Más sobre la ballena, Llàtzer Moix, La Vanguardia, 23.08.15

Más sobre la ballena

LLÀTZER MOIX
LA VANGUARDIA, 23.08.15

El pasado domingo publiqué un artículo titulado Tras la gran ballena blanca que ha generado cierta polémica en las redes. Está feo que lo diga yo, pero así ha sido. Dicho artículo les pareció a algunas personas razonable, e incluso apreciable. A otras les disgustó. Hasta aquí, nada extraño. Era un artículo de opinión, y todas las opiniones son opinables: las mías y las de mis detractores. Entre estas últimas, he observado distintos tonos a la hora de expresar el disgusto. Las hubo educadas y contenidas, pero no por ello menos firmes en su discrepancia; es decir, en la siempre aconsejable línea del suaviter in modo, fortier in re que lord Chesterfield inculcó a su hijo. Quiero anotar aquí que las valoré tanto como las que me daban la razón, porque si bien me complace tenerla, puestos a elegir, casi prefiero vivir en un mundo en el que se pueda debatir civilizadamente. Pero las hubo también de otro tono. No me voy a extender sobre ellas. Mencionaré sólo la de una dama que me conminaba a disculparme (por haber opinado) y la de otros que me reprochaban cosas que no había dicho y me asociaban a Galinsoga (cosa que sólo puedo atribuir a su ignorancia, su mala fe o su marco mental predemocrático).

Entiendo que mi artículo incomodara a quienes consideran irrenunciable la independencia de Catalunya. Pero me parece que toda reflexión argumentada merece una réplica argumentada. Mi tesis era -y es- que la independencia no constituye una prioridad en un mundo con evidentes desafíos comunes. Y, tras razonarla, acababa con una pregunta que dejaba sin contestación: ¿cómo explicar que tantos catalanes hayan llegado a creerse que un mero cambio de pasaporte les haría más libres, felices y ricos?

Al buscar respuestas a esta pregunta, he constatado que afloran causas de orden local, algunas en Madrid y otras en Catalunya. Son las siguientes. Una: el tancredismo de Rajoy y las hostilidades del PP han echado gasolina al fuego nacional catalán, y eso ha empujado a muchos hacia la trinchera. Dos: la crisis y los recortes han allanado el camino al populismo. Tres: el Gobierno de la Generalitat, inhábil para la solución pactada, ha trocado la negociación por el choque, alimentando la ilusión de que la independencia todo lo arreglaría, mientras desdeñaba su coste social, económico, político o fiscal. Y, cuatro: los medios de comunicación públicos, también otros privados -estos con pleno derecho-, se han obstinado en trabajar por un país uniforme, pese a que el nuestro es plural.

Hay además una respuesta de orden global a la pregunta: en la sociedad occidental retroceden la cultura y la reflexión; las celebrities tienen más predicamento, incluso político, que los catedráticos; y se extiende la infantil creencia de que todo está disponible y es gratis, de que hay soluciones simples y unilaterales a problemas complejos y colectivos.

Pero no las hay. Y, si las hay, pueden ser demasiado caras.

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