El año del choque, Llàtzer Moix, La Vanguardia, 8.01.17

El año del choque

LLÀTZER MOIX
LA VANGUARDIA, 8.01.17

Todas las prospecciones publicadas por la prensa en lo que llevamos de enero citan a Trump, el Brexit y el avance de los populismos europeos como actores o procesos característicos del 2017. Sin duda lo serán. Pero, en Catalunya, el 2017 se anuncia ante todo como el año del choque; como el año en que, tras un lustro de agitación y propaganda, movilizaciones populares, ingenierías parlamentarias y cerrazón estatal, se va a llegar a un enfrentamiento institucional entre la Generalitat y el Gobierno central. Y en el que no faltará quien proponga trasladar este choque a una ciudadanía ya muy dividida.

Si preguntamos por qué estamos a punto de alcanzar ese estadio, obtendremos respuestas varias. Los independentistas nos dirán que porque Madrid, sordo a las demandas catalanas, así lo ha propiciado. Y los no independentistas nos dirán, con pesar, que la lógica de un proceso de ruptura cuyo acelerador se ha cedido irresponsablemente a la CUP aboca, sí o sí, al choque. De hecho, ciertos estrategas independentistas, supuestamente más moderados, invocan ya el espíritu Maidán, en alusión a las manifestaciones registradas en dicha plaza de Kíev, previas a la crisis bélica de Ucrania. Consideran que ese elemento de presión popular en la calle es deseable y necesario para decantar la situación. Pero infravaloran de modo peligroso el riesgo de daños colaterales que todo choque entraña.

Paradójicamente, esos riesgos sí se aprecian desde observatorios más alejados: la publicación Político incluía días atrás al presidente Puigdemont en su lista “Doce personas que (probablemente) van a fastidiar 2017”, junto a sujetos como el populista italiano Beppe Grillo, el ultranacionalista polaco Jaroslaw Kaczynski o el xenófobo holandés Geert Wilders.

Este arrojo rupturista, opinable en toda circunstancia, lo es más aún cuando dista de tener un apoyo realmente mayoritario. Los voceros del proceso han repetido hasta aburrir que obedecen un mandato democrático, porque así lo aparentan sus alianzas en el Parlament. Pero la realidad es otra, y nos dice que el porcentaje de catalanes favorables a la independencia no alcanzaba el 48%. Y la encuesta que hoy publica La Vanguardia no refleja progresos dignos de mención. A ojos de los independentistas, estos datos deben de ser irrelevantes. Quizás se lo parezcan porque están acostumbrados a operar en una especie de mercado de futuros políticos, en el que dan por hecho que sus fuerzas ahora insuficientes serán algún día mayoritarias. O, también, porque no tienen el menor interés en admitir la cuestionable homogeneidad de sus propias filas, pese a que existen indicios evidentes.

El principal indicio es la disparidad de modelos de sociedad y de objetivos que se da entre Junts Pel Sí y la CUP, más allá de su chirriante alianza en pos del logro de la independencia. Una disparidad de la que la CUP ha sacado petróleo, tras conseguir que se le permitiera ejercer un poder muy superior al que le corresponde a su representatividad social, y en la que la antigua Convergència aceptó sacrificar a un presidente de la Generalitat, de manera muy indecorosa para la institución, y luego ha ido perdiendo consistencia y ensanchando su irrelevancia, en favor de ERC.

Pero hay otros indicios de esa deficiente homogeneidad en las filas independentistas, que los medios de comunicación públicos tienden a presentar como prietas en su estomagante cobertura del proceso. Podría hablar de las disensiones entre la ANC y Òmnium a propósito de los farolillos de la cabalgata de Vic. Pero abordaré un caso más sutil: la encuesta publicada el lunes por El Punt Avui, donde se pedía a un centenar de catalanes que formularan la pregunta del incierto referéndum sobre el futuro de Catalunya. Como corresponde a un rotativo más comprometido con el soberanismo que con la pluralidad social, la mayoría de los encuestados eran proclives a la independencia. Pero en sus respuestas adquirían relieve los matices. Más de la mitad proponían la siguiente pregunta: “¿Quiere que Catalunya sea un estado independiente?” (o “devenga…” o “se convierta…” o “se constituya…”). Pero otros recurrían a formas verbales menos imperativas, del tipo “¿Está de acuerdo con que Catalunya debe ser independiente?”. Y otro, seguramente con mayor intención, nos preguntaba: “¿Cree necesario que Catalunya sea independiente?”.

En cualquier caso, y sea cual sea el peso real de los independentistas, o su grado de cohesión, algo está claro: la sociedad catalana se acerca a un momento de choque. En tales circunstancias, sería muy conveniente que políticos y activistas calibraran las consecuencias menos deseables, pero posibles, de invocar el espíritu Maidán y llamar a ocupar las plazas. No vaya a ser que el camino a Ítaca, que ha estado plagado de baches, termine en un profundo y desagradable socavón.

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