Puigdemont en la última carlistada, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 10.01.16

Puigdemont en la última carlistada

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 10.01.16

Si Mas llegó a la política por azar, ya que comenzó como tecnócrata, Carles Puigdemont lleva el nacionalismo en el corazón y ha sido desde muy joven el intelectual orgánico de Convergència en Girona. Si Mas surge de la Barcelona pija, instrumentalmente nacionalista, de escaso fervor catalanero, Puigdemont proviene de la abrupta y profunda Catalunya vieja, donde mamó del tronco más antiguo del nacionalismo conservador: el tradicionalismo de origen carlista. Puigdemont nació en Amer, a medio camino de Girona y Olot, en una zona montañosa y rural, pero también industrial, que, atravesada por el Ter, separa las tierras de Vic de las de Girona. Tierra de Remensas (allí se firmó el compromiso con que los payeses aceptaban el arbitraje del rey Fernando) y de carlistas: durante la Guerra de los Matiners fue centro de operaciones del general Cabrera, que fue derrotado muy cerca del pueblo de Puigdemont. ¡Cuidado con el tópico carlista y rural! Amer se industrializó ya en el XIX y ahora es sede de una multinacional catalana, Hipra, pionera en la exportación de fármacos veterinarios.

Puigdemont es hijo de pasteleros (su hermano hornea unos dulces estupendos) y es portador discreto de los valores de la menestralía: sobriedad, esfuerzo, iniciativa privada. Los valores familiares cristalizan en sus estudios de filología catalana y en su militancia en las Joventuts Nacionalistes, pero se amplían gracias a su voluntad cosmopolita. Después de trabajar en Girona en el proyecto del Punt Diari, Puigdemont se regaló un año sabático para conocer los medios de comunicación europeos. De esta estancia, regresó con múltiples proyectos, que no siempre le salieron bien. Montó un think tank para abastecer material teórico a alcaldes, diputados y cargos convergentes. Ideó un proyecto muy innovador de trabajo periodístico en red (decía que podía haberle convertido en millonario, pero el proyecto terminó en manos de la Generalitat en forma de Agencia Catalana de Notícies, de la que fue fugazmente presidente). Fundó Catalonia Today, un diario catalán para residentes anglófonos en Catalunya. Su intención era clara: modernizar e internacionalizar el nacionalismo que él, precisamente por su procedencia, consideraba enclaustrado. La idea del Procés ya la tenía cuando Mas ni la soñaba.

Militaba en Convergència, pero mientras sus compañeros de Juventudes acumulaban cargos, él imaginaba febrilmente nuevos caminos. Siempre en la sala de máquinas. Cuando todos los altos cargos convergentes (de Calzada a Macias, de Soy a Pàramo) ocupaban la delegación del Govern, la Diputación o la Caixa de Girona desde donde inclinaban voluntades, construían una densa red de intereses y cultivaban el jardín nacionalista de Girona, Carles Puigdemont ya estaba allí: el único que tenía capacidad teórica e ideológica era él: escribía discursos, proponía campañas, fabricaba ideas. De repente, cuando con el tripartito, CiU vacilaba, Puigdemont dio el paso. Poco después, enterraba el nadalismo en la ciudad de Girona e inspiraba el viraje convergente a la independencia desde el municipalismo.

Ha tenido siempre la habilidad del tiempo: llega a los lugares cuando nadie se lo espera. No es un clásico decorador convergente: tiene ideas propias. Es más astuto que prudente; su nacionalismo es pétreo, a pesar de parecer flexible. Es nacionalista a machamartillo, aunque su mirada es internacional. Quizás no sea un líder despampanante. Pero no desaprovechará la oportunidad.

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