Sobre la in(ter)dependencia, Juan-José López Burniol, La Vanguardia, 30.04.16

Sobre la “in(ter)dependencia”

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BRUNIOL
LA VANGUARDIA, 30.04.16

El profesor Subirats ha publicado un meditado e interesante artículo bajo el expresivo título “Soberanía e in(ter)dependencia”. Intento resumir su contenido: 1) “Rechazamos ser considerados como meros objetos de la decisión de otros, y reclamamos ser sujetos”. 2) “Ese fenómeno se da tanto en la esfera personal como la colectiva e institucional”. 3) “Los estados sufren ese gran cambio desde hace tiempo y son ya pocos los que se atreven a alardear o presumir de soberanía”. 4) “Pero (…) también es cierto que no es lo mismo tener un Estado propio o no tenerlo”. 5) “En Cataluña necesitamos disponer de ese plus, lo cual no pasa forzosamente por la plena independencia, pero sí por disponer del reconocimiento de ser sujeto político, de ser el nosotros necesario (…) para negociar las condiciones y los impactos de la innegable interdependencia”.

Comparto los cuatro primeros puntos y discrepo del último. Para exponer mi criterio parto de la idea de que la historia es un proceso de progresiva ampliación en un triple ámbito: escenario, protagonista y libertades. Escenario: de la caverna a las grandes uniones supraestatales (como la UE), pasando por la tribu, la ciudad y el Estado. Protagonistas: sacerdotes y guerreros, sus castas (la aristocracia), la burguesía, el pueblo y, ya en el siglo XX, la mujer. Libertades: ni hace falta entrar en detalles. Ahora bien, cualquiera que sea el escenario, cualquiera que sea el protagonista y cualquiera que sea el ámbito de libertades, el problema político ha sido siempre el mismo desde que Adán se comió la manzana: subordinar los intereses individuales al interés general de la comunidad, lo que implica resolver quien y de qué modo define este interés general. Por tanto, no es que la estructura del Estado se haya visto conceptualmente superada. Simplemente se ha quedado pequeña tras la globalización resultante de la transmisión instantánea de información. Tan es así que las uniones supraestatales tendrán –cuando cuajen– una estructura muy similar a la de los estados, que se puede concretar en dos rasgos esenciales (dirección colegiada –que no quiere decir centralizada– y responsabilidad solidaria por algún tipo de deudas). De ahí que la ruptura de un Estado democrático consolidado pueda entenderse –tal y como yo lo hago– como una involución respecto al sentido de la historia, que concibo como la articulación de espacios geográficos cada vez más amplios, racionalizados de acuerdo con el único principio ético de validez universal no metafísico: que el interés general ha de prevalecer sobre el particular.

Todo ello no obsta para que también deba atenderse siempre a la realidad, ya que la moderación política exige adaptar tus ideas a los hechos y no los hechos a tus ideas. Por consiguiente, y con referencia a Catalunya, está claro que una parte significativa de los catalanes quiere independizarse de España, y por ello defiendo –desde el año 2005– que han de pronunciarse sobre lo que quieren mediante una consulta específica a ellos dirigida. Una consulta que debería versar primero –a mi juicio– sobre si aceptan o no un proyecto español como este: 1) Reconocimiento explícito de su identidad nacional. 2) Competencias exclusivas en lengua, enseñanza y cultura. 3) Un tope a su aportación al fondo de solidaridad. 4) Un desarrollo federal del Estado autonómico que concentre en el Senado el debate y la decisión colegiada sobre los temas comunes a todas las comunidades autónomas, evitando así el riesgo de la bilateralidad. Y, si la respuesta a esta pregunta fuese negativa, no quedaría entonces más remedio, atendiendo al principio democrático que está por encima del de legalidad, que iniciar conversaciones para dar cauce a lo que ya sería inevitable, defendiendo cada parte hasta el extremo sus propios intereses.

En consecuencia, también sostengo desde el 2005 que España nunca debería aceptar que Catalunya tenga con ella una relación bilateral (una miqueta de independencia), de forma que el nosotros a que se refiere el profesor Subirats (es decir, Catalunya) actúe como tal –por ejemplo– ante los organismos internacionales. Si Catalunya goza de una relación bilateral (confederal), idéntico estatus exigirán otras comunidades y el Estado morirá. Y yo quiero que subsista el Estado como lo que es: una etapa en la historia del progreso humano. En síntesis: o Estado federal (no confederal) o independencia.

He sido tildado de independentista por defender la consulta. Incluso por algunos que han chalaneado con las competencias del Estado en un Congreso convertido en patio de Monipodio. Yo, en cambio, creo que los independentistas auténticos son ellos: los que con su cerrazón elusiva y obtusa se niegan a ir más allá de la interpretación literal de una Constitución prostituida como burladero, y se han escondido además bajo las faldas de Europa. ¿Ha sido ignorancia? ¿Ha sido pasividad suicida? Lo mismo da: los efectos de su enroque han sido devastadores. Doy por descontado que el juicio de la historia será muy duro con ellos.

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