Ética política de la independencia por un futuro incierto, Antón Costas, La Vanguardia, 14.12.16

Ética política de la independencia por un futuro incierto

ANTÓN COSTAS
LA VANGUARDIA, 14.12.16

Puede un gobernante sacrificar el estado de las cosas existente en un momento concreto por un objetivo político de largo plazo de beneficios económicos y sociales inciertos? En todo caso, ¿qué criterio debería seguir para elegir esa opción?

Esta cuestión es de validez general para todas las democracias. Pero su vigencia es mayor en un momento en el que estamos viendo que vuelven opciones políticas que buscan cambiar radicalmente el orden ­político y económico vigente desde la­ ­posguerra. Son cuestiones que corresponden al terreno de la ética política práctica. Por tanto, no se relacionan tanto con lo que un gobierno hace como con lo que ­debe hacer.

Mi interés, sin embargo, tiene una motivación más cercana en el espacio y más urgente en el tiempo. Se trata del anuncio del Gobierno de la Generalitat de llevar a cabo un nuevo referéndum y otras iniciativas políticas unilaterales con la finalidad de lograr la independencia de Catalunya.

¿Cómo podemos evaluar desde la ética política práctica la idoneidad de esta ­acción? Mi preocupación surge al ver que en el de­bate en curso predominan los planteamientos tacticistas, basados en la astucia y en el oportunismo político más que en un argumento de ética política. No veo un debate serio y riguroso que permita a los ciudadanos y a los actores políticos elaborar preferencias racionales acerca de la conveniencia de sacrificar ­estados de bienestar presentes, más o menos satisfactorios, por una opción política futura de beneficios inciertos.

Lo lógico sería que esas preferencias se apoyasen en algún tipo de análisis de los costes de la actual situación comparados con los beneficios esperados de la nueva situación política futura. Una decisión racional sería aquella en la que los beneficios futuros superasen con creces los posibles costes de la situación política actual. El problema de este tipo de análisis es que es más fácil identificar los costes e incomodidades de la actual situación que los beneficios fu­turos de la nueva. El cálculo racional de estos beneficios se tiene que hacer en escenarios de riesgo, incertidumbre e ignorancia. Podemos identificar algunos riesgos de una hipotética independencia unilateral y tratar de cuantificar sus costes. Uno de ellos sería la salida, aunque sea temporal, de la Unión Europea y del euro. Pero la incertidumbre que rodearía un evento de este tipo no nos permite iden­tificar otro tipo de riesgos que sin duda aparecerían.

¿Qué hacer en esta circunstancia de riesgo, incertidumbre e ignorancia? Sólo se me ocurre reivindicar la virtud de la prudencia. A decir de Adam Smith y otros pensadores clásicos y modernos, la prudencia en la evitación del riesgo innecesario debe ser uno de los objetivos básicos de los gobiernos. Hannah Arendt, la filósofa política que ha analizado los orígenes del totalitarismo en la Europa, ha señalado que no es función de los gobiernos inventar el futuro, sino gestionar el estado actual de las cosas para aumentar la felicidad y mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos.

En este sentido, tengo para mí que la atención prioritaria, cuando no exclusiva, del Gobierno de la Generalitat hacia el proceso independentista pueda estar descuidando la gestión de las cosas cotidianas que de una manera directa e inmediata afectan a las condiciones presentes de vida de muchas personas. Ya sea como efecto de ese descuido político o de la propia crisis económica, el hecho cierto es que algunos datos sobre los estados de bienestar en Catalunya no son del todo halagüeños. Así el índice de progreso social de reciente publicación, un indicador que va más allá del PIB, y que mide variables como la cobertura de las “necesidades humanas básicas”, los “fundamentos del bienestar” o el “índice de oportunidades” muestra una pérdida de posiciones de Catalunya. Esto no es una buena señal. Otras comunidades autónomas españolas con el mismo marco político y con niveles iguales o inferiores de renta obtienen mejores resultados en esos indicadores.

¿Significa todo esto que hay que sacrificar las legítimas aspiraciones de una buena parte de la ciudadanía catalana a un mejor autogobierno y, en su caso, a la independencia? No. Pero sí que hay que con­ducirlas con prudencia política.

En todo caso, como ciudadano que busca una cierta racionalidad a las preferencias y decisiones políticas, me gustaría que se planteara el debate acerca de en qué medida es deseable sacrificar el estado actual de las cosas, con sus beneficios y costes conocidos, en favor de un objetivo político futuro de beneficios inciertos. Es decir, la ética política de la independencia.

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