Los perdedores, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 3.10.15

El historiador Fernando García de Cortázar puso a una de sus obras un título -Los perdedores de la historia de España- que ejerce en mí una fuerte sugestión por reflejar bien lo que el libro es: un inventario de las trayectorias de todos los que, a lo largo de la historia de España, sucumbieron frente al poder establecido o frente al sectarismo de las facciones en liza. Hay que incluir entre los perdedores a todos los que, llegada la hora del enfrentamiento entre españoles, no estuvieron ni con unos ni con otros, buscaron soluciones de concordia y fueron barridos por el radicalismo de los contendientes.

Entre estos no alineados deben incluirse hoy cuantos ciudadanos, en el actual conflicto entre Catalunya y el resto de España, han rehuido el radicalismo de las posiciones extremas -que son las sustentadas por sus respectivos gobiernos- y han propuesto -como una tercera vía- soluciones de concordia impulsadas por una explícita voluntad de pacto y concretadas en una abierta fórmula transaccional. No hablo en nombre de nadie pues a nadie represento, pero, precisamente por el carácter fungible de mi posición, me veo capaz de trazar las líneas básicas del pensamiento de estos ciudadanos españoles que a la vez se sienten catalanes (o catalanes que a la vez se sienten españoles, lo mismo da) y que, precisamente por ello, quieren preservar la unión mediante un acuerdo transaccional, lo que les hace rechazar tanto el radicalismo independentista como el enrocamiento continuista. Veamos el presupuesto del problema, su raíz y la solución propuesta.

El presupuesto. Es la subsistencia de Ca­talunya como nación. Catalunya es hoy, para una mayoría de catalanes, una comunidad humana con conciencia clara de poseer personalidad histórica diferenciada y voluntad firme de proyectarla hacia el futuro mediante su autogobierno (autogestión de los propios intereses y autocontrol de los propios recursos).

La raíz del problema. El problema catalán no es tal, sino el problema español de la estructura territorial del Estado, es decir, el problema del reparto del poder. La cuestión es si este ha de quedar concentrado en el ­vértice de la pirámide, que es la capital del Estado, o ha de distribuirse en red por todo el territorio.

La solución propuesta. Toda solución ha de ser fruto de una transacción. Catalunya habría de renunciar a la independencia y a una relación bilateral (de tú a tú) con España. Y España debería ceder en cuatro puntos: 1) Reconocimiento de Catalunya como nación. 2) Fijación de un límite a la aportación catalana al fondo de solidaridad, aplicable a todas las comunidades. 3) Atribución a la Generalitat de competencias exclusivas en lengua, enseñanza y cultura. 4) Admisión de una consulta a los catalanes sobre su aceptación o rechazo del plan propuesto, resultante de los puntos anteriores. Además, debería acometerse una reforma constitucional en sentido federal, que -entre otros objetivos- convirtiese el Senado en una cámara territorial.

Soy consciente de la dificultad enorme de este proyecto. Las razones son hondas. 1) El debate España-Catalunya es tramposo por ambas partes. Buena parte de los españoles no ha asumido que el Estado de las autonomías es el embrión de un Estado federal, pero buena parte de los nacionalistas catalanes tampoco ha jugado limpio, porque, bajo su secular ambición de refaccionar el Estado, ha latido siempre una soterrada aspiración a la independencia. 2) No hay federalistas ni en España ni en Catalunya. Es frecuente denunciar en Catalunya la falta de federalistas españoles, pero tampoco hay muchos federalistas en Catalunya, ya que lo que pretende la mayoría de los llamados federalistas catalanes es una relación confederal Catalunya-España. 3) Muchos españoles no aceptan que Catalunya sea una nación, y, a la recíproca, muchos catalanes niegan a España como nación, reduciéndola a la condición jurídica de Estado, cuando lo cierto es que España es una nación “de tomo y lomo” con “una mala salud de hierro”. Unos versos de Eugenio de Nora resumen esta situación mejor que mil palabras: “España, España, España. / Dos mil años de historia no acabaron de hacerte. / ¡Cómo no amar sufriendo el perdido pasado, / y con ira y coraje, el perdido presente!”.

La razón dice que, tras los dos ciclos electorales -catalán y español-, los nuevos gobiernos deberían afrontar el problema y hablar, no por hablar, sino para transaccionar y pactar. ¿Lo harán? Pese a que la única alternativa al diálogo es el enfrentamiento, que se sabe cómo comienza pero no cómo termina, casi todo parece indicar que no, y que cuantos apostamos -con mejores o peores razones- por una tercera vía pasaremos a engrosar, anónimos e irrelevantes, la larga lista de perdedores de la historia de España. Pero hay algo que me impide renunciar a la posibilidad de un apaño, de un simple y modesto apaño, que no me atrevo a pedir a nadie, pero sí a implorar con palabras que tomo del Poema de Fernán González: “Señor, ¡por los nuestros pecados non destruyas a España!”.

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