Claridad, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 13.07.16

Claridad

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 13.07.16

Si existe en Catalunya un partido cauteloso, se llama PSC. Ya en tiempos de los Pujol y los Guerra, cuando el PSC intentaba apaciguar los ánimos, buscando acuerdos, concesiones y equilibrios, lo hacía en silencio, convencido de que los fuegos de la política se apagan con el agua de la discreción. Raimon Obiols, hoy tan olvidado, quizás ha sido el político más responsable de la Catalunya contemporánea. Que se le recuerde tan poco tiene que ver con el hecho de que los medios valoran más a los políticos papagayo. Aunque la discreción del PSC también tenía que ver con sus delicados equilibrios internos. Durante años, fue el único partido con voluntad de representar las dos grandes almas sentimentales de la sociedad catalana.

Ahora el PSC, muy disminuido, está siendo infravalorado. Con el tratamiento mediático que le corresponde (76.000 votos más que el flamante partido de Mas), estos días habría conseguido cierta atención: por la polémica introducción, en la ponencia del futuro congreso, de un plan B para resolver la cuestión catalana basado en la Ley de Claridad canadiense. Apenas se ha hablado de esta propuesta (una contribución de los obiolistas, ahora colaboradores de Iceta), salvo para subrayar el desprecio que ha despertado en el nacionalismo catalán, para destacar la irritación de varios líderes regionales del PSOE y las agrias discusiones internas (ayer dimitió Joaquín Fernández, secretario de organización territorial).

Y sin embargo, esta propuesta canadiense es la que tiene más posibilidades de implementarse. En el caso, naturalmente, de que se cumplan dos requisitos: que el independentismo no se desinfle (lo que no es previsible que pase) y que España reconozca que tiene un problema territorial. Tardará años. Muchos. Pero el conflicto se cronificará y un día u otro habrá que pactar una salida. Entonces, más que la vía escocesa (incompatible con la legalidad española), se impondrá la canadiense. Se llegará a un referéndum, previa autorización de las Cortes con una pregunta clara y habiéndose pactado una mayoría reforzada para aprobar la separación. Será inevitable una reforma constitucional para hacer posible el resultado; y en la negociación del proceso participarán las otras comunidades, como ocurrió en Canadá.

Las alternativas a la claridad canadiense son dos; todavía más improbables: que la potencia civil del independentismo permita forzar un Referéndum Unilateral de Independencia (lo que los resultados electorales no describen ni de lejos); o que el gobierno de España proponga una solución inteligente, que logre debilitar severamente el independentismo (posibilidad que no se divisa en el horizonte).

El “tenemos prisa” ha dejado paso a un lento periodo de desgaste. Que el PSC intente meter baza con una hoja de ruta alternativa, valiente y realista da noticia de que está enfermo, pero no muerto. Veremos si es capaz de mantenerla. En épocas de grandes mutaciones como el actual, los equilibrismos no sirven de nada. Para el PSC también llega el momento de escoger: entre la irrelevancia o el coraje.

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