Errata, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 18.11.15

Errata

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA

El resultado del soberanismo en septiembre fue corto. Más aún: demostró que, si bien una buena parte de los catalanes están muy disconformes con el actual statu quo de Catalunya dentro de España, otra parte no quiere irse de ninguna manera. El país no está fracturado, como se dice de manera abusiva, pero sí dividido: el inmovilismo no gusta, pero tampoco el rupturismo suscita consenso suficiente. Cierto: la suma de Junts pel Sí y CUP da una mayoría suficiente para ir tirando, pero no para iniciar el viaje de ruptura con España, empresa excepcional para la que se necesita una fuerza excepcional.

Esto lo sabíamos desde la noche electoral. Y entonces: ¿por qué razón Convergència (como los otros sectores de Junts pel Sí) pactó con la CUP una resolución que da por iniciada la desconexión, se propone crear una república catalana y proclama que no reconoce al Tribunal Constitucional? Carecía del respaldo popular necesario, conducía a los votantes de Junts pel Sí a aceptar un rupturismo que en el programa electoral era bastante más ambiguo y moderado y, por si fuera poco, se situaba, debido a las exigencias de la CUP, en contra de una parte sustancial de sus votantes. Ahora, de repente, grandes personalidades convergentes se desdicen de aquel documento. El prestigioso Mas-Colell ha desautorizado de forma sonora el pacto con la CUP y Francesc Homs pone condiciones al mismo. Unas condiciones que contradicen el meollo de aquella resolución. Homs sostiene ahora que se necesita “más diálogo, negociación y pacto” y que “el independentismo carece de la fuerza necesaria para imponer unilateralmente sus posiciones”.

La realidad se impone. Quizás es comprensible que, en momentos de gran dificultad, las fantasías sociales y las grandes emociones se amparen de la ciudadanía. Pero es incomprensible que los líderes políticos abanderen tales fantasías y emociones, dado que, por dedicación profesional, tienen obligación de conocer la realidad.

El llamado procés creció a partir de un malestar catalán que sigue necesitando una respuesta de España, pero se fue engordando con una propaganda que contenía un grave error de diagnóstico. El conflicto catalán no sólo tiene que ver con el reparto del poder entre Catalunya y España, sino también con el reparto del poder y con las diferencias culturales en el interior de la sociedad catalana. Es raro que los dirigentes de Convergència simularan no saberlo. Ahora lo tienen que admitir, de facto, en un giro táctico muy repentino, presionados por su propio electorado, una parte del cual ha pasado días de gran desconcierto.

Errare humanum est. Pase lo que pase, Artur Mas ha perdido mucho esmalte en las últimas curvas. Sea o no sea presidente, obtenga o no los votos de la CUP, será difícil que alguien vuelva a imaginarlo como un piloto seguro. Más allá de la humanísima pasión de ganar, es inevitable deducir que desde el 2012 ha improvisado la navegación y no ha sabido exactamente adónde iba.

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