Futpolítica, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 6.01.16

Futpolítica

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 6.01.16

Con la misma intensidad con que se imponen después de un Barça-Madrid, los sádicos y los resentidos han competido para hacerse oír ante el final de Artur Mas (que podrá perdurar, pero como alma en pena). Después de un gran partido de fútbol, el equipo derrotado recibe una lluvia estridente de burlas, crueldades y desprecios por parte de los partidarios de los vencedores, mientras que, a los perdedores, no les queda más salida que proyectar el resentimiento contra el árbitro, chivo expiatorio, función que ahora cumple la CUP. Hace muchos años que la crónica política imita a la crónica deportiva. Los votantes se convierten en hooligans, los líderes políticos simulan ser Florentino o Piqué y el periodismo político emula las retransmisiones: “¡Gooool de los nuestros!”.

Sin embargo, de esta triste historia emergen dos lecciones. Por un lado, la realidad de la contumaz diferencia catalana: podrá quedar deprimida durante cierto tiempo debido al fiasco, pero no desaparecerá. Ya sería hora de que la España inteligente comprendiera lo que incluso el rey Felipe sostiene: “Unidad no es uniformidad”. Lamentablemente, volveremos una y otra vez sobre el tema, porque en España la inteligencia política no gusta, seduce más el “sostenella y no enmendalla”. La otra lección es la de los límites del liderazgo. Artur Mas pasará a la historia como el político que, incapaz de pronunciar la palabra derrota, confundía dicha incapacidad con la victoria. Ha ido perdiendo apoyos desde que, confundiendo la parte por el todo, se enzarzó en la primera de las tres elecciones anticipadas de su corta historia presidencial. Ha ido perdiendo apoyos pero ninguna de estas pérdidas ha sido anotada en la cuenta de su responsabilidad. Los que fallaban eran otros: los malos, los que no tienen sentido de Estado, los “enemigos de Catalunya”. Mas nunca se ha equivocado y el único error que ayer admitió tiene que ver con la maldad de otros: “He cometido el error de confiar en la CUP”. En estos tres meses no ha realizado ni un mísero comentario sobre el porqué del resultado de Junts pel Sí (pésimo, dado que se trataba de una gran coalición y respondía a una jugada de cara o cruz). Artur Mas, de quien sus glosadores dicen que es tan resistente, todavía no ha tenido el coraje de contestar a la única pregunta políticamente relevante después del 27-S: ¿por qué flaqueó Junts pel Sí, si para los catalanes representaba supuestamente “el voto de mi vida”?

Pero ya no debería ser Mas el centro del debate, sino su entorno político y periodístico. No se han atrevido a criticarlo. Ahí radica la diferencia entre caudillaje y liderazgo democrático. El caudillo vive entre aduladores y toda crítica hacia él es considerada una forma de enemistad, una prueba de odio. Vivimos en el tiempo de la adulación y de las emociones futboleras aplicadas a la identidad política. No puede extrañar que todo acabe como en el fútbol: gran alegría cuando el ene­migo fracasa y grandes desastres cuando el balón no entra.

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