Europa: Brexit o no Brexit. Las demandas de Londres se centran en dos capítulos: la recuperación de soberanía política, con el retorno de competencias hacia los parlamentos nacionales, y la revisión de la libre circulación de personas, sobre todo para reducir las ayudas sociales a los inmigrantes europeos.

Entre tanto, desde Bruselas se descarta que Cameron pueda lograr un derecho de veto del Parlamento británico sobre la legislación europea; los más receptivos plantean la posibilidad de que los parlamentos nacionales puedan sacar una tarjeta amarilla a la Comisión Europea y obligarla a revisar un texto. En materia de libre circulación, el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, ya ha explicado a Cameron que se trata de una “línea roja” que no se puede traspasar, pero otras voces, como la del presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, se muestran más comprensivas y argumentan que la libre circulación no debe ser la puerta de entrada del llamado “turismo social”. Se trata de un debate que no es específico del Reino Unido: en Alemania, la CSU bávara -socio de la CDU de Angela Merkel- hace también de este tema su caballo de batalla. “Si los británicos son hábiles, pueden ser la punta de lanza para la revisión a la baja del turismo social”, afirman en Bruselas. En todo caso, desde la entrada del Reino Unido en la Europa comunitaria (1973), avalada en referéndum en 1975, se ha constatado que su anclaje europeo ha estado siempre sujeto a excepciones: desde el cheque británico, arrancado por Margaret Thatcher en 1984 (“I want my money back”) hasta su mantenimiento fuera del espacio Schengen (1995) o de la eurozona (1999).

El canal de la Mancha, pese al eurotúnel, sigue actuando de barrera física, mental y política. En este contexto, europeístas de la talla de Jacques Delors han sugerido en el pasado la salida pactada del Reino Unido. “Podríamos proponerles otra forma de asociación”, dijo en diciembre del 2012, como “un acuerdo de librecambio”, es decir, el antídoto a la actual amenaza de Brexit: el UExit. Thatcher y Delors mantenían unas relaciones pésimas y encarnaban dos proyectos antitéticos: una Europa reducida a un espacio de librecambio que garantice la competencia y salvaguarde la “Europa de las patrias” y una Europa política, de matriz federal, que refuerce el modelo social y avance hacia la integración política y económica. Entre tanto, una eventual salida del Reino Unido podría tener consecuencias mucho más graves para el conjunto de la UE que la de Grecia (Grexit), al alentar la pulsión desintegradora en los países centrales y dar alas a los populismos de tintes euroescépticos. “Europa se puede ir al garete”, advertía recientemente en Barcelona Felipe González, y salía en defensa del papel que jugó Margaret Thatcher en contraposición con la arriesgada apuesta de Cameron. “Yo nunca me bajaré de este tren”, confesó que le había dicho en su día la Dama de Hierro.

Paradójicamente, uno de los frenos a la amenaza de Brexit puede ser la posición contraria del Partido Nacional Escocés (SNP), de vocación europeísta, que ha pedido que ninguna nación de las que conforman el Reino Unido se vea obligada a abandonar la UE en contra de su voluntad, es decir, que el referéndum prevea una cláusula de doble mayoría. En todo caso, como ha escrito Walter Oppenheimer en El País (14/V/2015), “la aplastante victoria del SNP en Escocia también apuntala la permanencia británica: si el Reino Unido se marchara, el SNP convocaría un segundo referéndum de independencia. Y esta vez lo podría ganar”.

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