Una idea de Europa, Rafael Jorba, La Vanguardia, 25.07.15

Una idea de Europa

RAFAEL JORBA
LA VANGUARDIA, 25.07.15

El azar ha querido que el último Café Europa antes del paréntesis veraniego coincida con la entrega número noventa. Recapitulo: tomé prestada de George Steiner la imagen de que Europa estaba hecha de cafés. “El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y el chismorreo, para el flâneur y el poeta (…) Mientras haya cafés, la idea de Europa tendrá contenido”, afirmaba. Del café que frecuentaba Pessoa en Lisboa al café de Viena en el que lo hacía Freud, el padre del psicoanálisis; de los cafés de Copenhague en los que meditaba Kierkegaard al de París donde lo hacía Sartre: “Nadie escribe un tratado de fenomenología en la mesa de un bar americano”. Hace ahora un siglo, cuando se apagaron las luces en Europa, en agosto de 1914, hacía un par de días que Jean Jaurès había sido asesinado en un café de París. Cien años después el nacional-populismo cabalga de nuevo. A este fenómeno, de distinto signo y bandera, he dedicado parte de mis reflexiones. Y lo he intentado hacer siguiendo la senda de Xavier Batalla, que me precedió en estas páginas, con su Nueva Agenda.

La Europa de los cafés y su geografía, moldeada a la medida del pie humano, explican encuentros y desencuentros, éxitos y tragedias, cultura y gastronomía, arquitectura y creación literaria. Europa, como nos recuerda Steiner, siempre se ha podido recorrer andando, del camino de Santiago del medievo a los actuales GR. En este contexto, la globalización ha sacudido los cimientos de la vieja Europa y ha desplazado aquel centro de gravedad, de cultura y civilidad del que son testimonio sus cafés y su geografía humana. El actual ciclo de crisis económica ha echado el resto y amenaza con derribar la historia de un éxito: la construcción europea. Se trata del mayor ciclo compartido de libertad política, progreso económico y bienestar social. La fractura de las clases medias -los agentes sociales de la construcción europea junto a sus padres políticos fundadores, democristianos y socialdemócratas- ha resucitado los viejos fantasmas que se despertaron también en sus cafés y en su geografía en el primer tercio del siglo XX: la cerrazón identitaria, los miedos y tics atávicos, la tentación totalitaria, la deriva tecnocrática, el auge de la demagogia y la xenofobia. Todo ello aderezado, en el plano sociopolítico, con la decadencia del Estado democrático, que ha alumbrado unos tiempos líquidos, al decir de Zygmunt Bauman, en los que los ciudadanos han pasado a la condición de clientes y consumidores (y hoy de deudores).

En este contexto, con todos esos elementos en la coctelera, no es de extrañar que la crisis económica que nos sacude desde el 2008 encontrase el terreno abonado para alumbrar los males que ahora se denuncian y que ya habían sido apuntados por Steiner en La idea de Europa (2004). El genio de Europa “es el de su diversidad lingüística, cultural y social, de un mosaico generoso que a menudo convierte una distancia insignificante, una separación de veinte kilómetros, en una división entre dos mundos”. Desde esta óptica, formula un desiderátum que puede parecer contradictorio, pero que resume el reto presente.

Por una parte, defiende la fértil diversidad europea, empezando por la de sus lenguas: “No hay lenguas pequeñas. Cada lengua contiene, expresa y transmite no sólo una carga de memoria singular de aquello que se ha vivido, sino también una energía evolutiva de su futuro, una potencialidad para mañana. La muerte de una lengua es irreparable”. Pero, por otra parte, advierte también de que “los odios étnicos, el nacionalismo chauvinista y las reivindicaciones regionales han sido la pesadilla de Europa”. La conclusión, con esos dos vectores en escena, es doble. Europa, al decir de Steiner, “sin duda morirá si no lucha por sus lenguas, las tradiciones locales y sus autonomías sociales”. Acto seguido, sin embargo, lanza la pregunta clave: “¿Cómo podemos equilibrar las contradictorias reivindicaciones de unificación politicoeconómica y de singularidad creativa? ¿Cómo podemos disociar la preservación de la riqueza de la diferencia de la larga crónica de odios mutuos?”. “No conozco la respuesta. Sólo puedo decir que los que son más sabios que yo deben encontrarla, y que ya es tarde”, concluye.

Desde este Café Europa, deudor de la sabiduría de Steiner, he intentado también esbozar algunas respuestas. No sólo en el plano europeo, sino también en el actual debate hispano-español, marcado por el proceso catalán. He recordado que la democracia no puede ser la suma aritmética de los grupos en escena, que no puede responder sólo a la regla del 51% contra el 49% o viceversa, sino que debe preservar un amplio espacio compartido. He afirmado que estamos ante un problema político que ni la historia ni los tratados ni las constituciones podrán resolver. He apuntado que de la misma manera que desde el Gobierno central se ha sacralizado la unidad de España, desde el Govern de Catalunya se ha banalizado la secesión, es decir, el divorcio político, el mal menor cuando se quiebra la convivencia; nunca el ideal democrático.

Me duele reconocerlo pero, en puertas del plebiscito del 27-S, ese esfuerzo por explicar la complejidad está resultando vano. El llamado proceso -título de la novela inacabada de Kafka- se abre paso con eufemismos, prejuicios y suposiciones, que a base de ser repetidos hasta la saciedad han alcanzado el estatus de conceptos indiscutibles. El resultado, como lamentaba en su día Gaziel en este diario (21/XII/1934), es que “hemos acabado ahuyentando a todos nuestros amigos no catalanes (¿), y teniendo nosotros que pasar, a los ojos de la mayoría de peninsulares, por torpes y ridículos separatistas”. Pero más temprano que tarde -se lo decía esta semana misma a un grupo de colegas en Madrid- España deberá hacer una oferta, valiente y generosa, para rescatar a una mayoría de ciudadanos de Catalunya que tiene aún un sentimiento múltiple de pertenencia. On ets, Espanya?

Advertisements