Entre la espada y la pared, Antoni Puigverd, La Vanguardia, 26.09.16

Entre la espada y la pared

ANTONI PUIGVERD
LA VANGUARDIA, 26.09.16

La vieja costumbre de favorecer la concordia y el reconocimiento del otro me haría lamentar lo ocurrido el jueves en Barcelona: el doble pregón de la Mercè. Pero a estas alturas un lamento moral, además de inútil, pecaría de cursi. Dejemos las buenas intenciones. De nada han servido. Centremos la cuestión en la fría descripción política. Catalunya y España tienen un grave problema desde que la sentencia del TC se cargó el Estatut. Dos años después, España se encontró con una respuesta imprevista: la dirección política del catalanismo cambiaba de manos. El pactismo dejaba paso a la confrontación. El autonomismo quedaba desbordado por la riada independentista.

La réplica de España ha sido unívoca: ni una sola concesión. No sólo es quietista Rajoy. Ninguna región española permi­tiría un pacto que favoreciera una salida negociada. Ningún diario madrileño admitiría un desvío de la doctrina que acuñó Aznar y que el TC sancionó: la visión restrictiva de la Constitución.

La inflexibilidad de España (que sólo Podemos cuestiona) da alas al independentismo y castiga las posiciones de tercera vía. Unió naufragó. El PSC está herido. La Vanguardia y otros sectores culturales y mediáticos que habían alzado puentes entre las diversas sensibilidades culturales catalanas son bombardeados. El soberanismo no soporta la disidencia; y el españolismo catalán pretende aprovechar la ocasión para enterrar el catalanismo. El deseo compartido de españolistas e independentistas es enterrar el catalanismo.

¿No es lo mismo catalanismo que nacionalismo catalán? No. Tienen espacios de intersección, ciertamente; pero responden a matrices distintas. El catalanismo protagonizó el antifranquismo en Catalunya, promovió la concordia de los catalanes que habían luchado en ambos bandos de la guerra y pretendía construir un solo pueblo sumando a la tradición cultural catalana las tradiciones recién llegadas, en particular el componente andaluz. La meta de esta corriente es la primera gran manifestación del 11 de septiembre: la de 1977 (también la de 1976 respondía a su lógica: sumar, incorporar, sintetizar). Con gran fuerza reclamaba con acento andaluz: “Volèn l’ehtatú!”

El nacionalismo catalán es otra cosa. Ha protagonizado la etapa democrática gracias a la personalidad de Jordi Pujol, gracias a su obra “nacional” de gobierno y a los medios de comunicación públicos, que no han adoctrinado (no más que TVE o Antena 3) pero sí han peinado diariamente la identidad catalana. La comunidad nacional catalana se ha conformado mirándose en el espejo de TV3. El nacionalismo responde a la visión romántica de una identidad inmutable que pervive más allá de las contingencias históricas (Herder) y se expresa a través de cuatro factores: lengua, historia, paisaje y folklore. En la tradición catalana (a diferencia de la vasca), el nacionalismo es abierto a todo tipo de gente. Pero pretende “integrarlos”, sumarlos a la identidad catalana (Súmate). Los que no se quieren sumar a esta visión son entregados a la visión contraria: la comunidad española. C ‘s es la respuesta antagónica. El catalanismo, en cambio, pretende forjar una nueva síntesis catalana con los ingredientes viejos y nuevos.

Este catalanismo está en crisis (hundimiento del PSC), pero parece que los comunes se proponen regenerarlo; y esto explicaría la elección de Javier Pérez Andújar como pregonero de la Mercè. Andújar se excedió en algunas expresiones críticas con el independentismo, pero por encima de todo es un narrador que ha dado voz a un amplio segmento de catalanes invisibles. Sus vidas e ilusiones, y sus escenarios metropolitanos, sobreviven, generalmente, en la dimensión desconocida: ni son españoles en el sentido convencional del término, ni son catalanes en el sentido nacionalista. Sólo por eso, Pérez Andújar merece reconocimiento y relevancia. Que el independentismo haya puesto por delante el enojo de unas palabras menores a la importancia de su obra, da la medida de su visión de la realidad.

Todo el mundo es libre de protestar y de organizar fiestas y farsas alternativas. Esto no se discute. Pero el rechazo a todo lo que Andújar significa revela que el independentismo quiere tener techo. Siempre chocará con la indiferencia metropolitana. Antagónico, el partido de Ciudadanos intenta que esta indiferencia se convierta en beligerancia. El catalanismo, por su parte, procura reconstruir el puente interno; pero lo tiene difícil. No sólo debido a la debilidad de los partidos que se reclaman del mismo, sino por el hecho de que la inflexibilidad española y la intransigencia independentista se alían para hacerlo imposible. En este punto el actor Albà y la profecía de Aznar se confunden: en la voluntad de romper el puente de las confluencias. Mientras con gran satisfacción los agitadores independentistas expulsan los catalanistas hacia el perverso campo unionista, el españolismo se mantiene quieto y no admite una sola concesión. Cada uno de estos sectores confía en ganar la batalla ideológica obligando a los catalanes que pasean por el puente a elegir entre la espada y la pared.

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